Zoilamérica Ortega Murillo: "Mis hijos fueron mi escuela, no había referente anterior"
Desde Costa Rica, la hija de Daniel Ortega y Rosario Murillo habla sobre maternidad, exilio y perdón en una conversación que va mucho más allá de la política nicaragüense.
Zoilamérica Ortega Murillo sonríe cuando le preguntan por sus hijos. Es un gesto que contrasta con el peso del nombre que carga, con los años de silencio que precedieron a su denuncia y con el exilio que la trajo a Costa Rica hace más de una década.
Pero la sonrisa es genuina. "Definitivamente que hablar de la maternidad automáticamente me dibuja una sonrisa", dice, "porque creo que es donde he acumulado medallas por el orgullo que siento por mis hijos".
Tiene tres: Alejandro, Carolina y Giordano. Los tres saben todo. Esa fue una decisión que tomó temprano, cuando el mayor tenía seis años y ella acababa de hacer pública la denuncia contra Daniel Ortega, su padrastro, por abuso sexual. "En ese momento tuve que decirle que Daniel (Ortega) me había hecho algo malo", recuerda. No quiso dibujarle un monstruo. Tampoco quiso mentirle.
"Yo siempre les hablé de cómo ella había sido conmigo, pero no necesariamente con ellos". Ella es Rosario Murillo, su madre. La misma que un día, desde una plaza pública, acompañó a Daniel Ortega para pedirle perdón al pueblo por tener una hija que había traicionado los principios del Frente Sandinista.
"Ese momento fue uno de los más duros para mí. Yo me sentí abortada en algún sentido", confiesa Zoilamérica.
Lo describe como un acta de defunción, un proclama de rechazo ante miles de personas. Lo que más le dolió no fue el repudio en sí, sino lo que activó en la cultura: "Tenés a toda una sociedad culpando a la hija para que la madre haya tenido que hacer eso".
Zoilamérica tenía nueve años cuando Ortega empezó a abusarla. Vivían en condición de clandestinidad, aquí en Costa Rica, en el sigilo que rodea a una familia guerrillera. Había condiciones para que nadie se diera cuenta. "Era una niña escapando en todo momento, incluso dentro de su misma casa", dice.
"Escapando de la mirada, escapando del tocamiento, escapando de quedar sola, hasta que llegás al punto de resignarte".
La resignación, aclara, no era rendición. "Lo cual no indica que no seguís sufriendo y que no seguís teniendo miedo".
En 1998, a los 30 años y con dos hijos, hizo la denuncia pública. Lo describió entonces como un acto para salvar su vida y la de sus hijos. Hoy, desde la distancia, ve a esa mujer "con los ojos de niña. Con miedo, pero también buscando salvarse". El juicio nunca ocurrió. La impunidad lo impidió. Y el abusador y su cómplice llegaron a ser presidentes de Nicaragua.
Lleva más de trece años viviendo en Costa Rica. El exilio llegó en 2013, como consecuencia de una venganza que, dice, alcanzó también a sus hijos. Maternar en ese contexto, sin documentos por años, sin patria formal, fue su prueba más silenciosa. "Cuando nosotras como mamás tenemos heridas profundas, el amor se nos queda congelado", dice. "Podemos cuidar, sobreproteger, atender, pero cuesta expresar el amor".
Tuvo que sanar para descongelar ese amor. "A mí me costaba mucho convencerme de que ellos me querían y de que ellos se sentían amados".
Lo que la salvó, asegura, fueron ellos mismos. "Fui enseñada por estos hijos a ser mamá. Cada uno de ellos ha sido mi escuela". No había referente anterior.
Su madre la tuvo a los 15 años. A esa edad, dice Zoilamérica, Rosario Murillo era joven, fuerte, inteligente. Reconoce esos rasgos en su hija Carolina, que desde los cuatro años usaba pulseras en abundancia y hoy pone en orden a sus dos hermanos varones. Su segundo hijo, Alex es implacable en su pasión por el futbol. Y su hijo menor, Giordano es indetenible con sus metas.
"Evidentemente venimos y decimos: es el carácter heredado". Pero ese carácter, dice, depende de cómo se usa. Puede ser para bien o también para destruir. "Se trata de resignificar esa personalidad. De honrar la parte positiva, sin repetir la parte que nos hizo daño", asegura.
Hoy, sobre la mesa junto a ella, hay dos cosas que eligió traer para esta entrevista. Una libreta donde su hija organiza el proyecto de familia: tareas comunes, fechas de visita, los partidos de fútbol de Alex, las celebraciones de Giordano, planes a tres meses. "Eso en el último año y medio me ha dado una inmensa alegría, porque nosotros pasamos seis años sin poder estar cerca". Y una bandera de Nicaragua.
"Esa es la bandera con la que vamos a regresar. Estoy segura". Es una promesa entre ella y sus hijos: ninguno regresa sin el otro. "Esa bandera está ahí, solo esperando. Antes vamos a tener que limpiarla de todo eso que está en nuestros corazones".
Al preguntarle si perdonó a su madre, dice que sí, sin dudarlo.
"Los perdono porque entiendo de dónde salieron. Y salieron de un modelo que hoy lo que más yo quisiera es que no repitamos, ni como familia ni como sociedades".
No lo dice con amargura. Lo dice con la claridad de alguien que lleva décadas construyéndola, una conversación difícil a la vez, una verdad dicha en voz alta a la vez, una medalla de madre a la vez.

