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Nuevas agendas internacionales para el desarrollo
El analista Miguel Gutiérrez Saxe presenta su nueva entrada al blog ¿Pura Vida?
Luego de varias décadas con acuerdos globales mínimos y hasta de desconfianza en los organismos de gobernanza mundiales, son muchas las negociaciones y resultados recientes. Eso sí, falta un acuerdo muy urgente y fundamental.
Las negociaciones de la agenda post-2015, que incorporaron las lecciones aprendidas de los Objetivos del Milenio (un conjunto mínimo y por lo demás con un alto nivel de incumplimiento), adoptó los Objetivos de Desarrollo Sostenible, establecidos a través de un proceso intergubernamental y participativo sin precedentes. Además esta agenda mostró una gama sin parangón luego de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por el apoyo, por la complejidad de asuntos y su carácter integral sobre desarrollo humano sostenible.
Las negociaciones en camino hacia Addis Abeba llamaron a una nueva alianza global para el financiamiento del desarrollo, centradas en buscar los mecanismos para financiar la ambiciosa agenda global post-2015.
Finalmente, en la COP21 se dio un inesperado avance hacia un nuevo acuerdo climático, que se orienta al desarrollo sostenible mundial.
Algunos han señalado, con toda razón, un cambio de paradigma, donde las relaciones Norte-Sur y Sur-Sur deben repensarse, porque la ambiciosa agenda es de carácter universal y transformador, y las expectativas que la acompañan son muy altas.
Se han creado así, nuevos bienes públicos que tienen muchos de los actuales desafíos globales, en términos de no rivalidad y no exclusión en el consumo. Esto implica que llegó el momento de definir el marco de gobernanza para la gestión de los bienes públicos globales.
Pero esto me lleva a una consideración más. Las instituciones mundiales para el manejo financiero no se han modificado sino que rigen las establecidas en la conferencia de 1944 en Bretton Woods: Una monetaria, el FMI y otra orientada a financiar la inversión. Allí prevaleció la tesis de los EEUU de corte comercial, en detrimento de las de John Maynard Keynes, representante de Gran Bretaña: el mundo se quedó sin capacidades para distribuir los superávits de unos y los déficits de otros.
Así, los EEUU utilizaron su superávit comercial en la posguerra para dolarizar a Europa y Japón, a cambio de que aceptaran un poder discrecional total de Estados Unidos en la política monetaria, según nos recordó Varoufakis recientemente. Y el nuevo sistema de la posguerra puso los cimientos de la mejor época del capitalismo, hasta que Estados Unidos perdió el superávit comercial y el esquema se vino abajo.
Keynes se adelantó a su época: su propuesta demandaba tecnologías digitales y mercados cambiarios que no existían en los cuarenta. Pero hoy en día es común su existencia y se tiene la experiencia institucional en relación con sistemas de compensación internacionales.
El mundo tiene una necesidad urgente de contar con un fondo global para la transición a una economía más equilibrada y con crecimiento (también ahora ecológica), algo que un Bretton Woods keynesiano creaba automáticamente, con el impuesto a los desequilibrios mundiales que tenía previsto.
Ojalá un Trump no nos convierta esta oleada de acuerdos internacionales en un alegrón de burro.
