POR Johnny López | 27 de enero de 2026, 18:40 PM

En Islita, una pequeña comunidad de Puntarenas, votar no es un trámite que se resuelve cruzando la calle. Aquí no hay calles, la electricidad apenas comienza a llegar y el acceso al agua potable sigue siendo un desafío cotidiano. Ejercer el derecho al voto implica una logística que muchos costarricenses no imaginan.

Islita está habitada por decenas de familias que viven entre el mar y los manglares. La pesca y la extracción de moluscos sostienen la economía local, y el día a día se construye con esfuerzo, organización y una esperanza persistente de mejora.

Cada cuatro años, cuando el país acude a las urnas, los vecinos deben coordinar horarios de marea, reunir dinero para gasolina, dejar de trabajar por un día y organizar el viaje en lancha hasta Puntarenas, donde se encuentra su centro de votación. Para ellos, participar en las elecciones exige tiempo, sacrificio y una decisión consciente de no quedarse al margen.

Doña Cecilia Quesada, la persona con más años de vivir en la comunidad, guarda la memoria de ese esfuerzo. Con más de medio siglo en Islita, ha presenciado más de una docena de procesos electorales. Su historia refleja una realidad compartida: el deseo de participar, a veces atravesado por la decepción y la pérdida de fe en quienes gobiernan.

Aun así, Islita no es una comunidad que se rinde. Vecinos como Silvina Paniagua impulsaron la creación de una asociación comunal para gestionar mejoras básicas. Gracias a ese trabajo colectivo, la llegada de la electricidad está cada vez más cerca, una señal de que la organización sí puede traducirse en cambios concretos.

Don Luis Peralta, pescador de toda la vida y hoy encargado del transporte marítimo, se ha convertido en un puente literal y simbólico para sus vecinos. Este primero de febrero será uno de los responsables de llevar a varios habitantes de Islita hasta Puntarenas para que puedan votar.

Ellos no quieren formar parte de la abstención que marcó las elecciones de 2022, cuando más del 40% del padrón electoral no acudió a las urnas. Para esta comunidad, votar es un acto de convicción y de amor por el país.

Historias como la de Islita se repiten en distintos puntos de Costa Rica, en comunidades alejadas, rurales o costeras donde la democracia también se construye con sacrificio. Para conocer más de esta realidad y escuchar las voces de quienes viven este esfuerzo, le invitamos a repasar el reportaje en el video disponible en la portada del artículo.