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Una inesperada protesta en Cuba ha generado revuelo internacional. Porque, ¿cuándo fue la última vez que vimos algo así? No una de las habituales marchas organizadas por el Gobierno con fines propagandísticos como los desfiles del 1 de Mayo, ni tampoco una pequeña concentración de un puñado de disidentes, rápidamente disuelta por las autoridades u hostigada por simpatizantes en "actos de repudio" supuestamente voluntarios. No: una protesta política espontánea, organizada por decenas de ciudadanos indignados. Hay que retroceder varios años para recordar algo así en la isla caribeña, regida desde hace décadas por un sistema de partido único.

Eso fue justamente lo que ocurrió el pasado viernes, cuando unas 300 personas, sobre todo jóvenes artistas e intelectuales, se reunieron ante la sede del Ministerio de Cultura en La Habana para exigir nada menos que una mayor libertad de expresión. El detonante fue un operativo policial en el que, un día antes, agentes de seguridad irrumpieron en la sede del Movimiento San Isidro en La Habana Vieja. Ahí, un irreverente colectivo de artistas y activistas exigía con una huelga de hambre la libertad de uno de sus miembros, el rapero aficionado Denis Solís, condenado a ocho meses de prisión por "desacato" a las autoridades.

Detenciones arbitrarias con meras excusas

El encarcelamiento de opositores políticos por motivos que parecen meras excusas es, por desgracia, algo que suena harto conocido para los que seguimos desde hace años la actualidad cubana. También lo es que el Estado responda con el envío de policías a los reclamos pacíficos de grupos críticos con el castrismo. En el caso del Movimiento San Isidro, el argumento esgrimido para el operativo policial que se saldó con varias detenciones temporales es que uno de los activistas atrincherados en el barrio habanero de San Isidro, el periodista Carlos Manuel Álvarez, había violado los protocolos sanitarios contra la covid-19 al unirse al grupo inmediatamente tras llegar al país desde el extranjero.

Pero la novedad es que, esta vez, muchos ciudadanos que se mantenían hasta ahora al margen de cualquier reclamo político, así como artistas famosos poco dados a hacer críticas en público –eso suele tener consecuencias en la mayor de las Antillas–, levantaran su voz por la causa del Movimiento San Isidro. Entre los que acudieron por la noche a la sede del ministerio estuvieron el cineasta Fernando Pérez o el actor Jorge "Pichi" Perugorría, protagonista de la célebre película "Fresa y chocolate".

Reacción nerviosa del Estado

Después de que la protesta se inflamara de forma inesperada, las reacciones del Estado, ya acostumbrado a la obediencia civil, parecieron de repente erráticas durante unas horas. Varios activistas denunciaron que se les impidió llegar al lugar de la protesta, también con el uso, al parecer, de gas pimienta; un duro golpe para la imagen de un régimen que critica cada vez que puede la represión de manifestantes en otros países y que asegura tener el apoyo de todo un pueblo. Al temor a una escalada se debe posiblemente también que los representantes del Gobierno accedieran a recibir a una comitiva de unos 30 manifestantes en la misma noche del viernes en la sede del ministerio.

El éxito momentáneo de la protesta alimentó las esperanzas no solo de los manifestantes, sino también de la denostada oposición política, del exilio cubano y de muchos observadores. ¿Podría haber llegado la hora de un cambio en Cuba?

Un método conocido: criminalizar a las voces críticas

Hay motivos suficientes para dudar de eso. El aparato estatal desplegó el fin de semana una fuerte campaña de desprestigio contra el Movimiento San Isidro, entre otras cosas con una marcha organizada en las calles de La Habana a la que acudió el propio presidente, Miguel Díaz-Canel. También con descalificaciones ad hominem contra miembros del grupo como el artista Luis Manuel Otero Alcántara publicadas en los medios estatales, los únicos legales en la isla. El método es conocido: el Estado no escucha los argumentos de sus críticos ni accede al debate político, sino que criminaliza a estos de antemano y les niega la palabra. "Mercenarios de Estados Unidos", "en plaza sitiada la disidencia es traición"... esos son algunos de los eslóganes de una estrategia que le dio durante décadas buenos réditos al refinado olfato político de Fidel Castro.

Pese a ello, también hay razones para ver con optimismo la protesta del viernes. Porque a ella acudieron ciudadanos de distintos pareceres y visiones políticas, posiblemente también antiguos defensores del castrismo y quizá incluso beneficiarios del régimen. Eso es una sociedad civil consciente de su propia fuerza y decidida a levantar la voz, pese a las amenazas de exclusión social y al miedo a las represalias del Estado. Si hay un camino para que los cubanos impulsen los cambios que anhelan, es ese.