13 de julio de 2026, 17:58 PM

Dra. Johanna Alvarado/ICF Young Leader Award.

Vivimos convencidos de que el descanso hay que ganárselo, que detenerse es debilidad y que la productividad es la única medida de nuestro valor. Sin embargo, la neurociencia lleva años demostrando lo contrario. Un estudio de Harvard publicado en la revista científica PNAS encontró que las personas más creativas presentan una sincronía particular entre la red neuronal por defecto y la red de control ejecutivo del cerebro, y que ese patrón permite predecir con precisión el nivel de creatividad de una persona. El neurocientífico Roger Beaty, autor principal de esa investigación, lo resume con una frase que me encanta: el cerebro creativo está conectado de otra manera.

A eso se suma el trabajo del neurocientífico Vinod Menon, de la Universidad de Stanford, quien ha demostrado que esta misma red se activa cuando dejamos de mirar hacia afuera y permitimos que la mente divague hacia adentro, construyendo lo que él llama nuestra narrativa interna: los valores, los recuerdos y el sentido que le damos a la propia vida. Ese proceso no ocurre en medio de la urgencia. Ocurre en la pausa.

El poeta español Antonio Machado escribía que "se hace camino al andar", y quizás hoy valga la pena resignificar esa frase: a veces se hace camino al detenerse.

Como psicóloga, especialista en liderazgo y coach con 20 años acompañando procesos de transformación humana, sé que los líderes que más admiro no son los que nunca paran, sino los que entienden que el descanso es una decisión estratégica, no un lujo. La evidencia respalda esa intuición: investigaciones citadas por la Universitat Oberta de Catalunya muestran que desconectar reduce el cortisol, mejora el sueño y fortalece la atención al regresar al trabajo, mientras que estudios recientes señalan que varios descansos breves y frecuentes a lo largo del año sostienen mejor el bienestar que unas únicas vacaciones largas, siempre que exista una desconexión digital real.

Recuerdo a un cliente que, durante nuestras primeras tres sesiones de coaching, hizo un descubrimiento que lo marcó profundamente: se dio cuenta de que no reconocía la temperatura del agua cuando se duchaba, ni podía identificar el orden en que realizaba ese ritual cada mañana. Vivía la ducha en automático, ausente de sí mismo. Cuando empezó a habitar ese momento con presencia plena, algo se transformó: llevó esa misma consciencia a otros espacios de su vida, entendiendo que el ocio y las pausas no son tiempo vacío, sino territorio fértil para el desarrollo humano.

Esa es la esencia de lo que quiero compartir hoy: las vacaciones largas, las pausas activas durante el día, los tres minutos de respiración consciente entre reunión y reunión, e incluso una ducha vivida con atención plena: todo eso es liderazgo. Liderazgo hacia una misma persona, antes que hacia cualquier equipo.

Ahora mismo me preparo para tomar mis propias vacaciones. Y en vez de sentir culpa, elijo verlo como lo que es: un espacio necesario para que mi mente respire, se reorganice y regrese con más claridad, más presencia y más creatividad.

Le invito a preguntarse:

¿Qué pasaría si programara su descanso con la misma intención con la que programa su trabajo?

¿Cuántas de sus mejores ideas han llegado precisamente cuando estaba descansando, caminando o simplemente sin hacer nada?

¿Qué rutina cotidiana —una ducha, un café, una caminata— vive en automático y podría empezar a habitar con más presencia?

¿Qué pausa necesita hoy —de cinco minutos o de quince días— que lleva posponiendo por sentir que no se la merece todavía?

El verano no solo es para el cuerpo. Es también una invitación para el cerebro, para la creatividad y para esa parte de uno que solo florece cuando le damos permiso de simplemente ser.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores corresponden únicamente a sus opiniones y no reflejan las de Teletica.com, su empresa matriz o afiliadas.

mundial2026