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Upala fue junto a Bagaces el cantón más afectado por el paso del huracán Otto en noviembre anterior.

El fenómeno consumió el centro de la ciudad bajo al menos un metro de agua y causó destrozos por ₡38.000 millones, además de cobrar la vida de un menor de tan solo ocho meses.

Esa noche del 24 de noviembre de 2016 el primer reporte que recibió el Cuerpo de Bomberos fue en un sector del barrio conocido como “Bajomundo”, a escasos dos kilómetros del parque central y tan solo a metros del río Zapote, el hilo conductor de todo el desastre en Upala.

El reporte hablaba de personas atrapadas por una corriente de agua. Olger Luna y otros dos de sus compañeros se desplazaron para evaluar la situación. Ahí, por primera vez, dimensionaron el poder de Otto.

El río Zapote había abandonado su cauce para cruzar como un mar de barro, escombros y piedras por el corazón de este poblado. Dos casas ya habían sido arrancadas de sus cimientos y siete personas se aferraban a sus vidas sobre el techo de una vivienda.

Ellos eran Juan Menocal, de 73 años, y seis de sus familiares y vecinos. Otros tres habían logrado escapar cuando el agua los embistió y rogaban por auxilio desde una orilla.

Luna y el resto de los bomberos observaban con impotencia cómo el agua golpeaba la casa de Menocal, porque la corriente hacía imposible pensar en un rescate con el equipo que tenían a mano.

“Era un sentimiento de impotencia enorme, llamábamos a la central pero para ese momento los reportes de situaciones se habían disparado y más bien equipos de otros lugares llegaban para apoyarnos. Así estuvimos como seis horas, esperando a que bajara el agua para ir por ellos.

“En todo ese tiempo agradecimos que la casa donde estaban era de cemento”, dijo Luna. La sorpresa vendría después.

Cuando el agua bajó y se acercaron con cuerdas para rescatar a Menocal y el resto de las personas se dieron cuenta de la realidad: la casita a la que siete personas le deben la vida de cemento solo tenía la base, el resto era madera y prefabricado.

“Fue una sorpresa enorme, todavía no entendemos cómo aguantó, cuando tantas otras casas fueron arrancadas desde el suelo”, dijo Luna.

Un milagro

Don Juan Menocal, quien vive de lo que siembra en el patio de su casa, recordó cómo esa noche el agua los sorprendió en cuestión de segundos.

“Fueron segundos, cuando dijeron viene el agua ya no había nada qué hacer. A como pudimos subimos al techo y llamamos al 911, luego esperamos.

“Ahí todo era oscuridad, pero uno podía ver los animales flotando en el agua, vacas, cerdos, las piedras y palos que el agua arrastraba. Las casas. Una que estaba al frente de nosotros estuvo a punto de llevarse la mía, pero se desvío en el último momento.

“En ese momento estábamos solos, solo Dios estuvo ahí con nosotros”, afirmó.

Hoy a su casa, que antes estaba rodeada por otras cinco viviendas, solo la acompaña una.

“El resto de la gente se fue, nadie quiso volver aquí, solo quedamos nosotros y otra que aguantó el huracán”, añadió.

Los árboles de pipa, cuyas cosechas antes vendía su esposa, hoy lucen cargados del fruto que empieza a descomponerse.

“El hombre que nos las compraba ya no volvió, la gente ya no quiere venir, cree que aquí no quedó nada, pero nosotros seguimos, aquí estamos igual que antes”, finalizó.

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