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Alexander López / Director del Instituto Centroamericano de Administración Pública (ICAP)

El siglo XXI ha venido consolidando la tendencia de una transición global del centro de poder económico global del Atlántico Norte (Estados Unidos y Europa) hacia el Estrecho de Malaca (vínculo geoestratégico entre el Océano Pacífico y el Índico), las razones para ello son diversas, muchas de las cuales se centran en la parte económica. Sin embargo, antes de entrar a explicar tal transición, es importante reflexionar sobre el hecho de que si bien es cierto el siglo XXI podría denominarse el siglo de Asia, ya este mismo continente había tenido un liderazgo global en otros momentos de la historia, por lo que más que argumentar que estamos en presencia de un nuevo liderazgo global, lo más correcto, parece ser, definir este proceso como el resurgimiento del continente asiático. Antes de la Revolución Industrial, Asia representaba el 58% de la economía global, es a   partir de la citada revolución que occidente crece aceleradamente dejando al continente asiático en claro rezago (ADB, 2011).

La modernización dramática de las economías asiáticas y la influencia global de sus estados líderes se podría colocar como la nueva fuerza renacentista, que hasta cierto punto se convierte en un punto de inflexión en la historia económica. Así, si se analizan los acontecimientos globales más importantes impulsados por la irrupción de Asia en el escenario internacional, se podría afirmar que el mundo advierte el ascenso y consolidación del continente asiático como un actor clave que determinará las nuevas configuraciones globales de poder, lo que ya está implicando un cambio paulatino en el esquema de balanza del poder mundial hasta hoy conocido.

Parece defendible que en el siglo XXI la pregunta no es cuándo será el turno de Asia, puesto que de muchas maneras ya lo es; sino que la pregunta es de qué forma Asia va a liderar el sistema internacional. Como bien lo señala un estudio del ADB (2011), la región necesita para tener un liderazgo global, una mayor participación en la gestión de los comunes globales, incluyendo el sistema de comercio y el sistema financiero, cambio climático, paz y seguridad internacional, este elemento todavía sigue siendo una deuda pendiente de Asia y debería ser la próxima etapa si verdaderamente quiere que la transición del Atlántico Norte al Estrecho de Malaca se consolide.

Cierto es que, un nuevo orden liderado por Asia abarca la gran mayoría de la población mundial, pues además de ser el continente más extenso en términos de su territorio, acoge más del 60% de la población global con casi 5 billones de habitantes. Además, reúne un complejo y diverso tapiz conformado por 49 países con diferentes sistemas políticos, culturales, étnicos, religiosos; y en el plano político y económico cobija importantes potencias como China, Rusia e India; y economías líderes en innovación como Corea del Sur, Singapur y Japón. Asia es ya la economía regional más grande del mundo, y se espera que su poder crezca a medida que sus economías se integren cada vez más entre sí en comercio, innovación, y cultura.

En gran parte lo que aquí se denomina “el retorno de Asia”, está influenciado por el despliegue a nivel global de un poder inteligente, que combina lo que Nye (2004) denomina poder blando, poder fuerte y poder económico. Se trata de la combinación de comportamientos y recursos provenientes de estas formas de poder como medio para relacionarse con el resto de los actores del sistema internacional, que van desde la coerción y la amenaza militar, hasta la capacidad de influir en la configuración de la agenda global mediante la atracción hacia sus instituciones, valores, cultura y política, y el peso de su economía y su comercio.

El contexto de la recuperación post pandemia puede consolidar aún más este retorno de la historia a Asia, y por ende, acentuar el cambio del balance de poder; lo anterior debido a que las proyecciones de recuperación económicas del FMI para el año 2021 sitúan a las economías emergentes de Asia con un crecimiento del 7,4%, la mejor de las proyecciones por región del mundo, si a ello se le agrega factores de estabilidad política y la capacidad de ofrecer soluciones globales eficaces, se estaría en presencia de una mayor consolidación de Asia.

En conclusión, un desafío central para Costa Rica y nuestra región, es cómo nos preparamos mejor para el siglo de Asia maximizando las oportunidades, minimizando los riesgos y generando un desarrollo que permita engarzar nuestras prioridades con esa fuerza renacentista, para hacer del siglo XXI no solo el siglo de Asia, sino el siglo pacífico, próspero, inclusivo y sostenible para todos.