29 de septiembre de 2026, 17:37 PM

Rodolfo Brenes, doctor en Ciencias Jurídicas.

Un piloto de Vigilancia Aérea enfrenta un proceso disciplinario, que puede culminar con su despido, por criticar a la presidenta Laura Fernández y haber declarado a CRHoy sobre una auditoría internacional que detectó deficiencias en la seguridad aérea en nuestro país.​

La fracción del Frente Amplio expulsó de su chat de prensa al medio “Impact Channel”, por considerar que sus publicaciones violaban reglas éticas básicas del periodismo. Según los diputados, el medio les atribuyó declaraciones falsas y publicó notas de contenido que consideraron homofóbico.

El diputado Gerald Bogantes (PPSO) organizó una actividad en el Salón de Expresidentes de la Asamblea Legislativa, con pastores evangélicos y la presidenta de la República, en la que pretendía permitir únicamente el acceso a “Impact Channel” y negarlo al resto de la prensa. Luego de reclamos, dio marcha atrás.

En el corazón de todos esos casos se encuentra la libertad de expresión. Es un derecho fundamental, protegido en la Constitución Política y en tratados internacionales de derechos humanos. Es tan importante que se le considera un requisito indispensable de toda verdadera democracia: permite difundir ideas e informaciones de toda índole, inclusive aquellas que chocan, inquietan u ofenden al Estado o a una fracción de la población, y posibilita un amplio control ciudadano sobre el poder político.

Por eso, la libertad de expresión, cuando se ejerce de manera independiente, necesariamente incomoda y molesta. Una prensa y una ciudadanía activas preguntan, indagan, cuestionan, critican, expresan dudas y desacuerdos; a veces se exceden e incluso pueden ser injustas…

Pero todo eso es parte de la democracia, que, como forma de organización política y social, debe ser pluralista y, por lo tanto, garantizar espacio para las diferentes corrientes de pensamiento y opinión, para el intercambio de puntos de vista y de propuestas, y para el debate robusto y vigoroso.

El filósofo alemán Jürgen Habermas concibió la esfera pública como una red de comunicación de informaciones y puntos de vista, que permite que los problemas sociales sean identificados, discutidos y llevados a las instituciones políticas.

Se trata de un espacio de crítica al poder político, donde el poder comunicativo se ejerce a la manera de un asedio (aunque sin pretender conquistarlo). La opinión política, expresada por medio de la prensa y la ciudadanía, ejerce una presión externa sobre el sistema político, obligándolo a responder a los problemas que aquejan a la sociedad civil.

La democracia, y la solución a los problemas colectivos, se construye entonces mediante la dialéctica, entendida como el arte de dialogar, argumentar y discutir, que solamente es posible en un marco de amplia libertad.

Su opuesto, el autoritarismo, no dialoga, se impone, requiere de una única visión, de una sola narrativa, que se impulsa mediante la propaganda, la manipulación, las noticias falsas, el control progresivo del ecosistema informativo para alinearlo con la comunicación oficial; pero también mediante la persecución y el amedrentamiento, que llevan a la peligrosa autocensura, ya presente en nuestro país, donde la mitad de costarricenses tienen miedo a expresar sus opiniones.

Por eso, en una democracia debe protegerse la libertad de expresión de todas las personas, incluidos funcionarios públicos y oficiales de policía, especialmente cuando se trate de temas de interés público. Si bien se admiten ciertos límites, estos son excepcionales y de interpretación restrictiva, pues en democracia la regla es la libertad.

Y por eso, también, debe garantizarse a todos los medios de comunicación el acceso a la información, aunque no comulguemos con su línea editorial. Si se trata de periodistas o de medios que actúan de manera antiética o violatoria de derechos, debe recurrirse a las vías legales previstas para esos casos. Pero no cabe excluirlos del acceso a la información, medida incompatible con los postulados de la libertad de expresión.

Así que ya lo sabe: la libertad de expresión puede ser incómoda, pero es parte de su naturaleza. Y sin ella, la democracia deja de serlo. 

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