Entrevistas
Impactante testimonio: No tiene brazos largos, pero sostiene a miles con su mensaje
“Mi historia no se trata de lo que me pasó, sino de lo que decidí hacer con eso”, dijo Ariel Garro.
Ariel Garro Ramírez, de 35 años, se ha convertido en un referente de resiliencia y esperanza en Costa Rica.
Su historia de vida, marcada por una condición congénita y un diagnóstico médico poco alentador, lo llevó a transformar la adversidad en un mensaje inspirador que hoy impacta a miles de personas.
Desde hace más de quince años, dedica su tiempo a compartir su testimonio en escuelas, colegios y universidades, donde transmite valores de fe, valentía y gratitud. Esa labor le ha permitido conectar con cientos de jóvenes y adultos, además de sumar más de 4.300 seguidores en Instagram.
Con sencillez y cercanía, Ariel relata cómo lo que en un inicio parecía una limitación se convirtió en una oportunidad para motivar a otros. Su presencia en espacios públicos y el reconocimiento de quienes lo saludan en la calle son prueba del alcance de sus palabras.
Nació con una malformación en sus extremidades superiores y con trombocitopenia —una condición que mantiene sus plaquetas por debajo de lo normal—. Ariel desafió los pronósticos médicos que no auguraban una vida más allá de los quince años. Hoy, tres décadas después, afirma con convicción que es un milagro, y que cada persona también lo es al tener la oportunidad de abrir los ojos y levantarse cada día.
Su mensaje lo compartió con Teletica.com en una entrevista profunda, donde invita a valorar lo cotidiano y a reconocer la fuerza que se encuentra en la actitud frente a las dificultades.
¿Quién es Ariel Garro Ramírez?
Mi nombre es Ariel Garro Ramírez, tengo treinta y cinco años de edad y llevo quince años dedicado completamente a compartir mi testimonio de vida. Este camino nos ha permitido entrar a escuelas, colegios y universidades para llevar un mensaje de fe, esperanza, amor, valentía y resiliencia; como le quieras llamar, pero sobre todo un mensaje de reto.
Una de las cosas más importantes en la vida es entender que uno no pide las cosas malas, pero sí decide cómo enfrentarlas. Lo que parecía negativo se convirtió en algo totalmente diferente: logramos sacar, de donde parecía no haber esperanza, un mensaje que a la gente le ha gustado mucho. Muchas personas me han dicho: “gracias, su mensaje cambió mi vida”, y eso es una responsabilidad muy grande.
Básicamente, eso es lo que hago: cuento mi testimonio, explico qué fue lo que me pasó, por qué nací diferente, y comparto las herramientas que he aprendido a lo largo de estos quince años para hacer un mejor trabajo.
¿Qué fue lo que te pasó? ¿Naciste así o fue un accidente? ¿Cuál es tu condición?
Siempre ha sido una pregunta muy curiosa. Yo amo mucho a mi mamá, y cada vez que hablo de ella me encanta hacerlo. En su afán de protección, a veces respondía con humor cuando le preguntaban si yo había nacido así. Decía: “No, nació normal y yo le corté las manos y le puse esas”.
A mí eso me encanta, porque refleja la forma en que ella no solo me cuidó, sino que también me enseñó a enfrentar la vida. Yo creo que nacer con una discapacidad no es algo malo; muchas veces el problema está en el entorno. La discapacidad no está en uno, sino en el mundo en el que uno nace, que no siempre está hecho para todos.
Yo nací con un síndrome congénito: una malformación en las extremidades superiores, específicamente en la mano izquierda, con ausencia del brazo debido a una aplasia radial. Además, nací con una condición en la sangre llamada trombocitopenia, que significa plaquetas bajas. Mi conteo siempre ha sido inferior a las cien mil, cuando en una persona promedio ronda entre las trescientas mil y trescientas cincuenta mil.
Ahí es donde entra una palabra que me gusta mucho usar en mis charlas: milagro.
¿Por qué te consideras un milagro?
Tengo claro que soy un milagro, pero también quiero que la gente entienda que cada persona lo es. Abrir los ojos es un milagro; levantarnos de la cama lo es. A veces tenemos mucho, pero creemos que nos falta más, y eso nace de ser poco agradecidos con la vida y con Dios.
El diagnóstico médico no era alentador. No había registros de personas que superaran los quince años de edad con plaquetas bajas. Hoy tengo treinta y cinco años, y aquí sigo. Obviamente trato de cuidarme, de cuidar mi cuerpo y mi salud, pero estamos hablando de alguien que ha vivido treinta y cinco años con el conteo de plaquetas bajo. Eso es, definitivamente, motivo de gratitud.
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¿Dónde vives? ¿Estás casado? ¿Tienes hijos?
Vivo en Cartago. Siempre he sido de aquí, aunque estuve un par de veces fuera, pero la vida me hizo volver y aquí me gusta mucho.
Tengo tres años de casado y cinco años de relación con mi esposa. Tengo un hijo de doce años de una relación anterior. Él vive con su mamá, pero viene en vacaciones y comparte mucho con nosotros. Mi esposa tuvo una relación anterior y tiene dos hijos, así que somos una familia ensamblada.
