La importancia de la democracia plena
No basta con hacer elecciones si no son verdaderamente libres o si no dan paso a una alternancia.
Rodolfo Brenes, doctor en Ciencias Jurídicas.
La democracia se encuentra bajo asedio a nivel mundial, por movimientos políticos populistas, personalistas y autocráticos; por un ecosistema informativo contaminado de desinformación algorítmica; por la desigualdad económica, que desencanta a las personas de la política; por la criminalidad organizada, que desplaza al Estado.
Según el “Democracy Index” solamente el 6.6% de la población mundial vive en una democracia plena, y entre esos pocos privilegiados nos encontramos los costarricenses. Mientras tanto, un 39,2% de la población está sometida a regímenes autoritarios, sin elecciones libres y con libertades civiles drásticamente limitadas.
Un 15,7% vive en países con regímenes híbridos donde, aunque hay elecciones y se intenta aparentar una cierta “formalidad democrática”, en realidad la democracia se ha vaciado de contenido, los pesos y contrapesos se debilitan o desaparecen, y el poder se concentra en la figura de un “líder fuerte”.
La historia y la estadística demuestran que la democracia, como sistema político y de organización social, más que la norma, sigue siendo una aspiración inacabada, una obra en proceso, también en peligro. Por eso, conviene recordar qué es una democracia y qué rasgos la identifican.
En una democracia, la soberanía reside en el pueblo; para usar la famosa definición de Abraham Lincoln en su discurso de Gettysburg, es el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Sin embargo, la soberanía popular no puede desvirtuarse para llevarla a extremos y anular los derechos de los grupos minoritarios, pues la verdadera democracia es pluralista y en ella debe haber espacio para los diversos grupos políticos, étnicos, religiosos, sexuales, etcétera.
Una democracia no es, ni puede ser nunca, la “tiranía de la mayoría”, como hace siglos nos advirtieron John Stuart Mill, Alexis de Tocqueville y James Madison. Precisamente por eso, las verdaderas democracias se identifican por un sistema de pesos y contrapesos robusto y funcional, donde el poder no está concentrado en un solo individuo, sino dividido en instituciones que operan de manera independiente y ejercen control una sobre la otra.
La democracia requiere de un Estado de derecho, es decir, un orden jurídico y político donde el poder está claramente limitado, previamente definido por normas, que se aplican por igual a todas las personas, gobernantes y gobernados, cuyo respeto es asegurado por tribunales independientes, libres de todo control político o injerencia exterior. En la democracia, la Constitución Política y el imperio de la ley guían la acción estatal, contienen el poder del Estado, evitan su arbitrariedad y protegen al ciudadano.
Los gobernantes se escogen mediante elecciones que, para ser democráticas, exigen la universalidad del sufragio, condiciones de igualdad de acceso a la contienda, transparencia en el proceso, reglas claras, un árbitro electoral independiente, pluralidad de alternativas y partidos políticos, acceso a información veraz. Sin estos requisitos sustanciales, las elecciones sirven solo para disfrazar con ropajes democráticos a algo que no lo es.
Las elecciones demandan la alternancia en el poder. En una democracia, quienes hoy son oposición deben tener posibilidades reales de gobernar mañana. La Corte Interamericana de Derechos Humanos estableció claramente que la reelección presidencial indefinida es incompatible con la democracia. Dicho de otro modo, un sistema que la permite no es una democracia, como sucede en El Salvador.
Los sistemas democráticos garantizan y protegen los derechos fundamentales de las personas, de todas, no solamente de algunas, y especialmente los de las minorías, que con frecuencia se encuentran en posición de fragilidad ante las mayorías.
Algunos de estos derechos y libertades están intrínsecamente ligados a la democracia. Tal es el caso de la libertad de expresión, tan relevante que se le considera condición indispensable para su existencia. Una ciudadanía que no esté bien informada no es plenamente libre. Y eso explica un fenómeno tan antiguo como el poder mismo: el impulso de quienes gobiernan por controlar la narrativa, moldear la opinión pública e, incluso, manipular y suprimir la verdad.
La democracia requiere entonces mucho más que algunas formalidades. No basta con hacer elecciones si no son verdaderamente libres o si no dan paso a una alternancia. No basta con tener tribunales si no son independientes. No basta con separación de poderes si estos no pueden controlarse el uno al otro.
Pero, más que todo eso, la democracia necesita del cuidado constante de una ciudadanía atenta, participativa, libre, informada, consciente del privilegio que significa vivir en democracia y de la enorme responsabilidad que implica protegerla y resguardarla.
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