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Falsedad y sus consecuencias

Quedamos expuestos a decisiones sin fundamento, al sospechosísimo, a la incredulidad, como norte y criterio para elegir.

Miguel Gutiérrez-Saxe 29/9/2016 04:59

La selección del editor de uno de los medio de comunicación internacionales de mayor impacto (The Economist), caracterizado por ser muy profesional en su información, y nada sospechoso de izquierdismo o progresismo en sus opiniones, presenta una serie de artículos sobre la capacidad de interpretación y conducción de los asuntos de los países por parte del sistema político.

Los titulares de esa selección son concluyentes: En todos los rincones del mundo, los gobiernos están fallando en reconocer las implicaciones de sus políticas, y los expertos están muy confundidos, o inapropiadamente influenciados, para proporcionar una orientación clara y creíble. El resultado es una mezcla de arrogancia y despiste que está consumiendo en varios países todo su establisment político.

La pregunta es si se puede esperar que ese comportamiento de los gobiernos y expertos (entre arrogancia y despiste), propicie un comportamiento distinto en la ciudadanía. O si por el contrario, puede más bien auspiciar un comportamiento social semejante: que las corazonadas y creencias no fundadas se constituyan en las "nuevas verdades". También que la ciudanía apoye a quienes con virulencia enarbolen ocurrencias por ser dichas con fuerza y responder a temores o resentimientos.

Algún país, EEUU, enfrentará muy pronto una decisión de esta naturaleza en sus elecciones, la que tendrá profundas consecuencias para el resto del mundo. 

Pero a dos años de las elecciones costarricenses estas condiciones de fatiga de la credibilidad en nuestras sociedades, y de seducción ante mensajes atractivos, no importa su fundamento y verdad que contengan, no dejan de mandar señales de alerta.

Ya ni recuerdo a quién se atribuía el dicho: Se puede engañar a uno, todo el tiempo; a algunos por algún tiempo. Pero no se puede engañar todos, o la mayoría, todo el tiempo.

Y ese es el problema, no tanto la intención de engañar, porque no es necesario tenerla para generar las consecuencias. Basta con  prometer y no cumplir, aunque la intención sea la más limpia, si no se cumple, seguir prometiendo lo mismo, o algo superior. Llega el momento que la palabra deja de tener valor, aunque se invoque que fue la mala voluntad de terceros lo que impidió que se cumpliera. Al final del camino, da la impresión, todo el sistema político pierde la credibilidad.

Y quedamos expuestos a decisiones sin fundamento, al sospechosísimo, a la incredulidad, como norte y criterio para elegir. 

Un domingo siete, como el del cuento de Mi tía Panchita, puede causar graves daños al país, y allá, a todo el mundo. ¡Qué clase de torta!