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A los 60 años, Enrique Pérez descubrió un talento que cambió su historia para siempre
Entre bambú, madera y constancia, este vecino de Tuis demuestra que los nuevos comienzos también se tallan con las manos.
En La Fortuna de San Carlos, donde el paisaje parece avanzar al ritmo de la neblina y de la vida comunitaria, hay un salón que late distinto dos veces por semana. Allí, cada jueves y domingo, más de 40 adultos mayores entran con la determinación silenciosa de quienes saben que el movimiento, a cierta edad, ya no es un capricho: es una forma de mantenerse a flote. Lo hacen convocados por una pareja que ha logrado algo que pocas comunidades pueden presumir: convertir un baile tradicional en el punto de encuentro más luminoso del barrio.
José Camacho e Inés Araya, esposos, bailarines por vocación y maestros por insistencia, encabezan “Los reyes del swing”, un grupo que comenzó con apenas cinco personas y que hoy se ha transformado en una comunidad sólida. Ninguno de los dos es profesor de danza en el sentido académico, pero ambos dominan con naturalidad esa pedagogía que solo da la pasión: enseñar sin pretensiones, compartir sin prisa, celebrar cada avance como un pequeño triunfo colectivo.
Bailan swing criollo, un ritmo que nació en Costa Rica y que ellos ejecutan con la precisión y la alegría propias de quienes comprenden que el cuerpo —aun el que acumula décadas— puede seguir contando historias. En cada encuentro se dibuja la misma escena: risas que rompen la timidez inicial, pasos que buscan afinarse, saludos que se convierten en ritual. El baile actúa como llave y como puente. Abre, une, sostiene.
Para muchos de sus integrantes, este espacio es más que un ensayo; es una excusa para salir de casa, para socializar, para reír, para sentir que todavía hay algo que esperar cada semana. La edad, lejos de ser un obstáculo, se convierte en identidad compartida. En este salón, envejecen juntos, pero también resisten juntos. El swing es la herramienta; la comunidad, el verdadero hallazgo.
Con cada giro, cada brinco y cada sonrisa, José, Inés y sus compañeros demuestran lo que suele olvidarse: que la vejez no es inmovilidad, sino otro modo de mirar la vida. Un modo que, en La Fortuna, se ha vuelto colectivo.
Al finalizar la lectura, le invitamos a repasar el reportaje completo en el video que aparece en la portada.