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Madrid | El director general de la OMS Tedros Ghebreyesus advirtió, cuando el COVID-19 era apenas una epidemia, que el mundo se enfrentaba a una ‘infodemia’, donde la evolución del brote dependía de la manera en la que se hiciera llegar la información correcta a las personas. Cuando la pandemia llegó a Europa, las fake news lo hicieron con la misma fuerza. Tanto así, que la Unión Europea lanzó un sitio web con el fin exclusivo de informar y desmentir las noticias falsas porque las consecuencias de esta desinformación ya ponían la vida de muchas personas en peligro.

Muchos dudaban de las medidas de distanciamiento, porque según ellos era una conspiración de las autoridades, al tiempo que muchos más se automedicaban con ibuprofeno. En la pandemia más documentada de nuestra historia, el virus de las mentiras también es capaz de matar.

Puede matar a una persona en condición de riesgo que recibe un mensaje en un grupo de amigos en WhatsApp diciendo que con solución salina puede curar el virus en cuatro días o que haciendo gárgaras con agua tibia puede protegerse del contagio. De hecho, según Gustavo Arias, el coordinador de #NoComaCuento, las desinformaciones sobre “curas milagrosas son las más abundantes, principalmente en Whatsapp”.

Lo que lleva a las personas a creer y, principalmente, difundir este tipo de mensajes tiene importantes fundamentos psicológicos.

Se sabe que, en situaciones de mayor incertidumbre, los rumores cobran fuerza y se disfrazan de verdades. La manera en la que una persona responde a la desinformación puede depender de su necesidad de cierre cognitivo --la de encontrar una respuesta concreta en una situación ambigua. Por ejemplo, una persona con una necesidad de cierre cognitivo alta es más propensa a priorizar el sentimiento de certidumbre sobre el de precisión.

Rodrigo Campos, sociólogo de la UNED explica que el “darle sentido al mundo reduce la incertidumbre y el miedo, por lo que siempre es bien recibido, aunque sea una falsa explicación.” Creer que el virus fue fabricado en un laboratorio de nanotecnología en China o Estados Unidos (aunque la nanotecnología no tenga nada que ver con la virología y ningún país pueda realísticamente beneficiarse de esta crisis) puede ser la respuesta más rápida y fácil de entender. Especialmente en el contexto actual, dice Campos, “con un virus poco conocido que crece más rápido que el conocimiento científicamente comprobado”.

También es conocido que los mensajes con contenido emocional serán transmitidos con más frecuencia. Arias de NoComaCuento argumenta que “para la desinformación es muy fácil utilizar las emociones para lograr grandes alcances” al ser esta una situación en la que no se tiene muy claro qué va a pasar. El aumento de las noticias falsas ha sido tan pronunciado en nuestro país, que la plataforma pasó de publicar dos notas semanales a dos diarias. Pasaron de tener 4 grupos de difusión en WhatsApp a 12 solo en el mes de marzo.

Las noticias falsas han sido una de las ramas más longevas de la propaganda y existen por distintos motivos: maldad, para avanzar ideologías o para capitalizar en la venta de algún producto.

La internet ha permitido el libre acceso a la información, pero sin jerarquizarla, aplanando el campo para todos los contenidos. Por consecuencia, le ha dado la misma plataforma de proyección a noticias reales y falsas, a académicos y a conspiracionistas.

Las redes sociales se suman a la receta brindando un alcance de parámetros históricos. Mora explica que “la gente suele dudar de las instituciones por ideología, por política, por lo que sea. Pero la gente confía en la gente por naturaleza”, y es precisamente esto lo que le da tanto éxito a una noticia falsa en foros como WhatsApp. Arias advierte que, “sobretodo en una coyuntura como esta, la desinformación juega -- literalmente-- con la salud de las personas”. La confianza y la cohesión social son dos elementos clave para hacerle frente a las grandes crisis como esta, pero el impacto de las desinformaciones en la población es capaz de entorpecer los esfuerzos de las autoridades para hacerle frente al Covid-19.

El impacto más dañino de la información falsa es el menos evidente y consiste en cómo calen estas falsedades en la opinión pública a largo plazo. Un estudio de 2017 encontró que la exposición repetida a información falsa aumenta la percepción de veracidad, aunque la información inicial sea poco creíble y choque con la ideología del perceptor. El estudio además advierte que, incluso después de constatar que una noticia es falsa, algunas personas siguen considerando algunos de sus aspectos como válidos. Campos explica que la repetición es capaz de construir una imagen tan sólida como cualquier otra realidad: “no es poco frecuente que una verdad a medias se plantee como cierta al repetirse en todos los chats y redes”.

La capacidad de influir en la opinión pública de una forma tan masiva mediante la desinformación es una realidad que quedó en evidencia con el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook, donde se utilizaron los datos de usuarios en esa red social para manipular los resultados electorales a favor de Donald Trump.

Un tema de conversación que ha faltado en la discusión sobre las fake news es la responsabilidad que tienen los receptores a la hora de consumir informaciones falsas.

La alfabetización mediática, que es la habilidad de procesar noticias e informaciones de una manera objetiva que permita detectar falsedades, es un concepto que aún falta implementar en el sistema educativo de nuestro país. En Costa Rica, por ejemplo, la conectividad y el acceso a la información se focaliza principalmente en el Valle Central.

Mora expone que “hay mucha gente fuera de la Gran Área Metropolitana que ni siquiera tiene acceso a la información y se queda con la primera idea que les llegue, que serán las fake news”.

Si de algo nos sirve esta pandemia, que sea para aprender a informarnos más y de mejor manera. La responsabilidad recae en cada persona que tenga la capacidad de ver la pantalla de un celular.