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El cierre de las fronteras nacionales como respuesta a la crisis del coronavirus el año pasado se tradujo a una reducción del 75% de las visitas de extranjeros a la Reserva Pacuare. Como consecuencia de la falta de ingresos que el proyecto de conservación dejó de recibir, se vieron obligados a cerrar todos los programas excepto uno: el proyecto para la preservación de las tortugas marinas.

La Reserva Pacuare es la máxima representante del desove de tortugas baula en Costa Rica, gracias a sus 6 kilómetros de playa que, año a año, recibe cientos de tortugas dispuestas a anidar. También recibe, sin embargo, a los enemigos de esta especie protegida: los cazadores furtivos de huevos. Antes de la pandemia, un grupo de 45 personas conformado por guardaparques, estudiantes de postgrado y voluntarios, se dividía las labores de vigilancia en dos partes; los grupos en la estación norte y la estación sur vigilaban tres kilómetros de playa cada uno.

La pandemia obligó a cerrar la estación norte y, quienes se quedaron por voluntad propia en la reserva (tan solo 15 de un equipo de 45), tuvieron que asumir las labores de vigilancia en los seis kilómetros de playa protegidos. Mientras las principales comunidades del país reportaban el aumento de infecciones, decesos y hospitalizaciones por COVID, estos 15 conservacionistas se encargaron de salir todas las noches y madrugadas para proteger a las tortugas en su arribo y reubicar los huevos para que tuvieran una maduración exitosa. A pesar de sus esfuerzos, la cantidad de nidos saqueados se cuadriplicó con la pandemia; si en 2019 reportaban cinco casos, en 2020 llegaron hasta los 20. Kenneth Mejía, integrante del equipo de la Reserva Pacuare, recuerda aquellos días: “Si sabíamos que algún asistente estaba muy cansado o tenía un problema en la rodilla, alguien tomaba el puesto por él. O si había muy poca gente entonces lo que hacían los coordinadores es que en vez de hacer tres censos hacíamos dos”, explicó en el vídeo adjunto a esta nota.

A pesar de las dificultades, la pandemia trajo consigo una buena noticia para el esfuerzo conservacionista. Debido a la reducción del tránsito marítimo en 2020, hubo una mayor anidación de las tortugas baula en 2021. Ahora, especialistas como Ánxela Linares, una bióloga española, miran con esperanza hacia el futuro de la reserva después de la pandemia. “Ahora que ya ha empezado la reapertura, se agradece mucho que vengan los visitantes porque son súper importantes para que se mantengan los proyectos de preservación”.

Esta historia de sacrificio se replica en muchos otros proyectos de conservación en nuestro país. Esta problemática incluso llegó a las esferas académicas internacionales, con la publicación de un estudio de la universidad Memorial de Terranova en Canadá sobre el impacto de la pandemia en la conservación.

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