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¡Qué playerío!

Un episodio amargo ocurrió cuando un cliente de una cafetería externó su homofobia en público mientras hacía fila para ordenar su bebida.

Sergio Arce 14/4/2015 03:46

"¡Qué playerío!". Esta fue la expresión que un cliente de una conocida cadena de cafeterías dijo, días atrás, en el local que se encuentra en Sabana oeste.

El "envalentonado" hombre, de ropa casual, gorra y actitud desafiante espetó su frase detrás mío mientras hacíamos fila para ordenar la bebida.

Cuando el sujeto escupió su corta diatriba homofóbica, un amigo que lo acompañaba lo volvió a ver con ojos recriminadores, con ojos de sorpresa, y el hombre se dio cuenta de que su lengua actuó primero que su cerebro.

Yo, con perplejidad, no daba crédito a lo que había escuchado; me quedé estupefacto, sin palabras, lo reconozco. Mi capacidad de reacción fue nula. Lo único que atiné a hacer fue volverlo a ver con cara de asombro.

Asombro porque Sergio Arce no dá crédito a que a estas alturas de la vida haya personas intolerantes, con alguna fobia -en este caso fue contra la población sexualmente diversa-, y cuando ad portas el sujeto tenía 'pinta' de ser alguien estudiado (que se supone tienen una sensibilidad mayor, una visión más amplia de la vida... Desde luego, eso es una suposición totalmente errada. Más adelante les digo por qué). 

Más allá de este amargo episodio y de seguir rumiándolo en mi cabeza, me pregunto: ¿cuántas personas más en este país hay con tales temores, animadversiones y fobias contra los homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales en tiempos de mayor apertura, educación y sensibilización?

La respuesta puede ser abrumadoramente triste: deben ser muchas personas, que lo externan públicamente o en el seno de sus hogares en privado.

Habrá quienes fingen -con una sonrisa tímida- su 'aceptación' a que algún amigo o familiar sea sexualmente diverso, pero en el fondo sienten repulsión y hasta se "entristecen" de que esa población no tendrá el "perdón y misericordia" de Dios. Porque, para ellos, solo los heterosexuales tienen ganado el Reino del Señor.

Yo me acuerdo que mi mamá -una mujer de campo con escasos estudios pero con un corazón de oro- siempre nos decía que el amor, el respeto y la dignidad no conocen de géneros, razas, ideologías o clases sociales. Y siempre subrayaba en que TODOS somos hijos de Dios y en que TODOS tenemos su gracia.

Una noche -cuando yo en mi cama lloraba por un desamor- ella se me acercó, sostuvo mi cabeza en sus regazos y con un amor más allá de lo racional me dijo que nunca, pero nunca perdiera mi paz y tranquilidad, y que siempre tratara a los demás como yo quiero que me traten... con respeto, dignidad y amor.

Esta es la mejor manera de educar a quienes aún tienen aprehensiones a lo "diferente", a lo que no encaja en sus esquemas tradicionales de ver la vida.

A ese hombre que se asombró por el "playerío" en esa cafetería solo le envío mis mejores deseos de salud, prosperidad y dicha.