POR Gabriel Pacheco | 6 de septiembre de 2026, 10:00 AM

En Bahía Drake y el resto de la península de Osa, hablar de conservación ya no es solo hablar de guardaparques ni de patrullajes dentro del Parque Nacional Corcovado.

Con el paso de los años, la Fundación Corcovado entendió que proteger uno de los territorios más biodiversos del planeta pasaba, sobre todo, por formar a quienes crecen a su alrededor. Así nació un programa de educación ambiental que hoy, más de dos décadas después, se ha convertido en una pieza fija dentro de las escuelas rurales de la zona.

Lo que comenzó como una estrategia para frenar la caza, la tala y la extracción ilegal de oro dentro del parque, terminó por transformarse en algo mucho más profundo: un esfuerzo sostenido por sembrar conciencia ambiental desde la niñez, único en el país.

Porque, como explica Francisco Delgado, de la Fundación Corcovado, cuando la naturaleza es abundante, también se corre el riesgo de perderle el valor. Enseñar a los niños y niñas de Osa por qué vale la pena cuidar sus bosques, sus ríos y su fauna se volvió entonces tan importante como capturar infractores.

En la siguiente entrevista, Delgado cuenta el recorrido de este programa: cómo nació, cómo se articula con el Ministerio de Educación Pública, qué resultados ha dejado en las comunidades a lo largo de casi 26 años y por qué considera que este modelo es completamente replicable en otras zonas de Costa Rica donde la conservación también depende de las nuevas generaciones.

A continuación, puede leer la entrevista completa.

¿Cómo logró Fundación Corcovado tener, dentro de las escuelas de Drake, educación ambiental como parte de esa currícula oficial?

La historia es muy interesante porque la Fundación Corcovado se crea para proteger el Parque Nacional Corcovado de la caza, la tala y la orería ilegal. Entonces, los primeros esfuerzos son contratar, buscar financiamiento para contratar guardaparques que anden capturando a los infractores.

Se hacen esfuerzos, se contrata personal y se logra conseguir un financiamiento donde se llega a contratar hasta 75 funcionarios entre guardaparques e ingenieros forestales para apoyar la labor del área de conservación. ¿Pero qué pasaba? Se hacía básicamente el juego del gato y el ratón.

Los guardaparques salían, capturaban a los infractores, los llevaban a la Fiscalía, luego los soltaban; de nuevo los guardaparques los capturaban y estábamos en ese círculo. Eso es allá en los años 90.

Para el año 2003, la Fundación Corcovado es cuando dice: "No, aquí tenemos que enseñarle a la gente por qué hay que cuidar esto". Y es en el año 2003 donde empieza el programa de educación ambiental con niños, en comunidades, inicialmente.

Entonces empezamos a llegar a comunidades para trabajar en educación ambiental, y es ahí donde empezamos a ver que efectivamente hay una necesidad. ¿Por qué? Cuando uno tiene mucho de algo, a veces le pierde el valor, pierde la esencia.

Entonces, ¿qué pasaba con la gente de estas comunidades? Los chiquillos veían tantos árboles que cortar un árbol no era problema. Veían tantos monos que matar un mono no era problema. Veían tantos chanchos de monte que matar un chancho de monte no era problema. Entonces, como había abundancia, ellos no estaban realmente conscientes del valor que tenían acá.

Por ahí del año 2008, empezamos a gestionar permisos con el Ministerio de Educación Pública, los cuales se mantienen hasta hoy en día.

Entonces, gracias a esos acuerdos de colaboración, nosotros en este momento estamos alcanzando 11 escuelas acá del sector de la península de Osa, en lugares sumamente remotos, donde movilizarnos, por ejemplo, de una escuela de los planes de Drake a una escuela de San Juan, allá por el lado de Golfo Dulce, estamos hablando de distancias de 3 horas para movilizarnos de una escuela a otra.

