De la A a la Z
El peligro de crecer sin cambiar
En las empresas, no hay que confundir el desempeño actual con la capacidad futura.
Dra. Johanna Alvarado/ICF Young Leader Award.
El filósofo y matemático Blaise Pascal dijo que casi todos los males de la humanidad vienen de no saber quedarse tranquilos en una habitación, a solas, con uno mismo. Lo escribió en el siglo XVII, sin celular ni notificaciones. Imagínese hoy.
Vivimos premiando la rapidez. Quien responde en tres segundos parece brillante. Quien dice “déjeme pensarlo” parece que no sabe. Y así, sin darnos cuenta, cambiamos pensar por reaccionar.
Daniel Kahneman, nobel de Economía, lo explicó con sus sistemas 1 y 2. El primero es rápido, automático y emocional. El segundo es lento, deliberado y cuesta energía. El cerebro es un órgano caro y ahorra donde puede, así que prefiere el atajo.
La psicóloga Gloria Mark, de la Universidad de California, midió cuánto tiempo mantenemos la atención en una pantalla antes de cambiar. Pasó de minutos a menos de un minuto. No es que seamos menos inteligentes. Nos entrenaron para la inmediatez. Un cerebro entrenado para reaccionar no deja de pensar. Deja de elegir en qué piensa.
Las neurociencias aportan algo más. Marcus Raichle describió la red neuronal por defecto, que se activa justo cuando “no hacemos nada”. Ahí se consolida la memoria, se integran ideas y aparece la creatividad. Es decir, el tiempo que llamamos improductivo es donde nace lo mejor. Un líder que nunca para no está siendo eficiente, está dejando de pensar.
Hannah Arendt, tras observar el juicio de Eichmann, habló de la irreflexión: personas comunes que dejan de preguntarse el porqué de lo que hacen. Bonhoeffer decía algo parecido desde una celda: "La estupidez no es falta de capacidad, es renunciar a pensar". Ninguno hablaba de gente sin estudios. Hablaban de gente que se acostumbró a repetir.
Opinar es rápido. Comprender es lento. Y los equipos se construyen con lo segundo.
En el liderazgo se nota todo el tiempo: la reunión donde nadie cuestiona, el correo respondido en caliente, la decisión tomada porque “así se ha hecho siempre”. Como dice Braidot, un líder que gestiona su cerebro decide distinto, porque regula la emoción antes de actuar.
Por eso le propongo tres acciones concretas esta semana:
Reserve 20 minutos al día, sin pantallas, para pensar una sola pregunta.
Antes de responder algo importante, tómese una pausa de un minuto y respire.
Escriba un tema sobre el que opina y pregúntese de dónde viene esa opinión: ¿la construí yo o la heredé?
Fíjese qué pasa cuando se da permiso de ir despacio. Quizás descubrirá que sus mejores ideas llevaban tiempo esperando a que las dejara cocinarse.
Entonces le pregunto: De lo que piensa hoy, ¿cuánto lo pensó usted y cuánto fue repetir? ¿Va a seguir reaccionando, o va a empezar a elegir?
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