De la A a la Z
Se acerca el Día Mundial de la Libertad de Prensa
Desde 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó el 3 de mayo para conmemorar la efeméride, con el objetivo de recordar la importancia de la libertad de prensa.
Bernal Fonseca / Comunicador y triatleta de alto rendimiento.
Costa Rica vuelve a colocarse frente a uno de esos momentos que, aunque cíclicos en democracia, nunca son menores: el relevo en el poder. Los recientes hechos colocados en la agenda pública han evidenciado un país atento, expectante y, en muchos casos, dividido en sus lecturas sobre lo que viene. No es para menos. Cada transición no solo implica nombres nuevos o continuidades estratégicas, sino también la renovación, o el desgaste, de la confianza ciudadana.
Todo cambio trae consigo una promesa implícita: la posibilidad de hacerlo distinto. Es, en esencia, una bocanada de aire que invita a creer que aquello que no funcionó puede corregirse y que lo que sí, puede fortalecerse. Pero esa expectativa no vive en el vacío. Se alimenta de discursos de campaña, de compromisos adquiridos y de la memoria colectiva de un electorado que ya no observa con ingenuidad. La pregunta que inevitablemente emerge es simple, pero contundente: ¿será este cambio fiel a lo que se prometió? La historia reciente del país nos ha enseñado que la ilusión inicial suele enfrentarse rápidamente con la complejidad de gobernar. Y es ahí donde comienza el verdadero examen.
La llegada de nuevas figuras a los espacios de poder, o la permanencia de algunas, no debería interpretarse como un cheque en blanco, sino como el inicio de una vigilancia más activa por parte de la sociedad. Costa Rica ha construido, a lo largo de décadas, pilares que no son negociables: la democracia, la libertad de prensa y de expresión, el acceso a una educación de calidad, el respeto por las diferencias y un sentido de unidad que, aunque golpeado, sigue siendo parte de su identidad. En este contexto, el rol ciudadano trasciende el acto de votar. Implica observar, cuestionar, exigir, y, cuando sea necesario, señalar. Seguirle el pulso a la gestión pública no es un gesto de oposición; es un acto de compromiso con el país.
Sin embargo, hay un desafío igual de urgente que no se resuelve desde el poder, sino desde la sociedad: la reconciliación. El proceso electoral dejó huellas. Discursos polarizados, diferencias ideológicas intensificadas y, en algunos casos, fracturas personales que trascienden lo político. Pretender que esas tensiones desaparezcan con el cambio de mando es desconocer su profundidad. Costa Rica necesita, más que nunca, reencontrarse en lo esencial. No se trata de pensar igual, sino de aprender a convivir desde la diferencia sin convertirla en confrontación permanente.
El país que entra en esta nueva etapa no es el mismo de hace una década. Es más crítico, más informado y también más exigente. Pero esa evolución sólo tendrá sentido si se traduce en una ciudadanía activa, capaz de equilibrar la esperanza con la vigilancia, y la crítica con la construcción.
El cambio de poder, no es en sí mismo, la solución. Es apenas el punto de partida. Lo que ocurra después, dependerá tanto de quienes gobiernan como de quienes, desde afuera, deciden no dejar de mirar.
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