7 Días
El clima que obliga a moverse
Entre el barro que dejó el huracán en Upala y el mar que devora las costas del Pacífico, comunidades enteras se resisten a moverse. ¿Es esa resistencia el primer paso hacia la migración del mañana?
Costa Rica ha sido, históricamente, un refugio para miles de personas que huyen del hambre, la violencia o la guerra en la región. Sin embargo, en sus propias costas se gesta una crisis silenciosa: el desplazamiento interno forzado por el cambio climático.
En las inmediaciones de la Ruta 23, en Caldera, la amenaza avanza con una lentitud implacable, pero devastadora. Estudios de la Escuela de Geografía de la Universidad de Costa Rica (UCR) documentan que la línea de costa retrocede a un ritmo más acelerado de lo previsto: el mar se come entre tres y cuatro metros de playa por año.
Justo ahí, el avance de las olas borró del mapa a una comunidad entera. Aunque las autoridades declararon la zona como inhabitable debido al riesgo, varias familias permanecen entre los escombros y las casas que aún se mantienen en pie.
Uno de los rostros de esta tragedia es Vladimir Mora: perdió su hogar a manos del oleaje y hoy duerme junto a su esposa y su hijo de 12 años en un cuarto prestado por su hermana, a pocos metros de donde el mar destruyó su casa.
Teletica.com conversó ampliamente con Mora. A continuación, puede leer la entrevista completa.
Aquí donde estamos parados era el cuarto donde dormía yo con mi esposa. Este otro de la par era el de mi hijo de 12 años. Acá, bajo nuestros pies, el mar enterró nuestras cosas: los cuadernos de la escuela de mi hijo, lo que teníamos... Todo esto lo desbarató el mar. Aquí no quedó nada. Nada, nada, nada. La casa que se ve allá al fondo [señala hacia la costa] era la de mi abuela; el mar también la destruyó por completo.
Hace como tres o cuatro años. Quedamos sin solución a nada, porque lo que el mar agarra, uno no lo puede recuperar. Allá estaba la casa de mi abuela; ella cocinaba ahí y donde estamos parados había una mesa donde comíamos todos en familia, donde desayunábamos. Si escarbamos aquí exactamente, encontramos la mesa enterrada. Estamos parados sobre ella, pero bajo varios metros de arena que el mar acumuló.
Mi abuela tiene décadas... Yo tengo desde los 7 años de estar acá con ella; son más de 50 años de la familia en este terreno. A mi mamá le dieron una casita en Esparza, gracias a Dios, pero nosotros seguimos aquí, batallando con el mar.
A unos pocos metros de acá (señala hacia una estructura contigua), en un cuarto que mi hermana me presta.
Sí. El agua llega normalmente sobre el patio, pero cuando la marea está brava, la ola entra directo al cuarto. No como cuando nos desbarató todo aquello, claro. Ahora nos da chance de alzar las cositas a como se pueda, pero si el agua sigue subiendo, uno lo vuelve a perder todo.
Dura por lo menos tres o cuatro días entre el patio y el cuarto. No podemos andar en seco para nada; andamos con el agua de la rodilla para arriba.
Siempre en octubre. Entre el 16 y el 20 de octubre empiezan las marejadas fuertes; ahí nos vamos preparando para alzar las cosas. Pero las más bravas van de octubre hacia noviembre.
Alzar las cositas o tirarnos a la orilla de la acera a esperar a ver qué pasa. A veces la marea sube demasiado y no hay forma de alzar las pertenencias más arriba del techo.
Todo: la cama, la ropa, la refrigeradora, la lavadora... Todo lo pierde uno porque no hay espacio a donde subirlo. Lo que el mar agarra, todo lo jode.
Sí, claro, nos da miedo vivir acá. Si hubiera la posibilidad de irse de aquí con una casita, con un hogar, uno se iría ya. Pero en mi caso, no tengo a dónde irme. El lugar donde vivo ahorita es de mi hermana; si no fuera por ella, estaría debajo de un puente con mi hijo y mi esposa. Gracias a Dios tengo ese cuartito, pero si hubiera una posibilidad de irme, me voy.