Dios ha sido bueno y nos ha permitido crecer y aprender como familia. Ha sido una bendición.
¿Tu condición es hereditaria? ¿Existe la posibilidad de que se repita?
Esa es una pregunta que me hacen mucho. Yo desarrollé la condición, no la porto genéticamente, aunque sí la heredé. La única forma de que se repita sería que mi hijo tenga una pareja con el mismo gen y que ambos sean genéticamente incompatibles, como ocurrió con mis padres.
Las probabilidades son de una pareja por cada millón. Además, había un 50 % de probabilidades de que yo naciera sin ninguna condición. Todo eso hace el caso aún más particular.
Lo curioso es que lo normal habría sido que la extremidad no se formara, pero en mi caso se formó la mano, una mano más larga, un codo. Eso es lo que hace mi condición rara, y no me molesta en absoluto.
Me encanta compartir con niños porque ellos preguntan sin filtros. Son los que me recuerdan que soy diferente y, al mismo tiempo, igual que los demás.
¿Cómo fue tu infancia y en qué momento lograste ser independiente?
Mi mamá siempre dice que desde pequeño fui muy independiente, como medio “bombeta”, como decimos. Hay una anécdota del kínder que me encanta: cuando mi mamá llegó a recogerme, me encontró en el centro del aula rodeado de compañeros, observando cómo cortaba con tijeras. Eso ya venía en mí.
Los médicos querían que aprendiera a escribir y comer con los pies porque creían que no iba a caminar. Tengo una malformación en las piernas, un acortamiento esquelético y muscular, y decían que no iba a poder caminar. Yo siempre hago énfasis en que muchas veces las personas caen primero mental y emocionalmente antes que físicamente.
Mi infancia fue totalmente normal. Después de mí nació mi hermano, un año menor, hijo de otro papá, sin ninguna condición. Una vez le preguntaron qué se sentía tener un hermano como yo, y respondió: “Nada, Ariel no tiene nada diferente a mí”. Eso me marcó muchísimo.
Crecimos como cualquier par de hermanos, con diferencias y discusiones, y creo que eso fue lo que me dio la base para convertirme en quien soy hoy.
¿Sufriste burlas o discriminación?
Mucha gente me pregunta si se burlaban de mí, y es bonito decir que no. No recuerdo un solo episodio en el que me haya sentido mal por burlas. Tal vez ya de más grande, algún niño se ha reído al verme, pero lo entiendo. Nadie espera encontrarse con alguien como yo.
Por eso siento que es mi responsabilidad educar: llegar, estirar la mano, saludar. Eso habla de autoestima, seguridad y confianza. A veces hemos dejado de lado cosas tan simples como decir buenos días o buenas tardes, valores que antes se enseñaban mucho en casa. Esas pequeñas acciones siguen marcando una gran diferencia.
¿Cómo te sostenés económicamente?
Ha sido una gran aventura, Eric. La verdad es que solo le puedo dar gracias a Dios. Yo me gradué del Cobao y siempre estaré muy agradecido con esa institución. Soy graduado en diseño gráfico; me encanta dibujar y diseñar.
Cuando me gradué, gracias a un profesor muy cercano a mí, se dio la oportunidad de ir un año a la universidad con beca completa. Ese año fue de mucha preparación: aprendí a viajar solo en bus, a movilizarme más, a ser más independiente. Después de ese año comenzaron las charlas y descubrí que eso me encantaba.
No era tanto estar al frente, sino ver la reacción de las personas: que me dijeran “gracias”, “qué bonita historia”. Eso me llenaba muchísimo. Ahí entendí una frase que marcó mi vida: el que no vive para servir, no sirve para vivir.
Hubo un momento en que entendí que no podía hacer las dos cosas. Estábamos pasando una situación complicada en casa con mi mamá, y decidí dedicarme por completo a esto, porque es lo que me gusta y lo que me llena.
¿Cobrás por las charlas? ¿Tenés tarifas fijas?
Esa es la pregunta del millón. Hasta el día de hoy me la hacen: “¿Cuánto cuesta una charla?”. A veces me da gracia cuando me dicen “quiero cotizar una charla”, porque refleja ese chip de comprar algo.
Yo decidí hacerlo de una manera diferente: por medio de una ofrenda, de una contribución totalmente voluntaria. Eso nos ha permitido llegar a escuelas y colegios a los que de otra forma no podríamos llegar.
La gente ha sido muy cariñosa: me consiguen hospedaje, alimentación, transporte. Yo llego en bus hasta cierta zona y ahí me recogen. Ha sido una aventura total.
¿Cómo funciona eso de la contribución voluntaria?
Es un gran aprendizaje para mí. No se puede hablar de gratitud si no se vive, y con eso lucho constantemente. A veces uno espera cierto monto y, cuando no se da, se enoja. Esa es mi humanidad.
