Más problemas globales, menos cooperación internacional
El futuro del multilateralismo en un mundo fragmentado que ya no se adapta a las nuevas realidades necesita una transformación urgente.
Dr. Alexander López / Académico de la Universidad Nacional de Costa Rica.
Imaginemos una gran mesa de negociación en la que durante décadas se sentaron casi todos los países del mundo. Había discusiones, vetos y largos borradores, pero existía una premisa compartida: los problemas que no respetan fronteras se resuelven negociando entre muchos. Hoy esa mesa sigue en pie, pero varias sillas se han movido, algunas se han vaciado y otras se han llevado a salas contiguas donde solo se sientan unos cuantos. Esa imagen resume el momento que vive el multilateralismo actualmente.
Recientemente, la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional realizó un seminario internacional donde precisamente se discutió cómo esa gran mesa de negociación ha venido cambiando y cuál podría ser el futuro de la mesa, valga decir, el futuro del multilateralismo en un mundo fragmentado.
De esa discusión, quedó claro, entre otras cosas, que el sistema multilateral creado en 1945 fue diseñado para un mundo muy diferente al de hoy. Frente al aumento de conflictos entre países, crisis globales y problemas que no respetan fronteras como el cambio climático o el desarrollo de la inteligencia artificial sin regulación, el funcionamiento rígido del sistema actual muestra sus limitaciones. En este sentido, un modelo que ya no se adapta a las nuevas realidades necesita una transformación urgente.
La realidad del 2026 es mucho más compleja, la arquitectura de los Acuerdos de Bretton Woods y de La Carta de San Francisco manifiesta un desfase estructural insostenible respecto a las dinámicas del comercio, la tecnología y la geopolítica globales. Tal como analiza López (2026), el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) encarna el síntoma más agudo de este sesgo histórico. La concentración del derecho a veto en sus cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia) margina de las decisiones vinculantes en materia de paz y seguridad internacional a regiones enteras como África y América Latina.
Una de las expresiones más visibles de los nuevos desafíos es la fragmentación económica, pero también tecnológica. La disputa tecnológica entre Estados Unidos y China ha convertido a esta en un instrumento de poder estructural, y ese giro está vaciando de contenido al orden multilateral.
Los controles a la exportación de semiconductores avanzados, las restricciones chinas sobre tierras raras y otros minerales críticos, la carrera por la inteligencia artificial, los centros de datos y la energía que los alimenta, muestran que la interdependencia dejó de ser un factor de cooperación para volverse un arma. Estas medidas se justifican en nombre de la seguridad nacional, lo que deja a la Organización Mundial del Comercio al margen, y la concentración de la capacidad de desarrollar inteligencia artificial de frontera en unos pocos países y empresas abre una brecha creciente entre quienes diseñan los modelos y quienes apenas los consumen.
El resultado es un panorama de gobernanza fragmentado. La Unión Europea apuesta por una regulación basada en riesgos, Estados Unidos por la competitividad y la seguridad con menos reglas, y China por el control estatal combinado con propuestas de gobernanza global dirigidas al Sur Global. Mientras tanto, los foros multilaterales, de la ONU al G20, producen declaraciones con escaso poder vinculante, y la competencia por fijar estándares técnicos empuja a terceros países a elegir entre bloques tecnológicos.
Sin embargo, el panorama no es una bipolaridad pura: potencias medias como India, Corea del Sur o los países del Golfo buscan soberanía digital, los modelos abiertos complican el control y los riesgos catastróficos, como el uso de la IA en armas biológicas o ciberataques, ofrecen incentivos de cooperación incluso entre rivales. Para América Latina, África y el Sudeste Asiático, el reto está en evitar convertirse en meros espacios de disputa y dependencia, apostando por la diversificación y la integración regional.
Otro sector que refleja de manera más tangible la fragmentación es el ambiente; así, por ejemplo, el Acuerdo de París descansa en contribuciones determinadas a nivel nacional, que cada país define y que ningún organismo puede imponer. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP, 2024), las políticas actualmente vigentes encaminan al mundo hacia un calentamiento cercano a 3 °C a lo largo del siglo. La cooperación existe, pero su capacidad de hacer cumplir lo acordado es insuficiente, y en un contexto de desconfianza, cada actor teme ser el único que cumple.
Ambos casos evidencian una realidad cada vez más preocupante. Las consecuencias de un multilateralismo debilitado rara vez salen en los titulares; al contrario, suelen mostrarse como una erosión lenta y constante.
Por ejemplo, ante las crisis comunes, la confianza escasea y las decisiones se retrasan, lo que ocasiona que los costos humanos aumenten. Un orden internacional fragmentado e impredecible encarece todas esas decisiones. Y, finalmente, se da un desgaste de la legitimidad.
Cada compromiso incumplido alimenta el argumento de que las instituciones multilaterales son simbólicas, lo que reduce el incentivo a participar en ellas y refuerza el círculo vicioso.
En conclusión, ante las crisis globales y los problemas que no respetan fronteras, la necesidad de cooperar será mayor que nunca. En este sentido, las decisiones que se tomen estarán fundamentadas en la confianza. Una salida posible está en cambiar el fundamento de la confianza.
En lugar de depender solo de la palabra empeñada en una cumbre, la cooperación puede apoyarse cada vez más en evidencia verificable: datos abiertos, monitoreo independiente, transparencia compartida. Si todos pueden ver lo que ocurre, el temor a ser el único que cumple se reduce. La tecnología que hoy alimenta la rivalidad puede, bien gobernada, convertirse en la base de un nuevo tipo de compromiso, menos declarativo y más comprobable.
El multilateralismo no es una reliquia del siglo XX; es una herramienta imperfecta, lenta y a menudo frustrante, pero sigue siendo la única que permite a países muy distintos enfrentar problemas que ninguno puede resolver solo. Por tanto, seguir sentándonos a la mesa, aunque sea incómoda, sigue siendo un imperativo.
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