Internacional
Cuatro astronautas de la EEI vuelven con éxito a la Tierra tras una evacuación médica
Los miembros de la misión, llamada Crew-11, llegaron a la EEI a principios de agosto y debían permanecer en la estación hasta mediados de febrero.
El 28 de enero de 1986, hace exactamente 40 años, el mundo presenció en vivo una de las mayores tragedias en la historia de la exploración espacial. El transbordador Challenger, de la NASA, se desintegró 73 segundos después de despegar desde el Centro Espacial Kennedy, en Florida, Estados Unidos, causando la muerte de sus siete tripulantes.
La misión STS-51-L había generado una enorme expectativa mediática, especialmente porque incluía a Christa McAuliffe, una maestra de secundaria seleccionada para convertirse en la primera docente en viajar al espacio. Millones de personas, incluidos estudiantes en aulas de todo Estados Unidos, seguían el lanzamiento en directo.
A bordo del Challenger viajaban el comandante Francis “Dick” Scobee, el piloto Michael J. Smith, los especialistas de misión: Ronald McNair, Ellison Onizuka y Judith Resnik; el especialista de carga, Gregory Jarvis, y McAuliffe. Ninguno sobrevivió al accidente.
¿Qué ocurrió?
Investigaciones posteriores determinaron que la explosión se debió a la falla de una junta tórica (O-ring) en uno de los cohetes impulsores sólidos. Las bajas temperaturas registradas la mañana del lanzamiento afectaron el funcionamiento de esta pieza, permitiendo la fuga de gases calientes que dañaron el tanque externo de combustible y provocaron la destrucción de la nave.
La llamada Comisión Rogers, encargada de investigar el accidente, reveló además fallas graves en la toma de decisiones dentro de la NASA. Ingenieros habían advertido sobre los riesgos de lanzar el transbordador en esas condiciones climáticas, pero la misión fue autorizada pese a las alertas.
Un aporte clave para entender lo ocurrido lo realizó el físico Richard Feynman, Premio Nobel de Física en 1965, quien formó parte de esa comisión. Durante la investigación, Feynman evidenció de manera contundente que las juntas tóricas perdían su elasticidad a bajas temperaturas, lo que comprometía su sellado. Su demostración pública —sumergiendo el material en agua fría— se convirtió en uno de los momentos más recordados de la investigación y reforzó la conclusión de que el accidente no fue imprevisible, sino el resultado de fallas técnicas conocidas y advertidas previamente.
Consecuencias para el programa espacial
La noche del accidente, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, se dirigió a la nación en un mensaje televisado en el que suspendió su discurso sobre el Estado de la Unión para rendir homenaje a la tripulación. Reagan destacó el valor de los astronautas y ofreció palabras de consuelo a las familias y al país, recordando que “el futuro no pertenece a los débiles de corazón”.
Tras la tragedia, la NASA suspendió el programa de transbordadores por casi tres años. El accidente marcó un punto de inflexión en la política espacial estadounidense: se rediseñaron componentes clave, se reforzaron los protocolos de seguridad y se revisaron profundamente los procesos de gestión del riesgo.
El programa de transbordadores se reanudó en 1988, con una visión más cautelosa y consciente de los peligros inherentes a los vuelos espaciales tripulados.
Sin embargo, hubo otra catástrofe espacial que dejó igual cantidad de víctimas.17 años después del Challenger, el programa de transbordadores volvió a sufrir un golpe devastador con la tragedia del Columbia, ocurrida el 1.º de febrero de 2003. La nave se desintegró durante su reingreso a la atmósfera, minutos antes de aterrizar en Florida, causando la muerte de sus siete tripulantes.