POR Rubén McAdam | 4 de septiembre de 2026, 18:55 PM
Todas las mañanas, bajo la sombra de un gran árbol de almendro, don Carlos Saborío acomoda su carretillo frente a la casa y comienza una rutina que muchos vecinos de Santa Ana ya reconocen. A sus 85 años, no necesita rótulos llamativos para anunciar lo que vende; le basta con levantar la voz y repetir su característica frase: “¡Mangos buenos, mangos baratos!”. Dentro del carretillo lleva los frutos que recogió y preparó durante la tarde anterior. Lo curioso es que para conseguirlos únicamente debe caminar hasta el patio de su casa (ver video adjunto).
Allí crecen más de ocho árboles de mango que don Carlos sembró hace aproximadamente cuatro décadas. La decisión no nació de un gran proyecto comercial ni de un plan para el futuro. Según recuerda, un fin de semana después del trabajo estaba aburrido y decidió comenzar a sembrar. Sin saberlo, aquella manera de pasar el tiempo terminaría regalándole una de las etapas más especiales de su vida.
Un negocio que tardó años en crecer
Los árboles hicieron lo suyo: crecieron, dieron sombra y, eventualmente, comenzaron a producir más mangos de los que una sola familia podía consumir.
Hace unos 20 años, don Carlos observó la cantidad de fruta que tenía disponible y pensó que valía la pena compartirla con los demás vecinos. Así, casi por casualidad y como un pasatiempo, nació su particular ventanita de mangos. Desde entonces, el carretillo se convirtió en parte del paisaje frente a su casa.
La rutina comienza desde el día anterior. Durante las tardes recoge los mangos, los selecciona y deja todo preparado para salir a venderlos a la mañana siguiente. Luego se instala en la acera, protegido por aquel enorme almendro que ofrece sombra tanto al vendedor como a quienes se acercan a comprar. Después de dos décadas repitiendo la escena, su grito ya forma parte de las mañanas de muchos habitantes del cantón.
Los frutos de saber esperar
Don Carlos dedicó buena parte de su vida al comercio, pero asegura que fue muchos años después cuando encontró una etapa que disfruta especialmente. Aquellos árboles que plantó simplemente porque estaba aburrido terminaron dándole una nueva rutina, la posibilidad de conversar diariamente con sus vecinos y una razón para levantarse cada mañana y salir a la acera. A sus 85 años, continúa recogiendo los frutos de una decisión que tomó cuatro décadas atrás.
Su historia también le dejó una reflexión sencilla: las cosas buenas llevan tiempo. Un árbol no crece de un día para otro y tampoco entrega inmediatamente sus mejores frutos. Don Carlos tuvo que esperar años para descubrir lo que realmente había sembrado aquel fin de semana. Hoy, bajo la sombra del almendro y detrás de un carretillo repleto de mangos, asegura estar viviendo una de las mejores etapas de su vida.
Quizá por eso su conocido grito significa un poco más que una oferta para quienes pasan frente a su casa. “¡Mangos buenos, mangos baratos!” anuncia que comenzó una nueva mañana en Santa Ana, pero también recuerda que algunas de las mejores cosechas de la vida simplemente necesitan tiempo.
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