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Antonio Barrios / Analista Internacional y Profesor invitado de las Universidades del Kurdistán en Irak

El terrorismo islamista durante muchos años ha sido la principal amenaza a la seguridad en el mundo y una forma de lucha que, a cualquier gobierno le cuesta prevenir, por más tecnología o recurso humano que posea. Y eso es porque el terrorismo como forma de lucha es repentina, estratégica, táctica; es el método del “muerde y huye” de Ho Chi Minh en su guerra, primero contra Francia y luego contra EE.UU. Es en el terrorismo islamista que los gobiernos durante décadas han centrado su atención y todos los recursos disponibles para combatirlo.

En años más recientes conforme la extrema derecha ha ido creciendo, una nueva forma de terrorismo blanco se ha organizado cuando en el pasado sus acciones quedaron en viejos archivos de los departamentos de seguridad de los países.  

 En octubre del 2020, el FBI detuvo a un grupo de hombres vinculados a milicias de extrema derecha que planeaban secuestrar a la gobernadora demócrata del estado de Michigan, Gretchen Whitmer. ¿Se minimizó esa amenaza y muchas otras latentes? Sin duda, por la presión que puso Donald Trump sobre la policía para que estos actos del blanco letal no fuesen tipificados como actos de terrorismo, sino solo los disturbios de los negros en varios de los estados de la Unión cuando se dispararon por la muerte de George Floyd. Como siempre, un asunto conceptual que define a conveniencia cómo la gente debe valorar los fenómenos. Si los perpetradores de violencia son islamistas o negros se le llama terrorismo y si son blancos entonces son desquiciados mentales, alguien descontento que quiso ese día salir a matar gente, similar a las matanzas de alguien en un cine o en un colegio, así de simple. Así que el tratamiento mediático según su afinidad política, ideológica o religiosa también será diferente.  

Según un documento del FBI y del Departamento de Seguridad Nacional del año 2020, señala que casi el 70 por ciento de los atentados y complots que ha sufrido el país en los primeros ocho meses responden al supremacismo blanco como categoría de la extrema derecha. Varias entidades de inteligencia y de seguridad en el mundo, pero sobre todo en EEUU y Europa han lanzado el aviso del “blanco letal”, como la amenaza más persistente y peligrosa en los países, y han tenido que variar sus estrategias de lucha y empezar a desempolvar documentos pasados y entender la dinámica de estos grupos, y si son similares o habrán variado.

Si bien la preocupación es global, es a través del intercambio de información de inteligencia que, en Europa y EE.UU., se incuban estos movimientos. La extrema derecha ha evolucionado de pequeños movimientos muy locales y regionales a lo interno de cada país hasta convertirse en partidos políticos de alcance nacional y supranacional con nombres muy “democráticos” para ocultar su extremismo, pero con un discurso que apela al desprecio e incentiva el ataque a otros. La otredad o el estigma del extraño son sus valores más ignorantes. La extrema derecha hoy está conformada por grupos armados y de disrupción social por ese ideal de nación. Ese mesianismo que, en cualquiera de sus manifestaciones extremistas de izquierda o derecha, política, ideológica o religiosa, son altamente peligrosas y repudiables. Incluso, en este análisis no queda por fuera el terrorismo de Estado como el más espernible porque históricamente ha promovido, organizado, entrenado y proveído de dinero y armas a grupos terroristas, con actos desde falsa bandera hasta de participación directa, adjudicándose autoría.

Varios países ya han tenido que depurar a sus diversas fuerzas de seguridad por la presencia de elementos de la extrema derecha operando desde allí. Por ejemplo, en Alemania tuvieron que disolver una unidad de élite del ejército por sus vínculos con grupos neonazis en medio de confabulaciones para crear un grupo terrorista dentro de sus fuerzas armadas. Es así como se escala hacia un terrorismo de Estado, desde fuera y desde dentro.  El libro “La lógica del terrorismo de Luis de la Corte Ibañez”, manifiesta que ni los regímenes autoritarios y democráticos son plenamente inmunes a la tentación del terrorismo, con el objetivo de culpar a otros actores como partidos políticos, insurgentes, sindicatos o minorías étnicas como los responsables de los problemas del país. Y el estado recurre a actos de terrorismo que hagan parecer que fueron cometidos por sus adversarios políticos.  

En los últimos cinco años los atentados terroristas etiquetados como de extrema derecha han crecido un 300 por ciento en todo el mundo, de acuerdo al Índice Global de Terrorismo, uno de los indicadores de referencia en la materia y que elabora el Instituto de Economía y Paz (IEP). Esta amenaza se concentra principalmente en EE.UU., Europa y Oceanía, y mucho menos en África o Asia donde prevalece el terrorismo islamista, aunque desde la pandemia de la COVID-19 no se han vuelto a escuchar. En América Latina no resuena aun el fenómeno del terrorismo blanco, pero podría suceder, aunque siguen pesando diversas formas de terrorismo de Estado, a través de los ejércitos o del poder político, o el sicariato como perspectiva psicosocial del asesinato por encargo, persecución y matanza de líderes sociales.  

Hace más de una década el terrorismo blanco parecía una “bella durmiente”, al que se le achacaban acusaciones “injustas”; hoy se ha despertado una bestia. Según el IEP, por año hay un promedio de 58 atentados. Ningún terrorismo es bueno o malo según cantidad de muertos. Incluso en los últimos años ha habido más ataques terroristas en Occidente inspirados por la extrema derecha que por el yihadismo, es decir, un 17,2 por ciento, frente a un 6,8 por ciento, según el informe del IEP.

