Liderazgo articulador
Para el género femenino, el verdadero triunfo está en cuidar la esencia de esa delicadeza que nos define, sabiendo que una convicción puede habitar un tallo de apariencia frágil sin perder jamás la capacidad indiscutible de resistir hasta alcanzar.
Dra. Johanna Alvarado/ICF Young Leader Award.
Frida Kahlo convirtió el dolor en color, y las flores que llevaba en el cabello nunca fueron adorno: eran su manera de detener una mirada sin necesitar alzar la voz. Su cuerpo era frágil; su voluntad, indiscutible. Nunca fueron la misma cosa.
Hay una pregunta que llevo años haciéndome, y que hoy la neurociencia me ayuda a responder con más rigor que intuición: ¿qué le costó al cerebro humano aprender que una mujer puede liderar sin dejar de ser ella misma? La respuesta no está en negar que hombres y mujeres piensan distinto. Está en la historia, en la cultura y también, afortunadamente, en la plasticidad de un órgano que nunca dejó de reescribirse.
El cerebro que nos dijeron que teníamos
Durante buena parte del siglo pasado,la ciencia no negó que existieran diferencias entre el cerebro femenino y el masculino. Lo que ocurrió fue distinto: la ciencia, como toda disciplina viva, avanzó. Con menos herramientas de estudio y con el prejuicio cultural de cada época filtrándose,sin quererlo, en la lectura de los datos, esa diferencia se interpretó como jerarquía. Si el cerebro de la mujer procesaba la información de otra manera, se asumía que procesaba peor,y esa lectura sirvió durante décadas para cerrarle la puerta a los espacios de decisión.
La neurociencia aplicada de las últimas décadas, con autores como Néstor Braidot a la cabeza, confirma que sí existen diferencias neurobiológicas reales entre ambos cerebros: desde etapas tempranas del desarrollo, la acción hormonal moldea de manera distinta la morfología cerebral, y eso influye en cómo se procesa la información sensorial y emocional. Pero esa evidencia no ordena una jerarquía de capacidad, ni determina quién lidera mejor. La diferencia no es lo mismo que la desventaja.
Sentir, conectar, ordenarse: lo que confirma la neurociencia
Antonio Damasio, con su hipótesis del marcador somático, aportó una pieza que cambia el tablero de esta conversación: la emoción no es el obstáculo de una buena decisión, es su ingrediente. Sus pacientes con daño en ciertas zonas prefrontales, al perder la capacidad de sentir, no se volvían mejores tomadores de decisiones por ser más "racionales"; se volvían incapaces de decidir bien. Razón y emoción no compiten en el cerebro que lidera: se necesitan.
La neurocientífica española Nazareth Castellanos añade otra pieza clave: el cerebro no funciona aislado, conversa todo el tiempo con el cuerpo, con la respiración, con el resto de los órganos. Y ese cerebro, más allá de con qué diferencias haya nacido, "aprende a ordenarse", en sus palabras: se transforma con la práctica, la atención y el hábito. Es la confirmación, desde otro laboratorio, de algo que ya intuíamos: el liderazgo no es un rasgo fijo que se tiene o no se tiene, es una capacidad que se entrena.
A esto se suma lo que documentó la psicóloga Shelley Taylor sobre la respuesta al estrés que bautizó "cuidar y hacer alianza" (tend-and-befriend), mediada por la oxitocina, y lo que las neuronas espejo —estudiadas por Giacomo Rizzolatti y Marco Iacoboni— revelan sobre nuestra capacidad entrenable de empatía y lectura social. Circuitos humanos, disponibles para cualquier líder dispuesto a cultivarlos.
Nada de esto niega que existan diferencias de partida entre ambos cerebros. Niega, eso sí, que esas diferencias determinen quién puede liderar y quién no. Lo que la mujer trae consigo, entrenado además por generaciones de sostener lo que otros abandonaban, son circuitos de conexión que hoy la ciencia del liderazgo reconoce como ventaja estratégica, no como debilidad tolerada.
