POR Saray Corrales | 6 de enero de 2026, 11:00 AM

Dormir poco dejó de ser una costumbre aislada y se convirtió en una señal de alerta sanitaria. 

Especialistas advierten que la privación del sueño está impactando de forma directa la salud física, mental y emocional de toda una generación.​

Dormir no es un lujo, es una necesidad biológica

Para la doctora Lilliana Estrada, médica especialista en Medicina del Sueño y directora de Sleep Med, el descanso cumple una función tan básica como alimentarse. 

“Cuando no dormimos de forma adecuada, el cuerpo y la psique empiezan a afectarse, primero de manera silenciosa y luego con consecuencias cada vez más visibles”, explica.

Las horas de sueño necesarias varían según la edad, pero existen rangos claros que hoy muchas personas no cumplen:

Preescolares y escolares: entre 11 y 13 horas.

Adolescentes: entre 9 y 12 horas.

Adultos: entre 7 y 8 horas.

Adultos mayores: entre 6,5 y 8 horas.

Dormir menos de lo recomendado provoca inicialmente cansancio, somnolencia, falta de atención, irritabilidad y dificultad para concentrarse. Sin embargo, cuando el déficit se mantiene en el tiempo, el impacto va mucho más allá. ​
Cuando el cuerpo empieza a pasar factura

Según la doctora Estrada, la privación crónica del sueño altera múltiples sistemas del organismo. 

“Aparecen cambios metabólicos como aumento de peso, alteraciones en los niveles de glucosa, colesterol y triglicéridos. También se dificulta el control de la presión arterial y de la frecuencia cardíaca, lo que abre la puerta a enfermedades crónicas”, detalla.

En adolescentes, las consecuencias pueden ser especialmente graves:

  • Alteraciones en la liberación de la hormona del crecimiento.
  • Mayor riesgo de depresión y ansiedad.
  • Dificultad para el control del peso.
  • Incremento de irritabilidad, impulsividad y conductas agresivas.
  • Aumento del riesgo de suicidio y adicciones.

En adultos, el panorama no es menos preocupante:

  • Incremento de peso y riesgo de diabetes tipo 2.
  • Hipertensión arterial y mayor riesgo cardiovascular.
  • Mayor probabilidad de desarrollar demencias.
  • Aumento de depresión, ansiedad y descompensación de trastornos mentales.

Señales de alerta que no deben ignorarse

No dormir bien “de vez en cuando” no siempre es motivo de alarma, pero hay síntomas que requieren atención médica especializada. Entre ellos, la especialista enumera dificultades persistentes para conciliar o mantener el sueño, ronquidos frecuentes, pausas en la respiración al dormir, despertares con sensación de ahogo, palpitaciones nocturnas, somnolencia diurna excesiva, fatiga constante, bruxismo, movimientos involuntarios durante el sueño, ansiedad o depresión que no mejora y presión arterial difícil de controlar.

“Normalizar estos síntomas es uno de los errores más comunes”, advierte Estrada.

El impacto silencioso en la salud mental

La falta de sueño no solo afecta al cuerpo. La psicóloga Marlene Garita, licenciada en Psicología y máster en Psicopedagogía, explica que dormir mal mantiene al sistema nervioso en un estado constante de alerta. 

“El cerebro interpreta que hay un peligro y no logra entrar en ese nivel de vulnerabilidad que implica descansar. Eso dispara la ansiedad y dificulta la regulación emocional”, señala.

Durante el sueño, el cerebro clasifica, ordena y procesa la información del día. Cuando este proceso se interrumpe de forma sostenida, se afecta la atención, la concentración, el estado de ánimo y la capacidad para manejar el estrés. 

“No es lo mismo una mala noche que una semana o más sin sueño reparador. Entre más se prolonga, mayores son las consecuencias”, enfatiza Garita.

Además, se ven afectados sistemas clave como el sistema límbico, responsable del procesamiento emocional, la toma de decisiones y las relaciones interpersonales, lo que explica por qué el insomnio se asocia con conflictos personales, ansiedad y depresión.

Pantallas, presión social y un reloj biológico alterado

El uso constante de dispositivos electrónicos y la exposición prolongada a la luz azul han alterado el ritmo circadiano natural. Aunque el cuerpo se prepare para dormir, el cerebro sigue activo. 

“Apagar la pantalla y cerrar los ojos no garantiza un sueño profundo; el cerebro necesita un tiempo de transición”, explica Garita.

A esto se suma una cultura que normaliza el agotamiento. Estudios recientes señalan que una parte importante de los jóvenes considera que dormir poco es el precio del éxito. El miedo a “perderse algo” (FOMO), la presión por ser productivos y la comparación constante en redes sociales han convertido el descanso en una pérdida de tiempo, cuando en realidad es una necesidad vital.

Dormir bien también es una forma de cuidarse

Los especialistas coinciden en que mejorar la higiene del sueño es clave: establecer rutinas, reducir el uso de pantallas antes de dormir, evitar cafeína en horas nocturnas y entender que el descanso no es solo dormir, sino también desconectar mental y emocionalmente.

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