El Tony Blair Institute of Global Change analiza el rápido crecimiento del terrorismo blanco. La década de los años 70 fue especialmente sangrienta, más por razones políticas con 1700 ataques, teniendo a Europa como base de operaciones. De repente los atentados disminuyeron abruptamente, y por más de 30 años pasaron inadvertidos a los medios. En EE.UU., se recuerda el atentado en la Ciudad de Oklahoma en 1995 con 168 muertos, atribuido a la extrema derecha. Conforme crecen las luchas de las minorías reclamando derechos, así crece el rechazo de los blancos supremacistas quienes sin razón aparente se sienten amenazados.

En 2011, algo abruptamente cambió cuando el ultraderechista noruego Anders Breivik hizo estallar una bomba frente a un edifico oficial en Oslo para distraer la atención de las fuerzas de seguridad y luego se internó en un campamento juvenil del Partido Laborista para provocar una masacre matando a 80 personas. Los atentados vinculados a la ideología de la extrema derecha se intensificaron y llegaron los ataques en Christchurch en Nueva Zelanda, en 2019 con 51 muertos; El Paso en EE.UU., en 2020 con 22 muertos; Hanau en Alemania, en 2020 con 9 muertos; Pittsburgh en EE.UU., en 2018 con 11 muertos, y otros lugares donde concurren homosexuales, negros o latinos.

Hay una serie de motivaciones históricas, culturales, políticas, ideológicas y religiosas que provocan el aumento del terrorismo supremacista. Los años de crisis financiera en EE.UU., en 2008, y más tardíamente en Europa en 2013, más los propios procesos políticos que impulsaron las formaciones de partidos de derecha radical, tuvieron como base una contra reacción por la virulencia del terrorismo yihadista de estos años, y de cómo este (el yihadismo) mutó a formas más expeditas de terrorismo contra la población, unido al sentimiento de algunos sectores contra las oleadas migratorias, las nuevas luchas de los negros principalmente en EE.UU., son solo algunas de las claves que podrían explicar dicho fenómeno supremacista.

El hoy denominado terrorismo de extrema derecha y los propios movimientos cercanos a su ideología, sean violentos o no, tienen una variada raigambre, así como las razones para su exaltación, aunque sí comparten un tronco común. El terrorismo blanco de hoy aún no da muestras de ser perfectamente organizado y jerarquizado, como sí lo era el Ku Klux Klan en el pasado, pero sí actúan a través de lobos solitarios como lo hace el islamismo radical terrorista. Muy bien lo explica el historiador judeo-romano Flavio Josefo cuando cuenta que entre los zealotes surgió un movimiento judío que se opuso a la dominación romana durante el año 70 después de Cristo que se llamó los sicarii. Los sicarios ganaron su nombre por la habilidad solitaria y mortal en el manejo de la sica, una pequeña daga con la solían degollar a los legionarios romanos y a los judíos traidores o apóstatas. Poco han cambiado las formas y las motivaciones.

Debe quedar entendido que los grupos supremacistas ya no requieren de su admiración por Hitler, hay nuevos líderes en el poder a quienes rendir culto como hijos de un pasado inacabado. Por lo general los supremacistas son antisemitas e islamófobos (en Europa hay muchos) y las nuevas vertientes se entremezclan con los nuevos populismos de derecha que emergieron hace 10 años. Recordemos que la extrema derecha en Europa emergió como partidos políticos con Jean Marie Le Pen en Francia y Joerg Haider en Austria en los noventas, sin pretender acariciar el poder, con mensajes contra los negros y por una Francia blanca, y más recientemente, luego contra el islamismo radical y los musulmanes, y ahora contra la inmigración africana. Los libros “Al Oeste de Alá” del autor Gilles Kepel y las Teorías del Nacionalismo de los autores Gil Delannoi y Pierre André Taguieff, dejan muy claro que, cuando se filtra la historia queda sin fundamento lo que la extrema derecha o el blanco letal reclama en la actualidad en cualquier parte del mundo, pero sobre todo en EE.UU., y Europa.   

Los supremacistas libran una batalla cultural que tiene la obsesión de terminar con el multiculturalismo, detener a los inmigrantes y expulsar a los musulmanes y el odio a la aporofobia, la que hace mención la filósofa Adela Cortina como una lección de ética frente a la intolerancia. Lo dice muy claro Stephen Duncombe en su libro “Cultural Resistance” (Resistencia Cultural). Allí encuentran un terreno ideal para explotar su discurso de contracultura, término acuñado por el historiador Theodore Roszak, reclutar adeptos y promover todo tipo de teorías de la conspiración, engendrar odio, rechazo y aversión.

Aquella famosa frase, “Cuando oigo la palabra cultura echo mano de mi pistola”, y que se dice se le atribuye erróneamente a Joseph Goebbels; sea o no de él, quizá pretendió decir otra cosa. La frase tendía a que, si alguien la decía una y otra vez, parecería intelectual y podría hablar de la importancia civilizadora de la cultura. Y rematar diciendo “los incultos que somos todos en este país”. Luchan en vano quienes pretendan destruir la cultura. A la cultura no se le destruye, se le transforma y puede sobrevivir a las peores hecatombes. La cultura es identidad plena, es nuestro ser y de otros seres de lugares lejanos. Solo cuando hemos tenido oportunidad de viajar a lugares, por extraños y estigmatizados que parezcan, nos daremos cuenta de toda la ópera que hemos aprendido y de la importancia de la cultura como remedio al discurso soez.