Elecciones 2026
CIEP-UCR: “Escenario de distribución de curules es poco predecible”
Pueblo Soberano encabeza la intención de voto en la papeleta para diputados, seguido de Liberación Nacional y del Frente Amplio.
Hoy Costa Rica vuelve a mirarse al espejo de las urnas. Más allá de nombres y papeletas, el país decide si confirma un rumbo o abre otro. Tras tres elecciones resueltas en segunda ronda, el escenario de este 1º de febrero vuelve a plantear una pregunta de fondo: ¿qué dice la democracia cuando la decisión podría tomarse en una sola vuelta?
Hoy, después de las seis de la tarde, cuando cierren las urnas, el pais sabrá algo más que quién ganó. Sabrá también qué tan capaz es de procesar la diferencia, la tensión y el desacuerdo.
En una jornada que podría romper la racha de segundas rondas, el expresidente del TSE, Luis Antonio Sobrado, converso con Teletica.com sobre lo que se juega hoy la democracia, más allá del resultado.
Sin hablar de partidos ni colores políticos, ¿qué elegimos como sociedad hoy?
Hoy nos corresponde elegir a la persona que gobernará el país desde el Poder Ejecutivo durante los próximos cuatro años. Elegimos presidente y dos vicepresidentes mediante una papeleta, y con otra papeleta elegimos a los diputados. Cada provincia tiene papeletas distintas porque las listas varían, incluso hay partidos que participan en unas provincias y en otras no. Esta votación permite renovar integralmente la Asamblea Legislativa.
Esta elección nos permite, de acuerdo con las mayorías electorales, marcar un rumbo para el país, que será distinto según quién cuente con el apoyo popular. Ese rumbo solo queda indefinido si se requiere una segunda vuelta, es decir, si el partido más votado no alcanza el 40% de los votos válidos. Si lo supera, la elección presidencial se define en primera vuelta.
La Asamblea Legislativa sí queda definida hoy. Aunque la elección presidencial puede anunciar un cambio o una continuidad del rumbo del país, la Asamblea es distinta, porque en ella se refleja la diversidad nacional. Las curules no se las lleva todas el partido más votado, sino que se distribuyen de forma proporcional a la fuerza electoral de cada agrupación. Esa representación plural hace que sea la Asamblea, y no el presidente, la que apruebe las leyes, lo que además condiciona el ejercicio del Poder Ejecutivo. Porque la democracia no es solo votar, sino que quien gobierna esté sujeto a frenos y contrapesos que eviten excesos y permitan la crítica y, eventualmente, el recambio político.
¿Qué revela una jornada electoral como la de hoy, sobre la forma en que los costarricenses enfrentamos la política?
Costa Rica ha tenido históricamente jornadas electorales en paz. Aquí no hay muertos ni violencia armada asociada a las elecciones, como ocurre en otros países de la región y del mundo. Sabemos convivir con las diferencias políticas sin llegar a la violencia. No solemos perder amistades ni destruir familias por política. Esta campaña ha sido un poco más caliente y con mayor intolerancia hacia el adversario, pero sin llegar a extremos. Ojalá esa tensión no se traduzca en violencia durante el cierre y el anuncio de resultados.
¿La salud o madurez de una democracia se mide por lo que ocurre el día de la elección o después de conocer los resultados?
Las condiciones democráticas se miden por la capacidad de llevar a cabo un proceso electoral en paz, sin fraude ni adulteración de la voluntad popular, sin violencia postelectoral y sin descalificar al Tribunal Supremo de Elecciones cuando los resultados no nos favorecen.
Invito a todas las fuerzas políticas a que, con madurez y humildad, aceptemos lo que decidan las mayorías. Es posible que el partido por el que uno vote no llegue a la Asamblea Legislativa o no alcance la Presidencia de la República. Hay que entender que esa fue la decisión de las mayorías y que, aunque se considere equivocada, la democracia ofrece la posibilidad de corregir el rumbo cuatro años después.
Desde su óptica, ¿qué preocuparía más: una alta participación con intolerancia o una baja participación con respeto?
En elecciones polarizadas y complejas suele darse una mayor participación, pero también son procesos más difíciles de gestionar por los riesgos asociados, como amenazas de violencia o intentos de falsear la voluntad popular.
Idealmente, desearía lo mejor de ambos mundos: alta participación con intensidad en el debate, pero con concordia ciudadana. A las seis de la tarde, cuando se cierren las urnas, debemos dejar de ser adversarios y volver a ser costarricenses. Quien resulte electo gobernará para bien o para mal a todos: a quienes votaron por esa persona y a quienes no. Por eso es clave la madurez de las dirigencias, el reconocimiento de los resultados y la responsabilidad con el país.
