El costo de no cooperar en materia internacional
Es una decisión que erosiona simultáneamente el crecimiento económico y la posición relativa de los Estados en el orden internacional.
Dr. Alexander López / Académico de la Universidad Nacional de Costa Rica.
Durante décadas, el debate sobre el multilateralismo se ha organizado casi exclusivamente en torno a una pregunta: ¿cuánto cuesta cooperar? Los gobiernos calculan las cuotas que deben aportar a organismos internacionales, las concesiones comerciales que deben ofrecer, la soberanía que ceden al someterse a tribunales o regímenes multilaterales y los compromisos que deben asumir, por ejemplo, de reducción de emisiones que implican transformar sus matrices productivas. Esta contabilidad de los costos inmediatos y visibles de la cooperación ha dominado tanto el discurso político como buena parte de la literatura académica sobre relaciones internacionales.
Sin embargo, esta manera de plantear el problema es incompleta. Cada vez que un actor internacional decide no cooperar, genera un costo que rara vez se contabiliza con la misma precisión: el costo de la no cooperación. Este costo suele ser más difuso, se distribuye en el tiempo, recae desproporcionadamente sobre terceros y, paradójicamente, termina siendo pagado por todos.
¿Por qué se subestima el costo de no cooperar? Una primera explicación se plantea en la teoría de juegos. En estructuras similares al dilema del prisionero, cada actor enfrenta un incentivo individual a desertar de la cooperación, incluso cuando el resultado colectivo de la deserción generalizada es peor para todos que el resultado de la cooperación mutua (Axelrod, 1984). El problema no es que los actores ignoren que cooperar produce mejores resultados; es que los costos de cooperar son inmediatos, concentrados y atribuibles a una decisión política concreta, mientras que los costos de no cooperar son diferidos, difusos y atribuibles a un conjunto de decisiones acumuladas cuyo responsable directo es difícil de señalar.
Robert Keohane puntualizó esta perspectiva al mostrar que la cooperación internacional puede sostenerse incluso sin un hegemón, mediante regímenes internacionales que reducen los costos de transacción, generan información y permiten anticipar el comportamiento de los demás actores. En este sentido, Keohane sugiere que los regímenes multilaterales no deben verse solo como mecanismos costosos de restricción de la soberanía, sino también como instrumentos que reducen los costos al hacer más previsible y menos riesgoso el entorno internacional. El problema es que cuando estos regímenes se debilitan o se abandonan, no desaparece el costo; simplemente se traslada del plano institucional al plano de las crisis no gestionadas.
Asimismo, Elinor Ostrom sugiere que la no cooperación no es un resultado natural del sistema internacional, sino una elección institucional que puede y debe ser evaluada frente a sus alternativas y frente a sus costos de oportunidad. En consecuencia, a continuación, se analizan los estudios de caso.
El costo de no cooperar en el comercio internacional
Un ejemplo donde se observan los costos de no cooperar es en el comercio internacional. La literatura señala que la mayoría de los grandes desafíos internacionales contemporáneos dependen del suministro de bienes públicos globales, cuya naturaleza hace que ningún actor del sistema internacional tenga incentivos suficientes para proveerlos de manera unilateral (Scott Barrett, 2007). Asimismo, la acción colectiva a escala global se ve además dificultada por asimetrías de poder e información entre los Estados; esto profundiza la tendencia a posponer decisiones cuyo costo de oportunidad crece con el tiempo (Todd Sandler, 2004).
El sistema liberal de posguerra logró sostenerse durante décadas precisamente porque distribuyó los costos de la cooperación mediante instituciones que ofrecían beneficios recíprocos y mecanismos de resolución de disputas, en oposición a las estrategias unilaterales. No obstante, la erosión de estas instituciones ha generado un clima de incertidumbre en el que los costos de coordinación que antes absorbían las instituciones deben ser asumidos de manera fragmentada por cada actor. En consecuencia, se denota una pérdida de poder blando y de capacidad de influencia normativa, un costo que rara vez aparece en los balances fiscales, pero que condiciona de manera duradera la posición relativa de los Estados en el sistema internacional.
Asimismo, el Fondo Monetario Internacional estima que “las pérdidas mundiales derivadas de la fragmentación comercial podrían oscilar entre el 0,2% y el 7% del PIB global” (Georgieva y Okonjo-Iweala, 2023). Por su parte, el FMI también plantea que las economías avanzadas y los mercados emergentes se verían seriamente afectados con “pérdidas permanentes de entre el 2% y el 3% derivadas de la fragmentación geoeconómica” (Bolhuis et al., 2023).
En definitiva, el comercio internacional confirma que la no cooperación conlleva costos severos y multidimensionales. Como bien público global, su provisión depende de una acción colectiva que las asimetrías de poder e información entre Estados tienden a obstaculizar, postergando decisiones cuyo costo de oportunidad se agrava con el paso del tiempo. El diagnóstico final de no cooperar en materia comercial no es una postura neutral, sino una decisión que erosiona simultáneamente el crecimiento económico y la posición relativa de los Estados en el orden internacional.
En conclusión, reformular el debate del multilateralismo exige incorporar de manera sistemática el cálculo del costo de la no cooperación en la deliberación política y en el diseño institucional; lo que implica desarrollar metodologías más robustas para estimar y comunicar estos costos; y, en consecuencia, incorporar estas estimaciones en los procesos de toma de decisiones. Solo así el debate sobre el futuro del multilateralismo podrá superar su actual sesgo de corto plazo y resistir la tentación de anteponer el costo real y acumulado de la inacción al costo inmediato y visible de la cooperación.
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