2 de octubre de 2026, 17:09 PM

Bernal Fonseca / Comunicador y triatleta de alto rendimiento. 

Hay algo que me preocupa profundamente de la Costa Rica que estamos construyendo. No es solamente la violencia que vemos en las calles. Es algo más silencioso, pero quizá igual de peligroso: estamos empezando a acostumbrarnos a vivir en confrontación. Una provocación genera otra. Un insulto recibe otro. Una burla provoca una descalificación y una acusación encuentra otra acusación. Así, poco a poco, vamos construyendo un círculo en el que cada respuesta termina justificando la siguiente.

Lo vemos en las redes sociales, en la política, en los lugares de trabajo y hasta en conversaciones entre personas que, hasta hace poco, podían pensar diferente y seguir sentándose en la misma mesa. Hemos empezado a confundir firmeza con agresividad, carácter con humillación y liderazgo con la capacidad de imponerse sobre los demás. Y eso debería preocuparnos, porque cuando la confrontación se convierte en la forma habitual de relacionarnos, la violencia deja de ser únicamente aquello que ocurre en una calle y empieza a instalarse también en nuestra manera de hablar, de discutir y de entender al que piensa diferente.

Quienes ocupan posiciones de poder tienen, además, una responsabilidad que va mucho más allá de las decisiones que toman. También establecen referencias. La forma en que se ejerce el poder educa, para bien o para mal, a una sociedad. Cuando desde posiciones de liderazgo se normalizan la burla, el irrespeto, la descalificación o la provocación permanente, el mensaje que recibe la sociedad es que esas formas de relacionarnos son aceptables. Y cuando la respuesta a esa provocación consiste en devolverla multiplicada, el círculo se hace todavía más grande.

No creo que Costa Rica necesite una sociedad en la que todos pensemos igual. Todo lo contrario. El desacuerdo es necesario. La crítica es necesaria. La oposición es necesaria. La exigencia ciudadana es necesaria. Lo que no necesitamos es convertir el desacuerdo en una guerra permanente, porque una democracia no se fortalece cuando todos pensamos igual, sino cuando somos capaces de pensar diferente sin convertir al otro en un enemigo.

Y detrás de esta confrontación hay una fractura más profunda. Somos un país con diferencias económicas, educativas, culturales y políticas cada vez más visibles, y esas diferencias también han comenzado a convertirse en trincheras. Nos cuesta escuchar al otro sin asumir inmediatamente que quien piensa diferente está equivocado, que tiene malas intenciones o que merece ser descalificado. Hemos dejado de discutir ideas para empezar a combatir personas.

Y ahí es donde siento que estamos perdiendo algo. Nos están robando el espíritu. No solamente por quienes tienen deseos incansables de poder, sino también porque nosotros hemos empezado a aceptar que para defender nuestras ideas tenemos que destruir las del otro. El ejercicio del poder debería ser un ejercicio de servicio, y la política debería ser, por encima de todo, una herramienta para encontrar soluciones a problemas reales. Sin embargo, demasiadas veces la discusión pública parece haberse convertido en un espectáculo en el que importa más quién gana la confrontación del día que quién consigue construir una solución para el país.

Mientras tanto, Costa Rica sigue teniendo problemas demasiado grandes como para desperdiciar nuestra energía en una pelea interminable. Y me preocupa todavía más ver señales de que quienes piensan diferente empiezan a sentir que deben callar, esconder sus posiciones o medir cada palabra por miedo a la persecución, la descalificación o el señalamiento. Una democracia fuerte no debería producir miedo a pensar diferente. Debería producir espacios para discutir precisamente porque somos diferentes.

Por eso me cuesta ver en lo que nos estamos convirtiendo. La Costa Rica que me mostraron mis papás ya no se siente tan linda. No porque aquel país haya sido perfecto; no lo fue. Pero me enseñaron una Costa Rica donde todavía había un enorme valor en saludar, conversar, escuchar, disentir y volver a sentarse en la misma mesa. Una Costa Rica donde el poder tenía que venir acompañado de responsabilidad, donde ser firme no significaba ser irrespetuoso y donde ganar una discusión no necesariamente significaba destruir al que estaba enfrente.

Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no es quién empezó. Porque siempre podremos encontrar una provocación anterior. Siempre habrá una explicación para la respuesta que dimos. Siempre podremos justificar nuestro siguiente golpe diciendo que alguien lanzó el primero. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿quién va a decidir detener el círculo?

Porque provocación sobre provocación no construye justicia. Provocación sobre provocación no construye democracia. Provocación sobre provocación no construye país. Construye violencia.

Y si no somos capaces de recuperar el respeto, la capacidad de escuchar y el diálogo real, corremos el riesgo de que la violencia termine siendo mucho más que un problema de las calles. Que termine convirtiéndose en nuestra forma habitual de relacionarnos. Y eso sí sería una tragedia, porque Costa Rica merece algo mejor. Y, sobre todo, porque nosotros también.

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