5. En esa madurez cívica, ¿pesa más la institucionalidad o la actitud ciudadana?
Pesan ambas. La institucionalidad no tendría valor sin credibilidad ciudadana. Costa Rica cuenta con una institucionalidad electoral sólida, reconocida entre las mejores del mundo, que pese a haber sufrido ataques desde el poder mantiene un fuerte respaldo ciudadano, según encuestas recientes.
No se ha erosionado la convicción de que tenemos un árbitro confiable, competente e imparcial. El Tribunal Supremo de Elecciones no decide quién gana; eso lo decide el pueblo. El Tribunal se encarga de certificar a quién favorecieron las mayorías y de distribuir las curules de manera plural.
¿Qué hace Costa Rica especialmente bien el día de las elecciones?
Nuestra organización electoral tiene características que explican ese buen desempeño. Una de ellas es la estabilidad de los funcionarios electorales, que no se reemplazan con cada cambio de gobierno, lo que les permite acumular experiencia y mejorar proceso tras proceso. Lo mismo ocurre con el cuerpo de magistrados, que no se elige con criterio partidario, a diferencia de otros países de la región.
Además, contamos con un sistema automático de inscripción electoral. Con solo solicitar la cédula, se registra la dirección del ciudadano y se le asigna un centro de votación cercano. Preparar un padrón electoral impecable es relativamente sencillo porque el Registro Civil está adscrito al Tribunal Supremo de Elecciones, lo que impide su manipulación política. Eso garantiza que no haya personas fallecidas en el padrón ni ciudadanos vivos excluidos: es una fotografía precisa de la ciudadanía.
¿Cuál es el error más común que cometemos el día de las elecciones?
La tendencia a sacar fotografías de la papeleta, lo cual, con buena o mala intención, puede provocar la anulación del voto. También somos muy creativos: hay quienes escriben leyendas, marcan con símbolos distintos a la X o fuera del recuadro. Estas acciones no siempre anulan el voto, pero sí ponen en riesgo su validez.
La recomendación es clara: nada de creatividad. Marcar con una X usando la crayola dentro del recuadro, no tomar fotos, doblar la papeleta y no mostrarla a nadie. Solo así el voto contará.
¿Qué dice de nuestra cultura democrática que muchas personas decidan su voto al final?
Eso responde a una nueva cultura política. Tras la Guerra Civil de 1948, el país quedó dividido en dos grandes bandos y las lealtades partidarias se heredaban por familia. Había familias identificadas claramente por colores y el voto estaba definido de antemano.
Hoy el color partidario ya no determina el voto. El elector puede votar por un partido y luego cambiar de opción en la siguiente elección. Lo que pesa más es la solvencia del candidato y de su propuesta. Somos, en cierto modo, campesinos desconfiados que reservamos la decisión hasta el último momento para evaluar mejor. Esta cultura responde a la erosión de la confianza en los partidos y a un electorado más exigente, que se fija más en las personas y sus ideas que en los colores.
¿Cómo entender la posibilidad de tener un presidente en primera ronda?
Antes de 2002 nunca hubo segunda ronda en la Segunda República, porque en un sistema bipartidista el umbral del 40% se alcanzaba en primera vuelta. La ruptura del bipartidismo cambió ese escenario y desde entonces la regla ha sido la segunda ronda.
Hoy vivimos un contexto distinto. A diferencia de elecciones anteriores, donde varias fuerzas competían con porcentajes similares, ahora hay una candidatura con respaldo sólido y una distancia considerable respecto al segundo lugar. Si ese candidato o candidata alcanza el 40%, ahí se acaba la historia.
El balotaje existe para evitar que, en contextos de gran dispersión del voto, se elija a un presidente con poco respaldo. Pero si hay apoyo suficiente y una distancia clara, la democracia está bien servida adjudicando el triunfo en primera vuelta.
En una frase, ¿qué nos jugamos hoy como democracia?
Nos jugamos el rumbo del país. No es una elección más. Hay una disyuntiva clara entre proyectos que ponen en riesgo los valores democráticos y otras alternativas más afines a la democracia. Aunque yo tenga clara mi posición, la decisión está en manos de las mayorías, que deberán sopesar las consecuencias y, si es necesario, asumirlas durante los próximos cuatro años.
¿Seguimos siendo una democracia plena, eso podría cambiar según lo que ocurra hoy?
Existen amenazas claras. El manual del populismo latinoamericano empieza por ganar el Poder Ejecutivo, continúa con el control de la Asamblea Legislativa, luego con la cooptación de los órganos de control, como la Corte Suprema y el organismo electoral, y culmina con reformas constitucionales de corte autoritario, como la reelección indefinida.
Hay elementos en el discurso oficial que apuntan hacia esa ruta, y eso es lo que me preocupa, junto con la magnitud de la encrucijada electoral que enfrentamos. Esa preocupación me llevó a escribir y a reunir mis columnas en el libro Reflexiones Urgentes Sobre la Democracia.