Alcanzamos 180 niños de manera mensual que reciben educación ambiental de manera permanente. Y además de las 11 escuelas que reciben una lección de educación ambiental de 40 minutos, trabajamos con grupos ambientales en cuatro comunidades. Esto es un concepto, digamos, muy similar al de los guías y scouts, para que se entienda: donde los niños y niñas se reúnen y aprenden sobre distintas actividades. Y en ambos grupos, tanto en escuelas como con los grupos ambientales, tenemos proyectos demostrativos, que es aprender haciendo.

¿Qué se enseña?

En las escuelas, en este primer semestre estuvimos trabajando sobre la importancia de los polinizadores, y después los niños de la escuela crearon un jardín de polinizadores, un hotel de abejas; entonces se construyen junto con ellos las casitas, se meten las plantas que se necesitan y las abejas llegan ahí, los insectos llegan a polinizar.

También trabajamos proyectos de reforestación dentro de las escuelas o con las comunidades. Y con los niños de los grupos ambientales trabajamos ciencia ciudadana: monitoreo de aves, monitoreo de ríos, para poder conocer cuál es la salud del río.

Entonces hacemos monitoreo donde ellos van y capturan, con distintas herramientas, a los macroinvertebrados del río; luego los pasamos por un microscopio para poder identificarlos, hacen un conteo y, de acuerdo a los avistamientos, determinamos qué tan sano o qué tan enfermo está el río. Son cosas que ellos van aprendiendo haciendo, más allá de solamente la parte teórica.

¿Cómo se desarrolla en las clases? Es decir, son parte de la lección de ciencias, ¿no?

En el currículum original del Ministerio de Educación Pública no existe una materia que sea Educación Ambiental. Entonces, acá lo que hacemos es que los profesores, dentro de la lección de Ciencias, nos permiten abarcar el programa de Educación Ambiental. Porque al final son ciencias ambientales.

Entonces, una de las cosas es que tenemos un programa muy bien elaborado. Dentro del equipo de la Fundación tenemos a una compañera que es bióloga y docente; tiene ambas carreras, entonces trabaja a la perfección porque sabe cómo diseñar las lecciones de manera que los niños puedan aprender, y además tiene toda su experiencia de biología y de ciencias naturales.

En el caso de vida marina, por ejemplo, cuáles son las problemáticas; después, cómo ellos pueden ayudar a combatir esas problemáticas; y luego hacemos alguna experiencia práctica.

¿Quién imparte las lecciones en el campo?

Acá en la Fundación Corcovado, en la zona de Bahía Drake, tenemos un equipo de cuatro personas; sin embargo, además de educación ambiental, también hacemos otros proyectos de restauración de ecosistemas, y ahí tenemos dos educadores ambientales.

Son 15 sesiones las que se realizan. Entre las 11 escuelas y los cuatro grupos ambientales, el tema es que las distancias entre una escuela y otra, entre una comunidad y otra, son muy largas. Entonces tenemos un equipo de dos educadores ambientales: uno que se enfoca en la parte de escuelas y otro que se enfoca en la parte de los grupos ambientales.

Y ellos se van moviendo entre todas estas distancias para lograr abarcar las 11 escuelas. Todas las semanas se visitan las comunidades para trabajar con los grupos ambientales, y se visitan también las escuelas.

¿Cuál ha sido el resultado obtenido en las comunidades a partir de un proceso educativo ya de tantos años?

A veces medir el conocimiento de la educación ambiental es muy difícil. Porque una de las maneras de hacerlo tal vez es con exámenes, pero hemos visto que en algún momento, como para nosotros es importante medir ese impacto, cuando hemos aplicado exámenes, a veces los niños se sienten como: "Ay, es lo mismo que en la escuela, y si me va mal...".

Entonces, lo que hemos buscado son herramientas interactivas donde podamos evaluar el conocimiento sin que ellos se sientan realmente presionados.

Hemos utilizado herramientas como Kahoot, por ejemplo, que es por medio de un juego: uno selecciona y da las respuestas, y a los que de pronto les sale alguna mala se les reafirma cuál es la buena y se vuelve a repasar el contenido.

