Generación perdida: 68% de víctimas de homicidio en Costa Rica tenía entre 18 y 39 años
Datos de 2025 revelan que la violencia está golpeando a la llamada “generación perdida”: jóvenes en plena edad productiva que hoy concentran la mayoría de las víctimas de homicidio en el país.
Costa Rica atraviesa un aumento sostenido en los homicidios, una violencia que no solo se mide en estadísticas policiales, sino también en las ausencias que deja. Cada cifra representa una historia interrumpida y, cada vez con más frecuencia, esas historias pertenecen a personas que apenas comenzaban a construir su vida adulta.
Las cifras correspondientes a 2025 muestran una realidad inquietante: de las 873 personas que murieron víctimas de homicidio, 589 tenían entre 18 y 39 años. Es decir, casi siete de cada diez víctimas pertenecían a la población en plena edad productiva.
En términos prácticos, esto equivale a que, en promedio, seis personas jóvenes fueron asesinadas cada semana durante ese año. Se trata de una etapa de la vida que suele estar marcada por el estudio, el trabajo o la formación de una familia, lo que ha llevado a especialistas a advertir sobre el riesgo de que el país esté perdiendo a toda una generación.
Para el criminólogo de la UNED Rodrigo Campos, el problema no se explica únicamente por las dinámicas del crimen organizado, sino también por factores sociales que comienzan a gestarse desde edades muy tempranas. Según advierte, en algunos entornos se llega a normalizar la figura del “narco del barrio”, un fenómeno que puede influir en la formación de valores desde la niñez.
“Cuando hay familias que ven con buenos ojos ser el "narco del barrio", este tipo de valores se insertan en las personas menores de edad incluso antes de los siete años. Es ahí donde se forma una base que eventualmente...puede propiciar el desarrollo de conductas violentas”, Rodrigo Campos, Criminólogo UNED.
Uno de los fenómenos que aparece con mayor frecuencia en el análisis de estos homicidios es el sicariato, una modalidad vinculada con estructuras criminales que operan de manera organizada.
Desde el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) advierten que esta forma de violencia ha crecido de manera acelerada en los últimos años y que, en muchos casos, los encargados de ejecutar estos crímenes son jóvenes reclutados por las propias organizaciones.
“Las labores más riesgosas para los grupos criminales, como atentar contra la vida de una persona bajo contrato, las están ejecutando en gran parte menores. En 2021 hubo 11 muertes por sicariato o ajuste de cuentas… y en 2025 llegamos a 50, un aumento del 500%”, dijo Vladimir Múñoz, del OIJ.
Detrás de estos delitos suele existir una estructura criminal que distribuye funciones dentro del grupo, desde quienes ordenan los crímenes hasta quienes los ejecutan.
Campos explica que, dentro de estas redes, algunos jóvenes son sometidos a procesos de prueba y entrenamiento que les permiten ascender dentro de la organización, en una dinámica que incluso puede parecerse a la lógica de una empresa.
"Algunos muestran habilidades o ambición por ascender dentro del grupo criminal; a ellos se les pone a prueba, los entrenan y así es como van subiendo dentro de la estructura, en procesos muy similares a los que vemos en cualquier empresa”, señaló Campos, Criminólogo de la UNED.
Más allá de las cifras, la violencia homicida deja una marca que se extiende mucho más allá de la escena del crimen. Cada joven que muere representa un proyecto de vida que no llegará a completarse, una familia que queda marcada y una comunidad que pierde parte de su futuro.
Cuando la mayoría de las víctimas pertenece a la población en edad productiva, la pregunta deja de ser solo cuántos homicidios ocurren y pasa a ser qué tipo de país se está quedando sin su propia generación.
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