26 de junio de 2026, 15:10 PM

Bernal Fonseca / Comunicador y triatleta de alto rendimiento. 

Últimamente he estado pensando mucho en las personas que dedican su vida a servir a otros. No fue una reflexión que apareció de la nada. Llegó poco a poco, como suelen llegar las ideas que terminan cambiando nuestra perspectiva.

En las últimas semanas he conocido historias que me han dejado pensando. La de una mujer que lleva más de treinta años liderando la lucha contra el cáncer infantil. La de otras que, después de enfrentar un diagnóstico de cáncer de mama, decidieron transformar su experiencia en compañía para quienes hoy recorren ese mismo camino. También la de jóvenes que fueron rescatados de entornos marcados por la violencia y que ahora dedican su tiempo a acompañar y orientar a otros muchachos que viven realidades similares.

En estos días conocí a personas voluntarias que recorren largas distancias para llegar a comunidades remotas donde el acceso al agua potable sigue siendo un privilegio y no una garantía. Personas que enfrentan caminos difíciles, pobreza extrema y situaciones de emergencia para responder a necesidades que muchos ni siquiera conocen.

Y mientras escuchaba todas estas historias, me di cuenta de algo. Hay una enorme cantidad de personas que están dedicando su vida a mejorar la vida de otros. Tal vez nunca ocuparán titulares ni recibirán reconocimientos públicos, pero gracias a ellas existen realidades que están siendo atendidas, heridas que están siendo acompañadas y comunidades que están encontrando oportunidades para salir adelante. 

¿Qué tienen en común todas estas personas? 

Sus vidas dejaron de girar únicamente alrededor de sus propias necesidades para entrar en una ruta de servicio constante. No porque alguien se los exija. No porque exista una recompensa. Lo hacen porque han desarrollado la capacidad de mirar la necesidad ajena y responder con una forma de actuar universal: servir.

También tienen otra característica en común: entienden el valor de la comunidad.

Vivimos en una época que muchas veces celebra los logros individuales, pero las transformaciones más profundas siempre ocurren cuando las personas se unen alrededor de una causa compartida. Ninguna de las historias que conocí esta semana se sostiene por una sola persona. Detrás de cada una hay equipos, familias, voluntarios, organizaciones y ciudadanos que decidieron caminar en la misma dirección.

Quizá esa sea una de las verdades más honestas que he descubierto con los años: los grandes cambios nunca son individuales. Son colectivos.

Hay algo más que me impresiona profundamente. Muchas de las personas que hoy sirven a otros lo hacen porque alguna vez estuvieron del otro lado. Porque recibieron ayuda cuando más la necesitaban. Porque atravesaron una enfermedad, una pérdida, una crisis o una situación difícil que alguien les ayudó a superar.Y cuando tuvieron la oportunidad, decidieron devolver lo recibido. Eso me parece extraordinario.

 Convertir una herida en propósito. Transformar una experiencia difícil en una oportunidad para acompañar a otros. Tomar aquello que dolió y convertirlo en una herramienta de servicio. Hay una fuerza inmensa en quienes hacen eso.

Tal vez esta reflexión también nace de lo que he tenido la oportunidad de vivir desde el deporte.

A lo largo de los años he comprobado que una competencia, una historia, un proyecto o una iniciativa deportiva pueden convertirse en mucho más que un resultado. Pueden inspirar, movilizar recursos, abrir conversaciones y generar impacto social. He visto cómo cuando varias personas deciden caminar detrás de un mismo propósito, las posibilidades de transformación se multiplican.

Por eso estas líneas son, ante todo, un reconocimiento. A quienes dedican horas, días y años de su vida a servir. A quienes trabajan lejos de las cámaras. A quienes acompañan procesos difíciles. A quienes construyen oportunidades donde antes no existían. A quienes siguen creyendo que el bienestar propio tiene más sentido cuando también se convierte en bienestar para otros.

Y también son una invitación. Porque no importa cuál sea nuestra profesión, nuestra edad o nuestras circunstancias. Todos tenemos la posibilidad de salir de nuestro propio centro, ampliar la mirada y preguntarnos cómo podemos aportar a alguien más.

El servicio no pertenece exclusivamente a las organizaciones sociales ni a los voluntarios. Es una decisión cotidiana que cualquiera puede tomar.

 Si usted está leyendo estas líneas, quiero decirle algo sencillo: ¡lo necesitamos!

El mundo necesita más personas dispuestas a servir, a construir comunidad y a creer que todavía es posible transformar realidades.

Siempre habrá espacio para sumar. Y quizá, al final, esa sea una de las formas más valiosas de darle sentido a la vida.

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores corresponden únicamente a sus opiniones y no reflejan las de Teletica.com, su empresa matriz o afiliadas.

mundial2026