POR Daniel Jiménez | 20 de septiembre de 2026, 8:00 AM

Dicen que la vida da muchas vueltas. Y sí… es una especie de carrusel de emociones y vivencias: a veces estamos arriba y, en otras ocasiones, abajo. Hay momentos en los cuales podemos sentirnos estancados, con la sensación de no avanzar como quisiéramos. Sin embargo, también existen testimonios capaces de convertirse en una luz para quienes atraviesan momentos difíciles.

Esta es la historia de Alexa Montero Naranjo, de 36 años, quien es oriunda de San Marcos de Tarrazú y vive en San José. En 2020 recibió el diagnóstico de una enfermedad renal crónica. Desde entonces realiza diálisis peritoneal y actualmente espera un trasplante renal.

Arquitecta de profesión y amante del deporte desde que tiene uso de razón, Alexa ha practicado tenis, balonmano, atletismo, boxeo, natación y aguas abiertas. Hoy, el running es su gran pasión y tiene una nueva meta en el horizonte: completar los 22 kilómetros de Patagonia Bariloche by UTMB, en noviembre de 2026.

En conversación con Teletica.com, Alexa deja tres mensajes claros. El primero: "La enfermedad forma parte de mi vida, pero no es lo único que me define". El segundo: "Vive con propósito mientras espera". Y el tercero: "No sé cuánto durará la espera, lo que sí sé es cómo quiero vivir mientras espero".

—¿Cómo ha sido todo este proceso?

Hace seis años fue el diagnóstico. Lo mío fue de un pronto a otro. Yo no la vi venir por ningún lado. Nada más un día, por insistencia de mi hermana, fui a un laboratorio a hacerme unos exámenes de rutina y ahí me salió alterada la hemoglobina; la tenía en 5. En ese momento yo era residente en un proyecto grande en Escazú. Y de ahí salí, le dije a mis compañeros de trabajo: 'Bueno, nos vemos mañana'. No regresé. 

Me fui para la clínica, me repitieron los exámenes y me mandaron a Emergencias para el hospital. Me internan y empieza toda esta aventura de la enfermedad. A los pocos días me hicieron biopsia de riñón. Vieron que tenía una insuficiencia renal ya en estadía 5. Ya no había vuelta atrás.

Y ahí descubren que la enfermedad es una consecuencia de una poliangitis microscópica o una vasculitis, que es una enfermedad autoinmune. Entonces, se hace una alteración de anticuerpos, ellos hicieron loco y me destruyeron los riñones.

—¿En plena pandemia? 

En plena pandemia. Cuando estaban llegando los primeros casos de COVID-19 al Calderón, yo ahí estaba internada.

—¿Cómo fue recibir ese diagnóstico?

Bueno, al principio yo me negué al tratamiento porque lo que me decían es que yo no iba a volver a hacer deporte, que no iba a volver a trabajar, que no iba a volver a hacer nada. Entonces yo dije: ¿Para qué quiero un tratamiento que no se me va a dar muy bien o no me va a dejar hacer nada? Sin embargo, yo me negué durante un tiempo que estuve internada y ya cuando hubo cambio del doctor, el doctor simplemente me dijo: "O entra o se muere, usted decide". Y yo... bueno, está bien, póngame el catéter.

Cuando me ponen el catéter, ha sido una de las experiencias más espantosas de la vida, porque uno siente como que dejó de ser uno, como que se le fue la vida. A los días me dejan salir del hospital sin saber que iba a regresar a los pocos días, porque me dio una enfermedad en la que todos los tóxicos se me fueron a la cabeza y quedé en blanco. Yo empecé a tener como regresiones, como cuando era niña me despedí de todo el mundo de mi casa y les dije: "Bueno, chao, hasta aquí llegué". 

Ingreso a emergencias otra vez, empiezan a hacerme estudios y todo, me meten a cuidados intensivos y ahí le dicen a mi familia: "Despídase de ella; ella de aquí no sale, simplemente no sale".

Sin embargo, a los días de estar en cuidados intensivos empiezo a reaccionar, pero no puedo hablar, no tengo movilidad; era otra persona completamente. Sin embargo, logro salir de cuidados intensivos, me voy a casa y he empezado a hacer de todo: volver a aprender a hablar, volver a aprender a escribir.

—¿Cómo fueron esos momentos?

