25 de mayo de 2026, 17:54 PM

Carlos Aguirre / Consultor Desarrollo Humano Estratégico.

Durante años, muchas empresas vieron la cultura organizacional como un tema “soft”. Algo bonito para Recursos Humanos, para hacer actividades internas o colocar valores en las paredes. Pero hoy las organizaciones más serias del mundo entienden algo completamente diferente: la cultura y el comportamiento ético son responsabilidad directa del liderazgo y de las juntas directivas. 

Las empresas normalmente no se destruyen por falta de estrategia. Muchas veces se deterioran porque empiezan a normalizar comportamientos incorrectos. Nadie contradice al gerente, la gente deja de decir lo que piensa, los reportes se maquillan un poco, los problemas pequeños no se hablan y poco a poco la organización entra en una cultura peligrosa donde todos saben lo que pasa, pero nadie dice nada. 

Eso lo hemos visto en empresas enormes y también en compañías familiares pequeñas. Casos como Enron, Volkswagen o Theranos no fueron únicamente fallas técnicas o financieras, fueron culturas donde el liderazgo permitió presiones, silencios y decisiones incorrectas durante demasiado tiempo. 

Porque la cultura real de una empresa no es la que aparece en la misión y visión. La cultura real es la que los líderes permiten todos los días. 

He visto organizaciones decir que promueven trabajo en equipo mientras premian únicamente resultados individuales. O empresas que hablan de transparencia, pero castigan a quien levanta la mano para señalar errores. Ahí el mensaje verdadero queda clarísimo: las personas escuchan discursos, pero creen comportamientos. 

En Costa Rica y en Latinoamérica esto es todavía más importante porque muchas organizaciones crecieron con modelos muy centralizados. Empresas donde el dueño o el gerente deciden todo, donde cuestionar se interpreta como falta de lealtad y donde la cultura termina dependiendo del estado emocional del líder de turno. Eso genera desgaste, miedo y baja capacidad de innovación. 

El problema es que hoy el mundo cambió demasiado rápido. Las organizaciones enfrentan presión tecnológica, nuevas generaciones, redes sociales, inteligencia artificial, clientes más exigentes y mercados mucho más veloces. En ese contexto, una cultura débil se convierte en un riesgo estratégico. 

Y aquí aparece algo que muchas juntas directivas todavía no entienden bien: las culturas débiles distorsionan información. La gente deja de reportar errores, se esconden problemas, nadie quiere ser “el complicado” y poco a poco la organización pierde capacidad de reaccionar. Muchas crisis empresariales empiezan así, no con una gran catástrofe, sino con pequeños silencios acumulados durante años. 

Las juntas directivas modernas ya no pueden limitarse a revisar números financieros. Hoy tienen la responsabilidad de supervisar comportamientos, liderazgo, ética y cultura organizacional. Porque al final las empresas sostenibles no se construyen solamente con estrategia. Se construyen con líderes coherentes, capaces de vivir los valores, especialmente cuando hay presión, crisis o decisiones difíciles.

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