POR Sebastián Durango | 21 de abril de 2026, 17:55 PM

En Barva de Heredia, a pocos metros de la iglesia católica, hay un espacio donde el sabor no llega solo. Llega acompañado de una historia que se fue construyendo lejos de casa. Ahí, entre platos y helados, Francisco “Fico” Otárola sostiene un proyecto que comenzó mucho antes de abrir sus puertas.

Su historia empieza en Colombia, pero encuentra un punto de giro en Costa Rica. Como muchos migrantes, llegó con una idea clara, aunque sin un camino definido. La meta era avanzar, encontrar estabilidad y construir algo propio en un entorno distinto.

Ese proceso no ocurrió de inmediato. Requirió tiempo, adaptación y una rutina que se sostiene en la constancia. Hoy, cada jornada inicia temprano. El trabajo en Macondo no se detiene, y cada detalle forma parte de una dinámica que combina disciplina con propósito.

El local reúne dos elementos que, en su caso, funcionan como punto de encuentro. Por un lado, la gastronomía colombiana, con recetas que remiten a su origen. Por otro, una propuesta de heladería que amplía la experiencia y atrae a distintos públicos. En conjunto, el espacio logra algo más que ofrecer alimentos. Construye un vínculo.

El nombre del negocio no es casual. Macondo remite a un lugar cargado de significado, una referencia que, en este contexto, dialoga con la idea de memoria y pertenencia. En ese sentido, el local se convierte en una extensión de su historia personal.

Con el paso del tiempo, el lugar ha logrado posicionarse como un punto reconocido dentro de la comunidad. No solo por lo que ofrece, sino por lo que representa. Una historia que se sostiene en el trabajo diario y en la decisión de permanecer.

Quienes deseen visitar Macondo pueden encontrarlo a 120 metros al oeste de la iglesia católica de Barva de Heredia.

Si desea conocer más sobre esta historia y ver cómo se vive el día a día en este emprendimiento, puede repasar el reportaje completo en el video que aparece en la portada del artículo.

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