POR Juan Carlos Zumbado | 9 de febrero de 2026, 18:45 PM
En Paraíso de Cartago, entre montañas verdes y caminos de tierra, Edith Moya aprendió desde niña que la vida se trabaja con las manos. Campesina de corazón, madre de dos hijos, acostumbrada al ritmo del campo y al silencio de las madrugadas, nunca imaginó que, a sus 72 años, encontraría en el baile una nueva forma de volver a sonreír.
Hace dos años enviudó. La casa se volvió más grande, más callada. El duelo llegó sin pedir permiso. Entonces apareció el folclor, primero como recuerdo de juventud, luego como refugio.
Lo que empezó como una pasión por las tradiciones terminó convirtiéndose en un salvavidas emocional.
Edith es una de las fundadoras de la agrupación folclórica Caña Brava, un conjunto que desde hace más de dos décadas reúne a personas adultas mayores decididas a seguir activas, a seguir soñando, a seguir moviendo el cuerpo cuando todo invita a quedarse quieto.
Lleva 22 años dentro del grupo. Ha visto cómo esa pequeña iniciativa creció hasta convertirse en una familia de 42 integrantes. Juntos ensayan, cosen trajes, comparten café y, cuando suben al escenario, se transforman.
Han llevado el folclor costarricense más allá de las fronteras. Han viajado a Colombia, México, Panamá y Estados Unidos. Han bailado lejos de casa, pero siempre con la misma raíz.
Para Edith, cada ensayo es memoria, compañía y sanación. Bailar le permite honrar lo vivido, recordar a quien ya no está y celebrar lo que aún queda por delante.
Para conocer más sobre la historia de Edith Moya y la agrupación Caña Brava, puede repasar el reportaje completo en el video que aparece en la portada del artículo.
Lea también
MasQN
Estas mujeres emprendieron para no irse y crecer sin alejarse de sus hijos
En una comunidad aislada del Cerro de la Muerte, un grupo de mujeres transformó las duras condiciones climáticas en un proyecto que les permite sostener a sus familias sin abandonar su hogar.