Llego donde mi esposa y le digo: “Amor, dieron esto”, y ella responde con gratitud. Yo, en cambio, pienso: “Pudieron dar más”. Entonces me recuerdo a mí mismo que hay lugares a los que he podido llegar precisamente porque no cobro. Eso me vuelve a ubicar.
¿Qué ha sido lo más difícil que te ha dado tu condición?
Es una pregunta muy compleja. A veces la gente me pregunta si hubo un momento específico en el que dije “hasta aquí”, y me encantaría poder señalar uno, pero no fue así.
Muchas veces creemos que la vida va a cambiar de repente, como por arte de magia, pero la vida es constancia. Es aceptar que así nací y que eso no va a cambiar. Cada mañana me levanto y digo: “Aquí voy”, con lo que puedo y con lo que no puedo hacer. Ese soy yo.
A veces nos enfocamos demasiado en lo que queremos cambiar afuera, cuando todo está en la parte interna. Culpamos al entorno, a la familia, al lugar donde vivimos. Yo también lo pensé, pero entendí que esto fue lo que me tocó, y con esto voy a hacer algo grande.
¿De dónde sacás la fuerza para seguir adelante?
De mi fe. Dios me amó tal y como soy, y con ese amor vivo. Claro que hay días malos, esos siempre van a llegar. La pregunta es cómo los vas a enfrentar y cómo vas a vivir agradecido incluso en esos días.
Yo hablo mucho de la queja. La gente se queja por todo, por nada y por si acaso, y esa queja no nos deja ver la vida de una manera diferente.
¿Cómo encontrás la fuerza para motivar a otros?
Se resume en Dios. Me encanta hablar de Dios, de su amor, de Jesús y de la fe cristiana. Yo no soy perfecto, he cometido errores y probablemente volveré a cometerlos. Por eso siempre digo: no pongan la mirada en mí.
Si alguien me sigue en redes sociales, está bien, pero no espere cápsulas de motivación mías. El problema es cuando ponemos nuestra fe en otros seres humanos y, cuando fallan, nos decepcionamos.
En el amor de Dios encuentro la fuerza y el sentido de todo esto. Viéndolo humanamente, no tiene lógica que alguien sin brazos esté dando charlas, pero precisamente de eso se vale Dios para mostrar su mensaje.
¿Cómo ha impactado Dios tu vida?
Me ha dado propósito y sentido de vida, no por dar charlas, porque eso es mi trabajo, sino un sentido de eternidad. Hoy estoy tranquilo porque sé que el día que deje esta tierra me encontraré con Dios.
Esa es mi fe y es lo que mantendré hasta el último día de mi vida. Conocí su amor, su gracia, su misericordia y su perdón. Me di cuenta de lo imperfecto que soy y de que Jesús hizo en mí lo que nadie más podía hacer.
¿Qué cosas te gustan hacer?
Me encanta el fútbol. Hago series, domino el balón y juego con amigos y con gente de la iglesia. Mucha gente se sorprende porque dicen: “Es una persona que no tenía que caminar y juega fútbol”.
Toda mi adolescencia la pasé jugando bola. Hoy ya no es lo mismo porque las rodillas han sufrido, pero mientras pueda entrar a una cancha voy a ser feliz. El fútbol me hizo conocer gente y me hizo más humano.
También me gustan mucho los videojuegos. Uso el control con la barbilla para mover el análogo. Eso demuestra que la normalidad es lo que le quita peso a lo que parece diferente.
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¿Sentís que la gente que lo tiene todo se queja mucho?
La respuesta corta sería que sí, pero cada persona vive circunstancias distintas. Yo solo cuento mi historia.
La queja es enemiga de la gratitud. No pueden coexistir. O estás en una o estás en la otra. La gratitud es un estilo de vida, incluso cuando pasan cosas malas.
Cambiar la perspectiva es lo que me ha permitido enseñar esto. Siempre hay más cosas que agradecer.
¿Qué mensaje le darías a quienes viven con ansiedad o depresión?
El mayor peligro es vivir con máscaras. Salimos a la calle fingiendo que todo está bien, cuando por dentro no lo está. Hace falta hablar, decir “no me siento bien hoy”.
No se trata de anunciarlo al mundo, sino de compartirlo con alguien. He visto jóvenes que ni saben por qué van a clases, pero van. Esa ansiedad y esa depresión muchas veces se esconden.
Mi consejo es: no esconda nada. Hablar duele, quitarse la máscara duele, pero alivia. Todos somos humanos. Yo también tengo días malos, y precisamente por eso comparto este mensaje.
Dormimos para cerrar los ojos al ayer y abrirlos a un nuevo día, a una página en blanco. El peligro más grande es dejar de vivir. La vida hay que vivirla al máximo.
¿A quién admirás?
A Jesús, sin duda alguna. Cuando leo sobre Él, dentro y fuera de la Biblia, me impresiona su vida intachable y su amor por las personas. No eligió con quién sentarse a comer; se sentó con quienes más lo necesitaban.
Siempre será la persona que más admiro.
Si desea conocer más de este motivador de vida, puede seguirlo en su cuenta de Instagram como: arielgarroramirez o en el WhatsApp: 84050214.
