POR | 11 de mayo de 2026, 17:11 PM
Carlos Aguirre / Consultor Desarrollo Humano Estratégico.
Hay algo que pasa en muchas organizaciones y que pocas veces se dice con claridad: la mayoría de los problemas no son realmente el problema. Son, en muchos casos, problemas mal entendidos.
En gestión, un problema se puede entender como una brecha entre la situación actual y la que se desea alcanzar. Dicho más simple: algo no está como debería estar. Pero el verdadero reto no es detectar esa brecha, sino comprenderla bien.
Cuando una empresa define mal un problema, puede trabajar muchísimo y aun así no avanzar. Se hacen reuniones, se asignan responsables, se crean planes de acción, pero los resultados no cambian. No porque falte capacidad o compromiso, sino porque se está intentando resolver algo que no es el verdadero origen de la situación.
En la práctica, hay una diferencia clave que muchas organizaciones no están gestionando bien: no es lo mismo identificar un problema que definirlo correctamente. Darse cuenta de que algo no está funcionando es apenas el primer paso, lo realmente importante es entender qué está pasando en profundidad.
Un ejemplo muy común en empresas es el famoso “problema de productividad”. Muchas organizaciones llegan a la conclusión de que su gente no está siendo lo suficientemente productiva, y a partir de ahí implementan más controles, más reportes y más reuniones. El resultado suele ser el mismo: más desgaste y poca mejora real.
Cuando se analiza con mayor detalle, el problema no suele ser la productividad. En muchos casos, el verdadero fondo está en la falta de claridad. Equipos que no tienen prioridades definidas, que viven reaccionando a lo urgente, que cambian de dirección constantemente. No es un problema de hacer más, es un problema de enfoque.
Otro caso muy frecuente es el de la rotación de personal. La conclusión rápida es que la gente se va por dinero, por lo que la solución inmediata es aumentar salarios o beneficios. Sin embargo, en múltiples experiencias, el problema real no está ahí. Muchas veces la causa está en el liderazgo directo: jefaturas que no saben gestionar personas, ambientes de trabajo desgastantes o falta de reconocimiento.
Y este es uno de los errores más costosos en la gestión organizacional. Porque cuando se define mal el problema, no solo se pierde tiempo, también se pierde energía, recursos y credibilidad. Los equipos empiezan a sentir que trabajan mucho, pero que nada cambia. Y eso, con el tiempo, desgasta la cultura.
Hoy el entorno empresarial es rápido, cambiante y lleno de presión. Todo invita a reaccionar de inmediato. Pero los líderes que realmente marcan diferencia hacen algo distinto: se toman el tiempo para entender antes de ejecutar.
Cuando el problema está bien definido, las soluciones comienzan a aparecer con mayor claridad. Los equipos se alinean más rápido y la ejecución tiene sentido. No se trata de trabajar más, se trata de trabajar mejor enfocados.
En mi experiencia trabajando con organizaciones y equipos de alto desempeño, este es uno de los puntos donde más se gana o se pierde. No es un tema de inteligencia ni de esfuerzo, es un tema de dirección.
Porque al final, no se trata de correr más rápido, sino de asegurarse de que se está corriendo hacia donde realmente importa.
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