POR Rubén McAdam | 4 de agosto de 2026, 18:55 PM
En Santa Ana, hay un taller donde el barro todavía cobra vida entre las manos de un artesano que se niega a dejar morir un oficio centenario. Su nombre es Antonio Madrigal, aunque prácticamente todos lo conocen como "Toñito". A sus 75 años, muchos lo consideran el alfarero más longevo del cantón y uno de los últimos guardianes de una tradición que poco a poco ha ido desapareciendo en Costa Rica (ver video adjunto).
Cada pieza que sale de su torno lleva consigo décadas de experiencia, paciencia y amor por la artesanía.
La historia de "Toñito" con la alfarería comenzó cuando apenas tenía 6 años. Muy cerca de su casa funcionaba una cerámica y, como cualquier niño curioso, pasaba horas observando cómo el barro se transformaba en platos, jarrones y otras figuras. Aquellas formas despertaron su imaginación y comenzaron a llenar su cabeza de preguntas. Hasta que un día reunió el valor para pedirle a la dueña del taller que le permitiera practicar de vez en cuando.
Un niño que descubrió su vocación
La respuesta fue un sí que terminó cambiándole la vida. Poco a poco comenzó a aprender observando, practicando y equivocándose, hasta descubrir que sus manos tenían una habilidad especial para moldear el barro. Con el paso de los años, aquella curiosidad infantil se convirtió en una verdadera vocación. Cada nueva pieza representaba un reto y también una oportunidad para seguir perfeccionando su técnica.
Cuando llegó a la adultez, decidió abrir su propio taller de alfarería. Desde allí elaboró incontables piezas y encontró el sustento para sacar adelante a su familia. Durante décadas, el barro no solo fue la materia prima de su trabajo, sino también el camino que le permitió construir su proyecto de vida. "Toñito" asegura que nunca dejó de aprender y que cada creación sigue enseñándole algo nuevo.
Un legado que trasciende generaciones
Hoy su taller es un pequeño universo lleno de historia y creatividad. Entre sus estantes se pueden encontrar desde platos y utensilios tradicionales hasta diminutas figuras de animales elaboradas completamente a mano. Cada objeto refleja la dedicación de un hombre que ha pasado casi toda su vida frente al torno. Quienes lo visitan descubren que la alfarería es mucho más que fabricar objetos; es preservar una parte de la identidad cultural de Santa Ana.
Su trayectoria ha sido reconocida por diversas organizaciones que han destacado su aporte a la cultura y a la conservación de este oficio ancestral. Para muchos, "Toñito" representa una generación de artesanos que aprendió el trabajo directamente con las manos y el ejemplo de quienes llegaron antes. Mientras otros oficios tradicionales desaparecen con el paso del tiempo, él continúa moldeando barro con la misma ilusión de aquel niño de 6 años que un día decidió preguntar cómo nacían aquellas figuras.
Porque algunas tradiciones sobreviven gracias a personas como "Toñito", que entienden que cada pieza también guarda un pedazo de la historia de Costa Rica.Lea también
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