Al principio, mi mamá era la que me tenía que hacer todo, porque yo no podía ni siquiera mover las manos. Sin embargo, ahí llegó un punto en que las enfermeras y mis doctores dicen que al principio yo fui muy terca y sí, al principio yo en el tratamiento no era nada amigable. Estar en diálisis peritoneal no es como uno esperaría estar a los 30 años.

Y menos que te digan que necesitas un trasplante de riñón; eso es imposible. Sin embargo, todos mis hermanos decidieron hacerse las pruebas, pero ninguno fue compatible al final.

Entonces me tocó entrar a la lista de trasplante cadavérico. Ya tengo cinco años por ahí de estar en lista de espera. Nunca me han ni siquiera llamado una vez, pero ahí vamos. 

—¿Cuántos hermanos tiene?

Somos cuatro en total. Tengo a Sara, que vive en Alemania, a Glory y a Diego, quienes son los que están acá. Glory fue la primera que se hizo los análisis y no pudo, y Diego tampoco, y Sara, por obvias razones, tampoco pudo. Ellos han sido el soporte más grande que tengo en todo este proceso junto con mi mamá y mis amigos.

Uno no siempre está como en su mejor momento, ni tiene sus mejores días, y hay días que son un poco críticos y que lo aguanten a uno; también tiene su ciencia. Uno procura no enojarse con ellos ni nada, porque son el respaldo de uno, pero igual a veces a uno se le sale el chucky.

—¿Cómo fue ese resurgir para usted?

A los cuatro meses de haber salido de cuidados intensivos y pasar por toda la crisis fea, yo llegué y dije que no podía seguir así.

Yo necesito regresar a entrenar, necesito regresar a trabajar sí o sí, porque si no, dejé de ser yo. Fue una enfermedad autoinmune y me tenía que meter como en una burbuja de cristal. Si en ese momento estábamos en contacto cero, en mi caso era el doble contacto cero.

Pero yo le dije a mi doctor que yo no puedo tener una burbuja de cristal. Y un día llegué y le dije a mi doctor: "O me quita la incapacidad, o yo me muero, pero yo no puedo seguir en mi casa". Y yo necesito volver a hacer deporte, díganme cómo.

—¿Cómo fue retomar las actividades?

Los doctores llegaron y me dijeron cómo tener actividad; me dijeron que sabían que no me iba a quedar quedita y seis meses después regresé a trabajar y a entrenar poquitos.

Comencé a empezar a caminar poquito y metiendo pesas. Me costó mucho encontrar entrenadores que se apuntaran a llevarlo conmigo, porque no se sabe mucho en realidad, a nivel de enfermedad renal.

En mi caso se sabe que se tiene que hacer deporte, pero no está tan tabulada la información. Entonces, empecé a prepararme para carreras de 5 kilómetros. Eso fue en el 2021-2022; empecé con distancias de 5 km.

Después pasé a 10 km, llegué a 12 km. Igual con altibajos, porque hay días que mi cuerpo simplemente dice como no, hoy no la damos. Hay otros días que sí tengo full energía.

Entonces, son como variantes con las que quiero ir jugando. Entonces, ya he hecho un par de 10 km y 5 km. Ahora, la última que hice fue X-Terra en agosto, que fueron 12 km.

Igual, o sea, yo corro para agradecer la oportunidad que se me dio de continuar aquí y por salud. No es esa expectativa de que voy a ganar o voy a hacer un mejor tiempo, no, porque yo ya entendí que mi cuerpo no tiene la capacidad que tenía antes. Si antes yo podía correr un kilómetro en ocho minutos, digamos, a la montaña o siete, ya sé que ahora ese tiempo va a aumentar porque tengo otra condición y tengo más variantes que tomar en cuenta.

No ha sido un camino lineal, cero; como todos, son subes y bajas, no es tan fácil. Y el otro tema que tenemos a la hora de hacer ya deporte, como más competitivo, tener una enfermedad renal, es la parte de la alimentación y la hidratación.

Yo ni siquiera puedo tomar un litro de agua al día. Entonces, a la hora que yo corro, el cuerpo sigue funcionando; en ese sentido, igual, sigue sudando y sigue requiriendo hidratación. Entonces, también correr es como la manera en que me puedo dar el lujo, básicamente, de tomar lo que yo quiera.

Me puedo tomar un litro, litro y medio, dependiendo de dónde esté la carrera y cómo sean las condiciones climáticas. Entonces, así es como todo en la escuela, he pasado estos seis años para poder llegar el año pasado a hablar con mis doctores y decirles: "Quiero correr 22 km en montaña". Y ellos, obviamente, me dijeron: sí.

