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Al cumplirse hoy dos años de las protestas de abril en Nicaragua, el gobierno de Daniel Ortega sigue en pie, tras sofocar con las armas una rebelión social que lo hizo tambalear en 2018. En medio de su peor crisis política, el exguerrillero de 74 años encara ahora, temerario y sin recursos, una pandemia que ha contagiado a casi dos millones de personas en el planeta.

El gobierno ha sido criticado por organismos internacionales de salud y de derechos humanos por no seguir el protocolo de la OMS-OPS frente al coronavirus sino, por el contrario, lanzar a miles al contagio masivo al organizar marchas, procesiones y festivales en la playa.

"Estamos trabajando sin descanso y tomando todas las previsiones”, ha dicho la vicepresidenta Rosario Murillo, que cada mediodía toma el teléfono y llama al canal de televisión sandinista, que al instante se enlaza con las radios oficialistas para difundir su mensaje. Así todos los días, durante los últimos 14 años.

De estilo extravagante desde su juventud, cuando admiró a los hippies y abrazó el esoterismo, Murillo ahora habla de amor, de paz y agradece a dios y al espíritu santo "por todas nuestras victorias”. Al finalizar, transmite "el abrazo y el cariño del comandante Daniel”, a quien muy pocos ven y escuchan.

Ortega, de hecho, reapareció ante las cámaras hace apenas tres días, después de más de un mes lejos del ojo público. Aunque no explicó el motivo de su ausencia ni anunció medida alguna ante el COVID-19, su aparición calmó a miles de sandinistas, preocupados por la precaria salud de su veterano líder.

"Aquí estamos, como siempre, al lado del pueblo”, dijo Murillo a una nube de reporteros oficialistas que la rodearon al finalizar el discurso de su marido, que desde que retornó a la Presidencia en 2007 prometió un gobierno "50-50”, es decir, repartido entre hombres y mujeres.

Murillo, lealtad y poder

Hoy de 68 años, Rosario Murillo fue poeta y secretaria del asesinado periodista conservador Pedro Joaquín Chamorro, opositor al dictador Anastasio Somoza. A mediados de los ‘70 vivió en Costa Rica donde conoció a Ortega, quien llegó exiliado después de pasar preso siete años por asaltar un banco, en una acción guerrillera del Frente Sandinista.

Tras unirse a Murillo, Ortega adoptó a los tres primeros hijos de ella, incluyendo a la pequeña Zoilamérica, quien 20 años después, en 1998, lo acusaría judicialmente por abuso y violación sexual, demanda que fue archivada por una jueza sandinista. Algunos atribuyen el enorme poder que hoy tiene la vicemandataria, al apoyo público que entonces le dio a su marido, en detrimento de su propia hija.

Ella ganó "un enorme poder y una factura carísima para cobrarle a Daniel”, opina la exguerrillera e historiadora Dora María Téllez. A la vuelta de los años, "Rosario Murillo concentra un poder casi absoluto, pues es ella quien conduce el gobierno, maneja los medios de comunicación y tiene la llave para acceder a Ortega", advirtió Téllez al ser consultada por DW.

Daniel Ortega gobernó por primera vez durante la revolución de los '80, perdió el poder en 1990 y lo retomó en elecciones en 2007. La imagen de Murillo comenzó a aparecer a menudo a su lado, dirigiendo reuniones de ministros o controlando "la línea editorial" de al menos una docena de televisoras y radios que los Ortega fueron comprando con la millonaria cooperación de Venezuela recibida desde entonces y que los hijos de la pareja administran ahora.

"Doble pandemia”

Hiperactiva, astuta y adicta al trabajo, Rosario Murillo se rodeó de un ejército de jóvenes –la Juventud Sandinista, brazo del partido gobernante- que la acompañan uniformados con camisas de colores en las tarimas durante los floridos actos de gobierno y dan la "batalla ideológica” contra la oposición en las redes sociales.

La esposa de Ortega fue una figura clave tras las protestas de abril de 2018, cuando habría ordenado a la Policía "ir con todo” contra los estudiantes atrincherados en las universidades, de acuerdo con una exfuncionaria del Banco Central forzada al exilio. La represión ejercida por miles de policías y paramilitares dejó 328 muertos y más de 2.000 heridos, según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que acusó al Estado nicaragüense por "crímenes de lesa humanidad”.

Para la activista de derechos humanos Sara Henríquez, la actuación de los Ortega, que mantienen a más de 70 "presos políticos” en las cárceles, ha mermado su poder. "Este es un régimen al que el pueblo odia porque ellos mataron, encarcelaron y se ganaron el descrédito mundial. Y Rosario Murillo hoy sólo tiene el ‘chingaste' (las sobras) del poder”, expresó en entrevista con DW.

Henríquez, quien también está exiliada, dijo que Nicaragua "se enfrenta a una doble pandemia: el COVID-19 y el gobierno de los Ortega, que actúa como un coronavirus letal: mantiene en zozobra al pueblo, persigue, amenaza y también mata".

Las próximas elecciones presidenciales de Nicaragua están previstas para noviembre de 2021, pese a los esfuerzos de la oposición por adelantarlas. Hasta ahora la propaganda oficial anticipa que Ortega volvería a postularse para su quinto período de gobierno.

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