Sucesos
OIJ dice que bandas de Cartago no están matando a líderes rivales, sino que ahora atacan ventas de droga
El jerarca policial asegura que los jefes de los grupos criminales pasan escondidos y por eso ahora cambiaron de blancos.
A sus 23 años, Yustin Vargas puede atreverse a decir que ha desafiado a la muerte, y ganado, en dos ocasiones. De ahí que ahora se hace llamar un “hombre milagro”.
La primera vez fue el 4 de julio de 2025, cuando un sicario atacó la barbería en la que atendía a un menor de 7 años.
El gatillero disparó 10 veces. Y a pesar de lo anterior, ese día no hubo víctimas que lamentar (vea video adjunto de Telenoticias).
"Lo que yo recuerdo es cuando entra y me apunta con una nueve milímetros al rostro. Hace los primeros dos tiros, que me pasan por un lado de la cara. Cuando yo huelo la pólvora, abrazo al chiquito, porque el chiquito estaba al frente mío. Yo le estaba cortando el pelo. Mi instinto fue abrazarlo. Yo, como tío, con sobrinos... El chiquito es un menor de siete años, lo abrazo y le doy la espalda al sicario para que al chiquito no le pase nada. Aun así, el sicario sigue disparando. Hace ocho tiros más", narró el sobreviviente.
Esos tiros se hicieron a quemarropa. Y a pesar de ello, solo uno alcanzó a Vargas. Ahora en la pierna izquierda tiene una cicatriz que le recuerda aquella experiencia.
Por su parte, el menor salió casi ileso. Una bala alcanzó a rozarle la espalda, pero no lo impactó directamente.
"Cuando el sicario se retira, yo me paro y lo primero que hago es revisar al chiquito a ver si está bien, si no tenía ningún balazo", explicó este vecino de San Felipe de Alajuelita.
"(La madre) estaba nerviosa, llorando. Pero lo que yo hago es salvarle la vida, porque cuando yo quito reviso al chiquito, doblo la silla, la pongo hacia donde el sicario y donde estaba sentado el chiquito había un impacto, que si yo no lo hubiera quitado, le hubiera dado en el puro pecho al chiquito", amplió.
Como si fuese poco, cinco meses después, una experiencia similar literalmente le chocó de frente. Una noche, cuando regresaba en su motocicleta de la casa de sus papás, un carro lo colisionó y lo hizo dar vueltas en el aire. Esa vez sí pensó que su vida se acababa, pero no, ni siquiera perdió la consiencia.
Más joven, este boxeador también presenció cómo su hermano era asesinado a puñaladas. El deporte sirvió de desahogo para toda la ira que en su momento acumuló. Ahora reflexiona y entiende que su disciplina y pasión lo salvaron de las calles.