Imagino que esto se transmite de generación en generación.

Las primeras personas que han pasado por este proceso formativo ya, al día de hoy, tienen entre 30 y 40 años. Hace algunos años hicimos una recolección de testimonios de jóvenes que ya andaban en sus 25 y 30 para preguntarles cómo el programa había impactado sus vidas.

Y es muy interesante: de hecho, en el canal de YouTube de la Fundación está el video de esos testimonios, porque muchos de ellos dicen que gran parte de lo que son ahora es gracias a esas bases que les dio la Fundación. Porque la Fundación no solamente llega, da educación ambiental y se va, sino que además, por ejemplo, los llevamos a hacer intercambios de experiencia a otros sitios, los llevamos a visitar proyectos turísticos para que vean que dentro de la zona se pueden desarrollar proyectos productivos.

¿Cambia la forma en que ven el mundo?

Muchos ya no solo aspiran a quedarse aquí como empleados de un hotel, o como asistentes o capitanes de bote, sino que dicen: "Yo quiero salir, quiero viajar, quiero ir a ser voluntario a otras partes del mundo".


Hablando siempre del tema de impacto, ha sido muy interesante porque los niños, a su vez, educan a sus familias. Hemos tenido casos, ya hace años, porque la generación de conciencia ha calado tanto que esto ha cambiado, pero en años anteriores un niño decía, después de ver una clase sobre la importancia de la conservación de las tortugas marinas: "Ay, mi papá en la noche va a sacar huevos de tortuga, le voy a explicar por qué no hay que hacerlo".

Entonces los niños empiezan a convertirse en embajadores del mensaje, y al final las familias terminan acogiéndolo también. Eso es parte del impacto que uno va viendo.

Se ve también cuando uno va caminando y ve a un niño que, solito, decide recoger una basura que está en la playa, o que decide recoger basura que está por el camino. Esas cosas, sin duda, marcan el impacto del programa.

¿Qué tan replicable o escalable se vuelve hacia otro sector del país, en un Costa Rica tan verde?

Cien por ciento replicable. De hecho, la Fundación Corcovado lo ha ido escalando también acá: cuando la Fundación empezó, empezamos trabajando en una escuela, la Escuela de Agujitas de Bahía Drake, y poco a poco fuimos ampliándolo. De hecho, hasta el 2023 estábamos en siete escuelas, y ya para mediados del 2024 ampliamos a 11, incluyendo cuatro escuelas más.

Entonces, realmente el programa es totalmente replicable y escalable. Ahí siempre el reto que tenemos las organizaciones es la parte de los recursos: buscar un muy buen educador ambiental, una persona que desarrolle un buen currículo educativo, porque no se trata solo de llegar y decir: "Vamos a ver educación ambiental", sino que tiene que ser algo que verdaderamente genere impacto, que sea atractivo para los niños y para las comunidades que participan. 

Y luego, siempre, la importancia de las alianzas con el sector público: trabajar con el Ministerio de Educación Pública, con el Sistema Nacional de Áreas de Conservación, con el área de conservación que corresponda en el lugar donde se quiera replicar. Pero lo cierto es que es totalmente replicable.

¿Qué esfuerzos han hecho por llevarlo fuera de Drake?

La Fundación Corcovado, de hecho, allá por el año 2018, elaboró un manual de educación ambiental que fue una propuesta a nivel país, con el cual incluso se capacitó a más de 200 docentes.

La Fundación elaboró el manual de educación ambiental y un manual práctico para los niños; la idea es que cada niño tenga su propio manual y el docente tenga otro manual desde donde se recomienda cómo elaborar la lección. Esto hacía que cualquier persona pudiera desarrollar educación ambiental.

Lo que pasa es que, claro, el manual se termina, se abarcan todos los contenidos, pero además la educación ambiental va evolucionando, y no logramos conseguir más financiamiento para volver a hacer actualizaciones. Pero sí se hizo ese proceso de tratar de replicarlo en otros lugares.

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