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Donald Trump ha revertido casi totalmente el llamado “deshielo” de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, impulsado por su antecesor, Barack Obama. Su gobierno restringió drásticamente los vuelos comerciales y chárter, así como los viajes de estadounidenses y de exiliados o emigrados cubanos a la isla, además de las visas de turismo o inmigración para cubanos que buscan reunirse con sus familias en Estados Unidos.

Recrudeció el embargo económico, financiero y comercial a Cuba: bloqueó las inversiones y el comercio con la isla. Clausuró prácticamente la recién inaugurada embajada de EE. UU. en La Habana, tras unos misteriosos “ataques acústicos” a sus diplomáticos, aún por aclarar. Devolvió a Cuba a la lista de países que no cooperan contra el terrorismo. Aumentó la deportación de solicitantes de asilo cubanos. Y ha limitado las vías para enviar remesas familiares a la isla.

Y mientras Trump insiste en esta forma de demostrar “el compromiso inquebrantable de Estados Unidos con una Cuba libre", su rival demócrata Joe Biden, exvicepresidente de EE. UU. bajo el mandato de Obama, lo contradice: "Necesitamos una nueva política hacia Cuba. El enfoque de este gobierno no está funcionando. Cuba no está más cerca de la libertad y la democracia hoy que hace cuatro años", insistió recientemente en Florida, un reñido bastión electoral con una importante colonia de cubanos.

Según el New York Times, los dos tercios de los cubano-estadounidenses que viven en Florida solo representan cerca del 5 % de sus alrededor de 14 millones de votantes. Pero, como cada voto cuenta en este valioso "estado pendular", Biden intenta convencerlos de que no tiene un pelo de "socialista o comunista", como afirma la campaña de Trump para asegurarse el voto de cubanos, venezolanos y nicaragüenses exiliados.

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¿Sancionar al Estado sin afectar al sector privado?

Económicamente, las políticas del gobierno de Trump “han hecho mucho más difícil la vida de la gente, además de afectar obviamente a la economía nacional”, dice a DW el politólogo alemán Bert Hoffmann, del Instituto GIGA de Estudios Latinoamericanos. Junto a otros factores externos e internos, como la actual pandemia de COVID-19 y la propia gestión económica deficiente del gobierno cubano, han contribuido a llevar a la economía cubana a “una situación muy grave”, afirma.

“En Cuba siempre hay un debate sobre si los problemas de Cuba son del sistema económico o son del embargo. Y, en realidad, son las dos cosas”, coincide el economista cubano Pavel Vidal. El hoy profesor de la Universidad Javeriana de Cali, en Colombia, habla en este contexto de “amplificadores” de los efectos de las sanciones estadounidenses, entre los que incluye su combinación con la crisis venezolana (que ha analizado a fondo con su colega y compatriota Carmelo Mesa Lago, en un informe del Real Instituto Elcano). En Cuba, el impacto más visible del giro de la "era Obama" a la "era Trump", desde finales de 2017, ha sido sobre el turismo, que “había estado creciendo, hasta ese año, alrededor de un 15 o un 16 % cada año”, indica Vidal, experto en políticas macroeconómicas. Pero todo el sector turismo -que era entonces uno de los más prometedores de la economía cubana y ya en 2018 creció menos del 5 %- está ligado al comercio, al transporte y, sobre todo, a la dinámica del sector privado, advierte.

“Y ahí está la contradicción de todas estas políticas, que supuestamente van dirigidas a afectar a las empresas militares, al Estado, a las empresas del Estado. Pero eso es imposible en una economía donde el 90 % del PIB es del Estado, al mismo tiempo que el 30 % del empleo lo genera el sector privado, aunque sea en actividades de bajo valor agregado, que por eso solamente impactan el 10 % del PIB”, explica.

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Vuelta a las trincheras

Además, desde 2019, la activación del Título III de la Ley Helms-Burton -que permite demandas en EE.UU. contra empresas que utilicen propiedades incautadas y nacionalizadas en Cuba tras la revolución de 1959- ha limitado la inversión extranjera en la isla.

En este 2020, de cara a la pandemia de coronavirus, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Club de París y otras instituciones internacionales proponen un alivio financiero a países de menos ingresos como Cuba. Sin embargo, desde EE. UU., “ha habido una escalada de las sanciones, con un sentido electoral muy marcado”, resume el economista cubano, que trabajó para el Banco Central de Cuba y el Centro de Estudios de la Economía Cubana. Y eso, en un año en el que se prevé que el turismo caerá un 60 %.

Sin embargo, junto a sus efectos desestabilizadores para la economía, el politólogo alemán Bert Hoffmann observa otros efectos políticamente estabilizadores de las sanciones estadounidenses contra Cuba: “Ambas partes están nuevamente en esa lucha de trincheras que el Gobierno cubano siempre usa para cerrar filas”, dice.

