Colaboraron con esta información las periodistas de Corporación Televicentro de Honduras, Raquel Lazo, Karla Amaya y Fanny Zúñiga.

No cruzan fronteras. Se mueven apenas unos metros, a la loma de al lado o a la casa vecina.

El desplazamiento interno por embates ambientales es un fenómeno silencioso que ya borra comunidades enteras en la región.

A diferencia del migrante tradicional que sale de un país en busca de oportunidades económicas, el desplazado interno por cambio climático se ve forzado a moverse de su hogar producto de variaciones permanentes en las condiciones del lugar, según explica el investigador de la Escuela de Geografía de la Universidad de Costa Rica (UCR), Pascal Girot.

Durante años, Centroamérica ha sido una ruta histórica de tránsito y destino para miles de personas que huyen de la guerra, la violencia o el hambre. Sin embargo, una amenaza distinta golpea ahora desde adentro, pues el clima expulsa a los propios habitantes de sus hogares.

Una cobertura colaborativa y transfronteriza entre Teletica de Costa Rica y Corporación Televicentro de Honduras reveló el drama que viven familias en ambas naciones, que perdieron sus medios de vida y se han visto obligadas a moverse sin salir de sus países.

En Costa Rica, el problema tiene dos caras. Por un lado, el impacto de desastres y, por el otro, el aumento lento pero sostenido del nivel del mar.

Diez años se cumplirán el próximo 24 de noviembre desde que el huracán Otto impactó con furia a Upala, en Alajuela, al norte del país. Aquella fue la primera tormenta en más de un siglo de registros en haber tocado territorio costarricense. Los efectos del fenómeno provocaron que, en cuestión de horas, cayera la lluvia equivalente a un mes entero. El saldo de esa emergencia fue de 10 muertos y 40.000 afectados.

"Hubo muchas familias afectadas. Unas no salieron porque se quedaron en sus viviendas. Otras a las que (la tormenta) les barrió la casa, se les hicieron 11 casas con el sistema SteelMaster. Son casas especiales rápidas de hacer para soportar vientos y todo", líder comunal de Bjagua de Upala de Alajuela, Juan Carlos Camacho.

Al extremo opuesto, en Caldera de Esparza, en Puntarenas, en la costa pacífica de Costa Rica, una comunidad enfrenta un enemigo diferente, aunque igual de implacable, como lo es la erosión costera.

Durante los últimos años, el océano ha ido abriéndose paso entre casas, estructuras y patios completos a un ritmo que se espera que para 2030 haya incrementado el nivel del mar en 11 centímetros, según el investigador de la Escuela de Geografía de la Universidad de Costa Rica, Melvin Lizano.

En esa costa se espera que el aumento del nivel del mar de aquí a fin de siglo ponga en riesgo a 70.000 puntarenenses, de acuerdo con el especialista.

"Todo esto lo desbarató el mar. Aquí no quedó nada, nada. Más o menos, como hace como tres a cuatro años fue que ocurrió. Aquí en el patio muchas cosas mías quedaron enterradas, lo que era la ropa, todo; la mayoría se perdió", cuenta un vecino del lugar, Vladimir Mora.

​A pesar de lo antes señalado, en la Comisión Nacional de Emergencias (CNE) no se tienen datos de movilizaciones forzosas, aunque no se descarta que eventualmente estas ocurran como consecuencia del cambio climático.

Incluso, el sociólogo de esa entidad, Carlos Picado, cuestiona que se hayan dado desplazamientos drásticos.

El espejo centroamericano

El mismo patrón que erosiona las costas o que amenaza algunos planos en Costa Rica se replica con severidad a 1.500 kilómetros al norte, en Honduras, según la investigación transfronteriza.

Más exactamente, en Marcovia de Choluteca, al sur del territorio hondureño, unas 750 familias de comunidades como Los Llanitos, Mangles, Santa Cruz y El Bosque viven atrapadas en un ciclo de escape y retorno.

Las métricas disponibles en Honduras apuntan a que, entre 2008 y 2022, se registraron más de 1,1 millones de desplazamientos internos asociados a eventos climáticos y desastres de origen natural, como se desprende de recopilaciones del Instituto de Otredad y Pertenencia de la Universidad de California en Berkeley, en Estados Unidos, así como del Observatorio de Desplazamiento Interno del Consejo Noruego para los Refugiados.

"A uno le da miedo, ya con lo que pasó por el huracán Mitch, uno busca (opciones); hay veces salgo (de casa) hasta tres veces", relata la habitante de una de esas comunidades, María del Carmen Herrera.

Por su parte, otra vecina, Miriam Moncada, cuenta:

"Es muy peligroso, ¿pero sabe qué pasa? A veces uno, por la pobreza, no tiene la capacidad o el dinero para comprar en una parte en la que no haya riesgo. Acá me costó 7.000 lempiras (117.590 colones) cuando compré. Pero aquí, si yo digo que voy a comprar largo del río, 300.000 (5.039.580), 150.000 (2.519.790 colones), que para uno de pobre es bien difícil".

Por su parte, el experto en cambio climático, César Quintanilla, destacó que en el caso de los desplazados forzados, generalmente hacia zonas urbanas, aunque en cinturones de pobreza, lo que profundiza la desigualdad.

En el caso de Marcovia de Choluteca, en Honduras, se vuelve imperativo un estudio de batimetría para conocer el comportamiento histórico del océano Pacífico, con el objetivo de hacer eventuales proyecciones de cuál será la situación en los próximos años y cómo impactará a las comunidades aledañas, explicó el director del Sistema Nacional de Gestión de Riesgos (Sinager), Reynaldo Sánchez.

Esta publicación forma parte de una cobertura colaborativa y transfronteriza entre Televisora de Costa Rica y Corporación Televicentro de Honduras. El trabajo conjunto se desarrolló en el marco del proyecto Acción Climática Centroamericana, coordinado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), con el propósito de visibilizar el impacto humano del cambio climático en la región.

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