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Horas, a veces días, antes de una extracción de sangre o de una vacunación, el estrés y el miedo se apoderan de algunas personas que no pueden ver sangre o una simple jeringa. Por miedo, algunos incluso evitan ir al médico, aunque sea urgente.

Los temores

Muchas personas tienen una ligera sensación de náuseas antes de una inyección, y probablemente no haya nadie a quien le guste soportar un pinchazo. Las personas con un miedo mayor a las inyecciones desarrollan ese temor con solo pensar en cómo la aguja penetra en la piel, e imaginan verdaderos escenarios de horror.

Sin embargo, una simple inyección o extracción de sangre apenas es dolorosa, y los pacientes solo sienten un pequeño pinchazo. Aunque su mente les diga que no hay razón para el pánico, ciertas personas suelen experimentar miedos inexplicables. Algunos también simplemente temen desplomarse, o perder el control de sus acciones y reacciones.

Algunos no pueden ver sangre

"Me siento mal y me tiemblan las rodillas", es una de las quejas más comunes que describen las personas que tienen miedo a la sangre. Además, en esa situación algunos empiezan a sudar, la sangre se les acumula en las piernas, y ya no llega al cerebro en cantidad suficiente. Entonces, pueden desmayarse y quedar inconscientes por un corto tiempo.

Los expertos atribuyen ese miedo a la sangre al hecho de que esta es señal de peligro desde tiempos inmemoriales. Los cuerpos de nuestros antepasados ​​respondieron dando inicio a una especie de programa ante emergencias. Inicialmente, todo el organismo humano pasa a concentrarse intensamente en un peligro durante un momento, y la presión arterial aumenta. Pero luego la presión baja otra vez muy rápidamente. De esa forma, el organismo puede asegurar que se produzca la menor pérdida de sangre posible en caso de lesión o heridas, y que la coagulación esté garantizada. En cierto modo, los desmayos que sufren algunas personas como consecuencia de esos miedos son un alerta del organismo ante un peligro imaginado o probable.

El miedo se convierte en fobia

En Alemania, más de tres millones de personas sufren de miedo a las inyecciones. Los médicos definen esto como "tripanofobia" o fobia a las jeringas, la sangre y las heridas, y al miedo a las jeringas lo llaman "belonofobia".

Sin embargo, los expertos hablan de fobia, y ya no de miedo, solo cuando se presentan limitaciones graves y comportamientos de pánico. Esas fobias afecta principalmente a los jóvenes y a los niños.

Particularmente, los más pequeños suelen tener miedo a las jeringas y a las agujas. Después de todo, ambas cosas pueden ser aterrradoras ante los ojos de un niño. Aunque muchas niñas y niños no hayan tenido antes una experiencia con vacunas, a menudo lloran desesperadamente al ver las jeringas, como si fuera una cuestión de vida o muerte.

La genética también podría influir en el miedo a las inyecciones y a las extracciones de sangre. Sin embargo, los padres no heredan a los hijos la fobia a las jeringas. Pero en el caso de la tripanofobia, un componente genético es el responsable de determinadas reacciones ante las inyecciones.

Los profesionales de la salud denominan al miedo a las vacunas "vacunofobia". La negativa a recibir vacunas puede tener graves consecuencias, como una infección de tétanos, si a alguien se le infecta una herida. Una vacuna contra el tétanos puede prevenir esto, y es tan importante como, por ejemplo, la vacuna contra la difteria, la poliomielitis y diversas enfermedades tropicales. Las vacunas pueden salvar vidas. Si bien la vacunación en sí misma no es más que un breve pinchazo, el miedo a la misma puede tener consecuencias nefastas.

Terapia para vencer el miedo

Los psiquiatras, los psicólogos y los terapeutas conductuales pueden ayudar a las personas a deshacerse de sus miedos, o al menos mostrarles cómo manejar sus fobias.

A largo plazo, lo que más ayuda es la denominada terapia de conducta cognitiva. Aquellos que están plagados de miedos aprenden a lidiar con ellos a nivel psicológico, aceptándolos, en primera instancia, y también a nivel físico. El terapeuta confronta al paciente con los estímulos que desencadenan el pánico.

Al final de dicha terapia, en muchos casos, hay una extracción de sangre real. La empatía con el paciente suele ayudar a controlar un ataque de pánico. Si eso no ayuda, la otra opción es tensar y aflojar los músculos de los glúteos y la parte inferior de las piernas. Esto comprime las venas de las extremidades inferiores, la sangre ya no se acumula en las piernas y no se producen desmayos.

(ct/cp)