POR Rubén McAdam | 7 de septiembre de 2026, 18:55 PM

Entre los hoteles y restaurantes de Reserva Conchal, en Guanacaste, existe un lugar donde algunos de los ingredientes utilizados en las cocinas comienzan su recorrido mucho antes de llegar a un plato. Se trata de Huerta Najui, un espacio donde vegetales, hierbas aromáticas y hasta flores comestibles crecen bajo el cuidado de tres mujeres de comunidades vecinas (ver video adjunto). 

Sus nombres son Filenia, Claudia y Carolina, tres jefas de hogar que encontraron en la agricultura una oportunidad para producir, aprender y generar un impacto positivo. Aquí, cada cosecha alimenta mucho más que las cocinas del complejo.

El proyecto nació bajo una visión de producción sostenible y empoderamiento comunitario. Las tres mujeres se encargan de cultivar alimentos mediante prácticas agroecológicas y regenerativas, mientras reciben formación y capacitación para fortalecer tanto sus conocimientos técnicos como sus capacidades de liderazgo.

Todo lo producido tiene un destino muy cercano: los restaurantes y cocinas de Reserva Conchal. De esta manera, los ingredientes pueden pasar de la tierra a los platillos que se sirven dentro del complejo.

Flores que también terminan en el plato

Entre los cultivos existe uno particularmente llamativo: las flores comestibles. Su desarrollo contó con la participación de Luciana Angulo, estudiante de la Universidad de Costa Rica (UCR), quien colaboró con el proyecto y actualmente se desempeña como consultora. Estas flores se suman a la variedad de vegetales y hierbas que diariamente son cuidados en la huerta. Además de aportar color a los campos, eventualmente también pueden convertirse en parte de las preparaciones de los restaurantes.

Pero en Huerta Najui nada termina realmente cuando un alimento sale de la tierra. El proyecto está conectado con el Centro de Valorización, donde los residuos orgánicos generados por la operación son transformados en compost. Ese abono regresa posteriormente a la huerta para enriquecer los suelos y fortalecer nuevos cultivos. Así, aquello que alguna vez fue considerado un residuo puede terminar ayudando a producir el próximo alimento.

Un ciclo que vuelve a comenzar

Este modelo permite aplicar la economía circular de una manera sencilla de observar: los alimentos se cultivan, llegan a las cocinas, los residuos orgánicos son aprovechados y finalmente regresan convertidos en nutrientes para la tierra. El proceso reduce desperdicios mientras mantiene una producción destinada al consumo dentro del propio complejo. Cada nueva cosecha representa, entonces, la continuación de un ciclo que busca aprovechar mejor los recursos disponibles.

Sin embargo, detrás de las prácticas sostenibles existe también una historia profundamente humana. Filenia, Claudia y Carolina encontraron en esta huerta un espacio para fortalecer sus habilidades y asumir el liderazgo de una iniciativa productiva vinculada con sus propias comunidades. Lo que ellas cuidan todos los días produce vegetales, hierbas y flores, pero también demuestra las oportunidades que pueden surgir cuando el conocimiento y los recursos llegan a las manos adecuadas.

En Huerta Najui, incluso aquello que sobra puede tener una segunda oportunidad. Los residuos vuelven a convertirse en tierra fértil; de esa tierra nace una nueva planta y detrás de cada planta están las manos de tres mujeres que aprendieron a cultivar mucho más que alimentos.

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