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En marzo 1856 se libró una vital batalla en la historia del país. Los invasores filibusteros que llegaban a suelo tico desde Nicaragua se enfrentaron a las tropas costarricenses.

El escenario de esa batalla fue una hacienda, ubicada en Guanacaste. Allí los invasores estaban en una casona cuando fueron sorprendidos por los ticos. 

Un error estratégico permitió que escaparan, pero lo cierto es que los filibusteros debieron huir ante un ejército nacional que, contrario a lo que nos enseñaron en la escuela, estaba bien armado y entrenado.

Más de cien años después, el gobierno costarricense expropió esa hacienda para convertirla en parque nacional: Santa Rosa.

El próximo sábado este parque nacional cumple 50 años de su creación y, en este momento, es escenario de otra guerra.

Esta guerra es contra la cacería, la tala ilegal y los incendios forestales. 

Contrario a lo ocurrido en la campaña del 56, ahora los hombres y mujeres que enfrentan esta amenaza son menos y sus recursos son limitados.

Según un estudio técnico realizado tiempo atrás, se necesita más del doble del personal para enfrentar los peligros constantes.

Pero esta batalla en Santa Rosa no solo se da en ese parque, prácticamente en todas las áreas de conservación del país se vive algo parecido: pocos recursos y muchas amenazas.

En otras palabras, la guerra por el patrimonio natural tiene ahora muchos frentes abiertos y todos deberíamos ser, de una u otra manera, soldados para pelear por los parques.