El único requisito que me piden es un año de preparación. Y en eso he estado todo este año, preparándome. 

—Hay muchos atletas amateurs en los que este tipo de testimonios puede calar hondo para llenarlos de fuerza: ¿Qué les puede decir a ellos?

Correr lo amarro demasiado con las cosas que vamos viviendo en el día a día. Por ejemplo, cuando inicias una carrera, no tienes mucha noción de lo que te vas a enfrentar. Y cuando topas con una cuesta, es: agárrela y suba, no hay vuelta atrás.

Eso yo lo amarro completamente con cada cosa de mi día a día. Yo todos los días, es un día que le gano a la muerte, literal. Es un día más que tengo la oportunidad de poder hacer todas las cosas que disfruto.

Entonces, es como ir viviendo ese día, disfrutándolo, haciendo las cosas, sin sobreexigirme además, porque también entiendo que tengo ciertos limitantes, porque esos limitantes nunca me han impedido hacer lo que realmente me gusta. Todos los procesos para toda una carrera son diferentes. Y en mi caso son en doble diferente porque nunca sé con qué variante me voy a encontrar durante el camino.


Por ejemplo, ahorita vengo saliendo de una lesión y de una anemia. Y son cosas que yo no puedo controlar. Entonces, es como ir viviendo paso a paso cada preparación, porque la carrera va a ser la meta final, pero en realidad, si no disfrutas tu proceso, no estás haciendo nada.

Porque las carreras son momentos, pero todo lo que viviste antes es lo que te da la lección y lo que te da el aprendizaje para llegar ahí. 

También les puedo decir que disfruten cada proceso, porque nunca se sabe cuándo va a ser el último día de deporte. Hay que vivirlos, disfrutarlos y sentirse orgullosos porque, lo logrés o no lo logrés, lo importante es todo lo que viviste para llegar ahí. Entonces, la meta no se compone de solo la medalla final, se compone de todos los momentos que viviste antes para llegar ahí y de todo el apoyo de la gente que siempre estaba a tu lado.

Para mí, lo más importante en este momento es vivir el proceso, disfrutarlo y compartirlo.

—¿Cómo se puede apoyar para su proceso a los 22 km de Bariloche?

Para mí lo más importante es llegar a Bariloche, no solo cumplir un sueño mío. Es poder transmitir el mensaje de que, mientras estamos en espera de un trasplante, la vida no se detiene, ni los sueños se detienen; todo continúa, solo depende del esfuerzo con el que enfrentamos las cosas. 

La idea era, si alguna persona o empresa está interesada, que nos contacte a través de Instagram @A_MONTENA o al correo electrónico ale.montena@gmail.com.

Para mí lo más importante es darle la máxima visibilidad porque conozco mucha gente que está con enfermedad, que no sale del cuarto, que no hace nada. Y esa no es la realidad que tenemos que vivir. Nosotros podemos seguir activos laboralmente, podemos seguir haciendo deporte, podemos tener una vida normal, siempre y cuando, obviamente, nos apeguemos al tratamiento y a las recomendaciones de nuestros doctores, pero la vida sigue. No hay por qué detenerse en lo que hacemos a diario. 

—¿Desde el plano de la fe cómo ha vivido todo esto?

Soy creyente; al principio lo odié, lo repudié y lo maldije mil veces, porque ¿por qué a mí? Porque es la primera pregunta. ¿Por qué a mí? Porque una prueba de eso es a uno.

Uno a los 30 años está comenzando con todos sus proyectos grandes, con todas las cosas que ha querido hacer, todos los planes que uno tenía. En el momento en que uno le da diagnóstico y le dicen que te vas a morir literalmente, Di, uno entra en crisis. Al principio, yo peleadísima, renegada y de todo.

Con el tiempo me ha costado aceptar que todo lo que vivimos es por un motivo y porque hay un plan para nosotros. Preguntarse cuál es ese plan es perder el tiempo porque nunca vas a obtener respuesta. Lo único que te queda es afrontar las cosas de la mejor manera y vivirlas.

Mi mensaje para todas las personas que padecemos esto es ese. Hay que vivirlo. Yo ahora, ya después de tantos años, es que como si me tocara volver a vivirlo, lo volvería a vivir porque la Alexa que soy ahora es gracias a eso. Todo lo que me ha enseñado y me ha transformado creo que no lo hubiese logrado por otro camino, la verdad. A veces, uno necesita de esas pruebas duras para corregir las cosas.