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Antonio Barrios / Analista Internacional y Profesor invitado de las Universidades del Kurdistán en Irak

¿A quién importante deberán asesinar en Nicaragua para que haya una gran rebelión? Un nuevo bogotazo en Managua como cuando asesinaron a Jorge Eliecer Gaitán en 1946, aquel liberal colombiano y que con su muerte pagó la osadía de pensar en su pueblo, dejando tras de sí una esperanza trunca. A quién convertirían en mártir los diversos grupos en pugna política en Nicaragua, dispuestos posiblemente a todo, con tal de un cambio en ese país. Nicaragua, Nicaragüita; esa tierra de lagos y volcanes, de guerras, de sufrimiento perenne, de dictadores, entre ellos, los tres Somoza y ahora Ortega-Murillo; aquella tierra de Sandino traicionada, paralelamente a la Farabundo Martí quien igualmente luchaba en El Salvador por ahí de la década de los 30 del siglo pasado. Aquellos sueños nacionalistas y de formaciones campesinas, que pretendían dar luz a una buena causa, la de un mejor futuro para sus hijos y que, no más siendo asesinado Sandino, oscureció a Nicaragua.  Y de nuevo se oscurece con el régimen de Ortega Murillo, la pareja embriagada de poder, aduciendo ser los herederos del sandinismo, luego de la derrota electoral de 1990 y la continuación de una nueva revolución que, lejos de serlo, lo que instauraron e institucionalizaron fue un sistema represor, similar o peor al de Somoza. Seis años viví en Nicaragua en los años ochenta durante la guerra entre sandinistas y contrarrevolucionarios, y créanme, eso que dice hoy Ortega de una “nueva revolución”, cristiana, y solidaria es una ofensa para miles de nicaragüenses que dieron sus vidas en su lucha contra Somoza, una revolución que en esos tiempos prometía todo, de nuevo traería una nueva guerra impuesta por Washington.

Hice la pregunta al inicio de este escrito porque el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal en 1978 fue la peor noticia que podía recibir Anastasio Somoza (el último de la dinastía). En las luchas insurgentes siempre están en la mira ciertas personalidades que son sacrificables (disculpen este término). Alguien muy querido, sin proponérselo se convierte en el mártir que desata un cambio en un país. La muerte de Chamorro significaba el fin de Somoza, no era posible evitarlo, su epitafio político estaba escrito y su desaparición física sería en Asunción, Paraguay cuando una bazuca acabó con el dictador. Ni el dictador paraguayo Alfredo Stroesner lo pudo proteger. Los Somoza durante muchas décadas no tuvieron límite a la hora de matar a quien fuera, pero pretender asesinar a Chamorro nunca estuvo en sus planes, sí, era un suicido político y Somoza lo sabía. En camino de la asunción al poder estaba su hijo Anastasio Somoza Portocarrero, quien se había fogueado cuando tuvo a su cargo la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI), ente represor en la guerra contra la insurgencia sandinista.

Pedro Joaquín era el intocable, el casi santificado, el que todo mundo quería en Nicaragua, competía con las simpatías que el pueblo ya sentía por la insurgencia sandinista, era casi el Monseñor Arnulfo Romero de El Salvador. Mientras Obando y Bravo el eterno Cardenal nicaragüense nunca fue capaz de denunciar las matanzas de Somoza como sí lo hizo Romero contra el ejército salvadoreño y los paramilitares de Roberto d’Aubuisson. Además de despótico, Somoza había demostrado ser un político astuto y manipulador que conocía muy bien las debilidades de un país al que tenían como su finca; no en vano la dinastía Somoza eran legítimos terratenientes. Somoza negoció prebendas políticas con los partidos de oposición, principalmente los conservadores, el partido que le disputada el poder y le reclamaba más democracia. Somoza tuvo la particularidad de no proscribir partidos políticos; eso no lo hacía un buen dictador, pero sí un estratega que le permitió sortear varias crisis políticas repartiendo cuotas de poder. Su guerra principal era contra la insurgencia sandinista y mientras tuviera el apoyo de Washington, para Somoza lo demás era accesorio.