Y lamenta que se haya revertido la política de Obama, “mucho más compleja para el Gobierno socialista de La Habana, pues hizo posible un horizonte de reformas, pensar en una suerte de evolución pacífica” del actual estado de cosas en la isla, asegura. Aunque los simpatizantes de la línea dura de Trump, poderosos en los medios de comunicación estadounidenses, aún le reprochen no haber exigido más avances de la isla en derechos civiles y políticos.

¿Y si (no) gana Biden?

Si este 3 de noviembre los estadounidenses deciden reelegir a Trump, será “más de lo mismo” para Cuba, prevé Vidal. Sobre todo porque, “inexplicablemente” para él, más del 70 % de los cubanos encuestados en un reciente estudio en Miami reconoce que el largo embargo contra Cuba no ha funcionado, pero el 60 % opina que debe mantenerse. Aunque la excandidata demócrata Hillary Clinton ganó en 2016 más votos cubanos en la Florida que Obama en 2012, justamente tras abogar por el fin del embargo “de una vez y por todas”.

La continuidad de Trump implicaría para Cuba “prácticamente una economía de guerra”, prevé Hoffmann: la reactivación de esa Guerra Fría con Estados Unidos, cuyos vestigios Obama prometió enterrar cuando visitó La Habana en 2016; una guerra también ideológica, “que se traduce en más rigidez interna”, subraya el politólogo berlinés. “Cuba lleva décadas viviendo bajo ese escenario de enfrentamiento con Estados Unidos, que no es favorable, porque siempre les regala un capital político a todas estas fuerzas conservadoras en Cuba que se oponen a los cambios”, a la liberalización al menos económica, coincide Vidal.

Si gana Biden y las reformas económicas estructurales recientemente anunciadas por el gobierno cubano fructifican, podría ser “más fácil que avancen las cosas”, vaticina el economista cubano. “Hay una reforma monetaria que incluye cambio de salarios, de precios, de subsidios. Se ha hablado de darle espacio a la pequeña y mediana empresa privada, de quitar las restricciones al sector privado”.

No obstante, concede Vidal, es lógico que se tomen esos anuncios con reserva, pues “ya han empezado reformas anteriores y luego las detuvieron. Y hay muchos en el Partido Comunista de Cuba [gobernante y único legal en la isla] y en la burocracia que no creen en nada que no sea estatal, y pueden frenar los cambios, como lo hicieron antes.”

Más allá de EE. UU., en Europa y América Latina

En materia de relaciones internacionales, “ningún gobierno en Europa tiene interés en pelearse con Trump por Cuba. Hay tantos otros conflictos de mayor peso para las sociedades y economías europeas, que la política de los países europeos hacia Cuba -sin cambiar de rumbo completamente- ha bajado su perfil”, observa Hoffmann.

Así que, también en este sentido, un relevo de Biden podría significar cierto regreso a la “sintonía” que la política de la UE hacia Cuba halló en la de Obama, recuerda el politólogo y latinoamericanista alemán. Ello, pese a una diferencia esencial: “En Estados Unidos, Cuba se traduce en política interna, en ganar las elecciones en la Florida. Y ese no es el caso en ningún país de Europa, donde la política es guiada por sus intereses en algunos sectores económicos como el turismo, por ejemplo.”

En cuanto a las relaciones con América Latina, “lo primero es ver cuál sería la posición de la nueva presidencia o del segundo mandato de Trump sobre Venezuela”, donde Cuba concentra la exportación de servicios médicos y la importación de petróleo, recuerda Vidal. Pero, “al igual que con el resto del mundo, en términos económicos, si se visualiza que hay un escenario posible en el cual, tal vez a mediano plazo, el embargo no esté presente, el interés de todos los inversionistas por el mercado cubano crecería muchísimo”, asegura. Sobre todo, si la actual crisis del coronavirus trae consigo cierta desglobalización y relocalización de inversiones, como hoy se predice.

¿Una política más racional?

En redes sociales, voces como la del periodista cubano-estadounidense Ernesto Morales llaman la atención sobre otro efecto de la relación de Trump con los cubanos, a observar tras estas elecciones: una polarización política tan extrema como la que suscitaba el expresidente cubano Fidel Castro. “La comunidad cubana exiliada se está extirpando a sí misma sus propios ídolos”, lamenta Morales. Y enumera una larga lista de celebridades notablemente “anticomunistas”, hoy denostadas hasta como "comunistas" por los cubanos que apoyan a Trump, porque no van a votar por su candidato. Un ejemplo claro: la excongresista republicana Ileana Ros-Lehtinen, a quien los medios oficialistas cubanos solían satirizar como “la loba feroz”.

Como sea, incluso si ganase Biden, “tampoco se puede esperar que vuelva a una política hacia Cuba con tan alto perfil como la de Obama en su segundo mandato”, advierte Hoffmann y pronostica: “Habrá una política más racional, pero no creo que se pueda volver a empezar donde se dejó hace cuatro años. Se ha hecho mucho daño y Biden no va a dar prioridad a Cuba en su política exterior”.