Lo que confirma el terreno, más allá del laboratorio
A esa evidencia científica se suma algo que he podido documentar de primera mano, acompañando procesos de liderazgo dentro y fuera de Costa Rica: no menos de una docena de líderes, mujeres y hombres, han encontrado, cada uno a su manera, un modelo de comunicación justo, uno que respeta sus valores, su propósito y a la vez el entorno que lideran. Y en ese camino, sin excepción, atravesaron el mismo tránsito: pasaron de una conducta de inhibición a una de extroversión genuina, sin caer jamás en la agresión, la agresividad o la violencia.
De la trinchera a la mesa: la evolución de la lucha
No podemos hablar de este cerebro sin honrar el camino que lo trajo hasta aquí. Las primeras luchas por el lugar de la mujer en el poder no fueron delicadas: fueron radicales, viscerales, y, en más de una ocasión, costaron la vida de quienes las sostuvieron. La historia registra encarcelamientos, huelgas de hambre, represión y sangre derramada por el simple derecho a decidir, a votar, a hablar en público sin ser silenciadas.
Ese capítulo era necesario. Ninguna puerta cerrada se abre sola. Pero la neurociencia y la psicología del liderazgo de las últimas décadas describen una segunda etapa, distinta de la primera: ya no se trata de arrancar el espacio a la fuerza, sino de articularlo desde la firmeza serena. El liderazgo articulador no reniega de la lucha que lo precedió; la honra, y decide no repetir su método porque ya no lo necesita.
Para el género femenino, el verdadero triunfo no está en aprender a caminar los mismos pasos que antes exigieron gritar, humillar, descalificar, desacreditar y pisotear para ganar una posición. Está, precisamente, en no tener que recorrerlos: en cuidar la esencia de esa delicadeza que nos define, sabiendo que una convicción puede habitar un tallo de apariencia frágil sin perder jamás la capacidad indiscutible de resistir hasta alcanzar.
¿Qué parte de su propia historia de liderazgo nació peleando, y qué parte podría hoy sostener articulando en lugar de imponiendo?
¿Hay todavía en usted una batalla que libra con las armas de ayer, cuando el contexto de hoy le permitiría ganarla con otras herramientas?
El lenguaje que traiciona o libera
La neurocomunicación nos enseña algo esencial: las palabras que usamos para describir el liderazgo moldean, literalmente, los circuitos que activamos al ejercerlo. Por eso vale la pena detenerse en las dicotomías que solemos confundir, porque no son sinónimos, son mundos distintos:
Rigor no es lo mismo que falta de respeto.
Firmeza no es lo mismo que dureza.
Ternura no es lo mismo que sumisión.
Asertividad no es lo mismo que agresividad.
Autoridad no es lo mismo que autoritarismo.
Delicadeza no es lo mismo que fragilidad ingenua.
Determinación no es lo mismo que terquedad.
Diplomacia no es lo mismo que complacencia.
Cada palabra de la izquierda describe un liderazgo que integra fuerza y humanidad. Cada palabra de la derecha describe su distorsión, la caricatura en la que se convierte cuando el miedo —propio o ajeno— toma el control del relato.
Una invitación antes de cerrar
¿Qué pasaría si dejara de medir su liderazgo por cuánto se parece al modelo que le enseñaron a admirar, y empezara a medirlo por cuánta gente crece, piensa y decide mejor a su alrededor?
¿Qué palabra de esa lista de la derecha —dureza, sumisión, autoritarismo, terquedad— sigue cargando por costumbre, y qué pasaría si la suelta hoy?
El liderazgo del que habla esta columna no es frágil por debilidad. Es frágil como lo es una flor: capaz de detener una mirada sin levantar la voz, de doblarse con el viento sin romperse, de sostener una convicción entera dentro de un tallo que solo parece quebradizo. Ese es el rigor de una flor, y el liderazgo que esta columna eligió mirar de frente: sin gritar, sin pedir permiso, sin recorrer los pasos de quienes alguna vez creyeron que solo se gana pisoteando.
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