Por Dudly Lynch 18 de septiembre de 2026, 8:12 AM

Hubo un tiempo en el que Ana Jiménez no sabía qué significaba tener un mañana. Tenía 39 años cuando la calle se convirtió en su refugio y un cartón, una acera o cualquier rincón bajo un puente podía ser el lugar donde intentaría dormir. 

Durante cuatro años sobrevivió entre el hambre, el frío, las agresiones, los maltratos y el rechazo. La vida, para ella, se había reducido a una sola palabra: sobrevivir (ver video adjunto).

Ana tiene ahora 43 años y creció en La Florida de Tibás. En algún momento de su vida, entre las adicciones y circunstancias difíciles, terminó viviendo en condición de calle. 

Pasó por diferentes sectores de Heredia, Tibás y Alajuela, donde conoció una realidad que muchas veces permanece invisible para quienes caminan todos los días por las calles. Noches interminables, incertidumbre y días en los que conseguir alimento podía convertirse en la principal preocupación.

Pero Ana no se rindió. Buscó ayuda y pasó por nueve centros de restauración. Fueron nueve oportunidades para levantarse y nueve procesos en los que tuvo que enfrentar sus adicciones, sus heridas y una batalla todavía más profunda: volver a creer en sí misma. Cada intento fue parte de un camino difícil, pero también de una decisión que terminaría cambiando su historia.

Hoy, sus manos tienen otra misión. Ana trabaja como etiquetadora de productos en una distribuidora de alcance nacional, ubicada en El Coyol de Alajuela. Ya no utiliza sus manos para buscar un lugar donde pasar la noche ni para encontrar comida entre los desechos. Ahora trabajan, construyen y le permiten ganarse la vida con dignidad.

Ana no tiene hijos, pero hoy cuenta con algo que durante mucho tiempo parecía imposible: un propósito, una rutina y la posibilidad de mirar hacia adelante. Vive en el centro de Alajuela, tiene un techo y tiene trabajo. 

También tiene una historia que contar: la de una mujer que estuvo en uno de los momentos más difíciles de su vida y encontró una oportunidad para comenzar de nuevo.

Su historia también deja una lección sobre quienes viven en condición de calle. Detrás de cada persona hay mucho más que la circunstancia que vemos en una acera. Hay un ser humano, heridas, decisiones difíciles y sueños que quizá quedaron enterrados durante años. Ana sabe que el pasado no se puede borrar, pero aprendió que el pasado tampoco tiene por qué decidir cómo termina una historia.

Salir de la calle no significa solamente encontrar un techo. Significa reconstruir la confianza, enfrentar batallas internas, recuperar vínculos y volver a sentirse parte de una sociedad. Ana no quiere ser recordada por los años más duros de su vida. Prefiere que la conozcan por lo que está haciendo ahora: por levantarse, trabajar y seguir adelante. 

Porque algunas historias no terminan en la calle. A veces, allí comienza la lucha por volver a empezar. Y Ana Jiménez es prueba de que una segunda oportunidad puede cambiar una vida cuando alguien decide tomarla.

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