26 de octubre de 2026, 18:11 PM


Carlos Aguirre / Consultor Desarrollo Humano Estratégico.

Hay una escena que se repite todos los días y que todavía me cuesta comprender. Personas que llegan al gimnasio para cuidar su cuerpo, despejar la mente y regalarse una hora personal, pero no logran separarse del celular. Terminan una serie y lo revisan. Caminan hacia otra máquina y vuelven a mirarlo. Algunas parecen entrenar el teléfono más que los músculos.

No estoy en contra del celular. Sería absurdo negar todo lo que facilita: comunicación, trabajo, aprendizaje, orientación, música y acceso inmediato a información. El problema no es tenerlo, sino haber perdido la capacidad de decidir cuándo usarlo. Una herramienta deja de servirnos cuando comienza a dirigir nuestra conducta.

Los datos ayudan a dimensionar el fenómeno. El informe digital 2025 de DataReportal señala que los usuarios de internet pasan, en promedio, 3 horas y 46 minutos diarios conectados desde dispositivos móviles. Esto equivale a más de 57 días completos al año. No todo ese tiempo es desperdiciado, pero conviene preguntarnos cuánto responde a una decisión consciente y cuánto a un movimiento automático de la mano.

La atención también paga un precio. Una investigación publicada en el Journal of the Association for Consumer Research encontró que la sola presencia del teléfono puede reducir la capacidad cognitiva disponible, incluso cuando no se utiliza. Los participantes obtuvieron mejores resultados cuando el dispositivo estaba en otra habitación que cuando permanecía sobre el escritorio. Es decir, parte del cerebro parece seguir pendiente de aquello que intentamos ignorar.

En el trabajo ocurre algo parecido. El Work Trend Index 2025 de Microsoft reportó que los colaboradores con mayor volumen de actividad digital pueden recibir hasta 275 interrupciones diarias entre correos, chats y reuniones. En esas condiciones, estar ocupado no siempre significa estar concentrado, y responder rápido no necesariamente significa pensar bien.

Aquí aparece el liderazgo. Liderar no es solamente definir una estrategia o dar instrucciones; también es enseñar, mediante el ejemplo, sobre qué merece nuestra atención. Un líder que revisa el celular mientras alguien le habla transmite un mensaje silencioso: “Hay algo más importante que usted”. Puede escuchar las palabras, pero pierde la conexión, los gestos y las emociones que no llegan por una pantalla.

En el deporte lo sabemos bien: el rendimiento exige presencia. Nadie mejora una técnica si su mente entra y sale del entrenamiento cada pocos minutos. Lo mismo sucede en una conversación difícil, una reunión de equipo o una comida familiar. Estar físicamente no basta; también hay que estar mental y emocionalmente.

La disciplina digital debería convertirse en una competencia del liderazgo moderno. No para controlar a las personas, sino para proteger espacios de calidad: conversaciones completas, decisiones reflexivas y momentos de descanso que realmente permitan recuperar energía.

No necesitamos declarar una guerra contra la tecnología. Necesitamos recuperar el mando. Dejar el teléfono fuera de algunas reuniones, silenciar notificaciones durante períodos de trabajo profundo o guardarlo mientras entrenamos son decisiones pequeñas, pero poderosas. Incluso podríamos comenzar con treinta minutos diarios sin pantalla y observar qué ocurre con nuestra concentración y tranquilidad.

La pregunta no es cuántas veces vemos el celular, sino cuántas veces lo hacemos sin haberlo decidido. La verdadera libertad digital no consiste en apagarlo para siempre, sino en poder dejarlo a un lado sin ansiedad. Porque quien no gobierna su atención difícilmente podrá liderar su tiempo, sus relaciones o a otras personas.

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