Una madre y sus hijos levantan su futuro vendiendo naranjas a la orilla de la carretera
Lo que comenzó como una venta sencilla hoy es el corazón económico del hogar y una oportunidad de inclusión laboral para un joven dentro del espectro autista.
A la orilla de la calle principal de Florencia de San Carlos hay un puesto que cualquiera podría pasar por alto.
Una mesa, unas cajas plásticas, una sombra improvisada y montones de naranjas apiladas con cuidado. Nada extraordinario.
Pero ahí se sostiene una familia.
Indira Díaz llega temprano. Acomoda la fruta como quien ordena la casa. Limpia la mesa, exprime los primeros jugos, prepara el día. El tráfico empieza a moverse y, con él, los primeros clientes. La escena se repite casi igual todas las mañanas, como una coreografía sencilla que ya nadie necesita ensayar.
El puesto no nació de una gran idea de negocio. Nació de la necesidad: había que trabajar, vender algo. Sacar la casa adelante.
Entre naranjas, mandarinas y vasos de plástico fue creciendo el sustento del hogar. Cada venta pequeña suma. Cada moneda cuenta. Cada jugo es una especie de pacto silencioso con el día. A su lado está Edén Díaz, el hijo mayor.
Ayuda a acomodar la fruta, atiende a los clientes, cobra, limpia, vuelve a empezar. Vive dentro del espectro autista y tiene esquizofrenia, pero en el puesto eso no pesa tanto como su responsabilidad. Aquí lo que importa es que llega y trabaja.
Y trabaja bien.
Para él, este lugar es más que un empleo improvisado. Es un sitio donde encaja. Donde sabe qué hacer. Donde puede aportar a su madre sin pedir permiso.
Indira lo mira de reojo mientras atiende. Se le nota el orgullo, aunque no lo diga en voz alta. El puesto les ha dado algo más que dinero. Les dio rutina. Les dio orden. Les dio un pequeño territorio propio en medio del ruido de la carretera.
Si desea conocer más sobre su día a día y ver la historia completa, puede repasar el reportaje completo en el video que está en la portada.

