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Alexander López / Director del Instituto Centroamericano de Administración Pública (ICAP)

El 18 de diciembre del 2020, Estados Unidos añadió a uno de los fabricantes de microchips más importantes de China, la Corporación Internacional de Manufactura de Semiconductores (SMIC, por sus siglas en inglés), a la lista de las empresas con las cuales las empresas estadounidenses tienen estrictas restricciones para comerciar. Con ello, SMIC se une a una lista en la cual ya están más de 275 empresas chinas, en donde se incluye al gigante de las telecomunicaciones Huawei.

Hasta ahora, el liderazgo estadounidense sobre las tecnologías de la Tercera Revolución Industrial le garantizó el dominio tecnológico. El conglomerado llamado GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) controla una gran porción del mercado digital. Además, Amazon, Microsoft, y Apple son las empresas de mayor valor a nivel global en Wall Street. Sin embargo, dentro del contexto de la Cuarta Revolución Industrial, GAFA ahora se enfrenta a la expansión del conglomerado BAT (Baidu, Alibaba y Tencent), frente a Apple está Huawei, Uber compite con Didi, Amazon con Alibaba, y Google con Baidu.

Lo anterior ha generado una serie de episodios de conflictividad entre Estados Unidos y China, que son el claro ejemplo de cómo la tecnología digital está en el centro de la batalla geopolítica global. Notorio es el hecho, de que lejos de disminuir las tensiones que ya se venían presentando en ese ámbito, la pandemia vino a acelerar el interés de los principales actores por la tecnología, y, más específicamente, la economía digital, la que debe visualizase como la principal y más importante fuente de poder del siglo XXI.  

China parece haber entendido esto mejor que nadie. El ciberespacio se ha convertido en una de las principales prioridades del Partido Comunista Chino desde hace ya varios años. En el 2015, el gigante asiático lanzó lo que podría llamarse como una “ruta de la seda digital”, una estrategia que pretende posicionar a China como la primera potencia tecnológica para el 2045, y los cambios ya se han empezado a notar. En el 2018, la Administración del Ciberespacio de China reportó que el total de la economía digital de ese país alcanzó la considerable suma de 31.3 billones de yuanes ($4.6 billones de dólares), es decir, lo que correspondía al 34.8 % del PIB de China en ese año.

Para Estados Unidos, esto significa que China puede ponerse a la vanguardia de tecnologías críticas para el mundo. En el 2019, por ejemplo, Huawei logró convertirse en el primer proveedor mundial de la tecnología 5G, uno de los componentes esenciales para el desarrollo de la economía digital. Tras ese “balde de agua fría”, Washington finalmente activó las alarmas (luego de varios años de advertencias) y empezó a “cerrar”, gradualmente, sus fronteras digitales.  

Pero las medidas no se quedaron en casa. En el plano internacional, la maquinaria diplomática estadounidense comenzó una “cruzada” contra Huawei, trabajando sobre la base de sus principales aliados. Hasta la fecha, Estados Unidos ha logrado promover con éxito el bloqueo de Huawei en países como Japón, Taiwán, Nueva Zelanda, Australia, y Gran Bretaña.

Otra dimensión de esta disputa global se ha dado entre India y China. En junio, la administración de Narendra Modi decidió prohibir 59 aplicaciones chinas, entre ellas TikTok y WeChat. India es, fuera de China, el mercado más grande para los productos de hardware y software chino, por lo que su prohibición representa un golpe significativo a las grandes empresas tecnológicas del país asiático. Similarmente, la administración Trump continúa realizando esfuerzos por bloquear TikTok, en el país donde actualmente existen 100 millones de usuarios.

A pesar de que las diferencias en fondo y forma de operar del presidente electo Biden con el presidente saliente, Donald Trump, las medidas restrictivas contra China perdurarán en el tiempo, debido a que en Washington hay un consenso bipartidista que considera las tecnologías del gigante asiático como una amenaza para la seguridad nacional.

La batalla por el uso y el control de la economía digital seguirá siendo una prioridad para la seguridad nacional de Estados Unidos.

En síntesis, la rapidez y el impacto del cambio tecnológico está haciendo que el mundo entre en una nueva fase de alteración del balance de poder existente, con claras implicaciones geopolíticas y una redefinición de la geografía económica global.