POR Sebastián Durango | 10 de febrero de 2026, 18:35 PM

En Santa Bárbara de Heredia, la cocina de doña Ana Isabel Sandí huele a pan, a aceite caliente y a dulce tapa derritiéndose lento. Huele a casa.

Allí, entre ollas viejas y cucharas de madera, se conserva una receta que no aparece en libros ni restaurantes elegantes, pero que vive intacta en la memoria de las familias. Las torrejas.

Doña Ana Isabel habla de ellas como quien habla de la infancia. Con cuidado. Con cariño.

Cuenta que esta preparación viene “de los abuelos”, de esos tiempos en que nada se desperdiciaba y el pan del día anterior encontraba una segunda oportunidad. Se remoja en leche y huevo, se fríe despacio con aromáticos y un toque de hojas de toronja, y al final se baña en dulce tapa hasta quedar dorado y brillante.

No es solo un postre. Es una escena.

La mesa llena. Las tazas de café. Las risas que se alargan. Las historias que se repiten.

Antes, dice, las torrejas aparecían en fiestas, turnos y reuniones familiares. Eran la excusa perfecta para quedarse conversando un rato más. Para hacer sobremesa. Para estar juntos.

Cada bocado trae algo más que azúcar. Trae recuerdos.

La receta, sencilla en ingredientes, exige paciencia. Cortar el pan, remojarlo, freírlo, vigilar el fuego. Ese ritmo lento obliga a detenerse. A cocinar sin prisa. A pensar en quienes enseñaron el oficio.

En tiempos donde todo corre, doña Ana Isabel insiste en lo contrario. Volver a lo básico. Rescatar lo que se hacía en casa. Mantener vivos los sabores que cuentan quiénes somos.

Las torrejas, al final, no solo endulzan la tarde. También sostienen la memoria.

Si desea conocer paso a paso cómo prepara este postre tradicional y escuchar su historia completa, puede repasar el reportaje en el video que aparece en la portada del artículo.

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