Pedro Joaquín Chamorro se codeaba con familias de la alcurnia nicaragüense, aquellas que se denominaban de la burguesía no somocista; esa misma que Washington apostaba para hacer un cambio de régimen y que nada tuviera que ver con la insurgencia sandinista. Pero Somoza ya no era el único preferido de Washington, ya estaba Pedro Joaquín en la nómina, sobre todo en el gobierno de Jimmy Carter (1976-1980) que había basado su política exterior en los Derechos Humanos, no solo por lo que sucedía en Nicaragua, sino hacia los regímenes militares de Videla y Pinochet en el Cono Sur. Pero las buenas intenciones no son suficientes, los nicaragüenses seguían muriendo en la guerra civil y en la insurrección final.  

Chamorro sin proponérselo fue escogido por alguien que lo convertiría en aquel mártir de las causas justas. Pocas horas después Nicaragua era noticia en el mundo. La sangre del mártir reescribiría la historia en Nicaragua y en ella resbalaría Somoza. A Anastasio Somoza Portocarrero, su hijo en la sucesión del trono le tocaba dar la mala noticia a su padre. Pero quién pudo haber cometido semejante asesinato. Los dardos dispararon para todos los lados, pudieron ser los sandinistas, la burguesía no somocista, el somocismo o cualquier otro que intuía el valor que significaba la muerte de Chamorro porque desató la furia del pueblo nicaragüense en las calles, mientras que los sandinistas aprovechaban el caos para dar los últimos golpes al régimen. Somoza cansado de matar estaba indignado porque lo acusaban del único crimen que no cometió. 

Este fue el momento preciso cuando la burguesía no somocista decidió apoyar a la oposición política y además dar recursos a los sandinistas que peleaban en la montaña. Aquel singular pacto de sangre entre guerrilleros y burgueses funcionó con cierta armonía hasta la caída de Somoza. Todo va a cambiar para mal entre los guerrilleros y la burguesía cuando los primeros llegan al poder en 1979.

La América Latina de hoy ha cambiado radicalmente, aún se dan golpes de Estado, hoy denominados “constitucionales”, y Ortega se une a esos atropellos y encarcela a sus opositores, justo a pocos meses de las elecciones presidenciales. Si antes la represión se dirigía sobre todo contra los estudiantes que llevaron a las calles la protesta contra el autoritario clan familiar, ahora están en la mira los rivales políticos de Ortega y así gradualmente los empresarios. De esta manera, Ortega deja claro que las elecciones presidenciales en noviembre de 2021 no son más que una mera formalidad. No desea correr riesgo alguno de tener que ceder el poder como cuando le colocó amargamente la banda presidencial a la presidenta Violeta Barrios de Chamorro en 1990. Ortega ha escogido el autoritarismo como forma de gobierno, ha traicionado todo por lo que se luchó en el pasado, y está dispuesto a asumir el papel de paria. Su imagen internacional le resulta menos importante que conservar el poder.

Mientras que sus ex compañeros de lucha hoy son perseguidos por Ortega, damos cuenta del estado demencial de sus decisiones. Hoy Ortega es una vívida caricatura de Somoza, siempre alegando ser víctima de una confabulación internacional. Es la bancarrota moral de un revolucionario. Conozco muy bien al pueblo nicaragüense y tienen más memoria que cualquier otro en la región, han debido vivir muchas guerras desde su independencia, dictadores, tortura, persecución, abusos, saqueo. Los nicaragüenses no le perdonan a Ortega en lo que se ha convertido, en sus maquinaciones con los pactos libero-sandinistas de Enrique Bolaños y Arnoldo Alemán con tal de volver al poder en 2007. Sin duda, lo más viejos recuerdan esos tiempos duros de la guerra, del bloqueo económico, del desabastecimiento, de un servicio militar que mató a miles de jóvenes.

La mayoría de sus compañeros de lucha, de los cuales conozco a algunos, se han distanciado de Ortega, les resulta irreconocible e irreconciliable. Sin embargo, el clan Ortega-Murillo juega muy bien con el tiempo y sabe que a sus críticos más temprano que tarde quizá se cansarán de seguir luchando. Podría intuirse que aquellas grandes luchas sociales de años que llevaban a grandes revoluciones ya no son posibles, no por lo menos en estos tiempos. Es probable que, cuando desaparezca esta generación que lucha hoy en Nicaragua, venga otra nueva no sabiendo lo sucedido y no podrá pensar en ninguna otra forma de gobierno que no sea el poder en manos de un partido único de un clan familiar de nueve hijos con sus respectivas y numerosas familias, ya muy bien entronizadas en todos los estratos de la sociedad política, económica, empresarial y militar del país. En realidad, hacia eso se encamina Nicaragua.

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