Por Gloriana Casasola Calderón 4 de marzo de 2026, 6:49 AM

El costarricense Johan Sandí, conocido en redes sociales como “El Manudito”, permanece en Israel en medio del conflicto armado.

Sandí llegó a ese país el pasado 28 de febrero, luego de visitar Dubái y Egipto. Su intención era explorar destinos y costos para organizar futuros viajes en grupo, pero todo cambió en el aeropuerto, mientras esperaba el trámite migratorio.

“Empezaron a sonar sirenas, se activaron protocolos, vi un despliegue militar. Inmediatamente me preocupé, no tenía el pasaporte, no tenía nada, y ese documento es indispensable a la hora de un viaje”, relató.

A unas 30 personas las trasladaron a un búnker dentro del aeropuerto, donde permanecieron cerca de 40 minutos. Al salir, les informaron que estaban en zona de guerra. En la terminal aérea le indicaron que no podían regresarlos a Dubái ni permitirles permanecer en el aeropuerto.

“Esto fue un balde de agua fría, porque lo que era un viaje de placer se tornó simplemente en defender nuestra vida”, agregó.

Desde entonces, Sandí permanece en Israel en medio de sirenas y bombardeos. En el primer hotel donde se hospedó, el refugio resultó insuficiente para la cantidad de personas que buscaban protección.

“Éramos tantos en ese búnker que se hizo muy pequeño”, recordó. Al tercer día, el gerente les informó que no podían tenerlos a todos. Días después fueron trasladados a otro hotel, donde cada piso cuenta con su propio búnker, aunque la estructura no elimina el miedo.

Cuando los misiles provienen desde Irán, explicó, tienen entre cinco y seis minutos para correr, gracias a los radares que interceptan su movimiento. Sin embargo, cuando los ataques provienen desde el Líbano, el tiempo de reacción se reduce a apenas 30 segundos o un minuto.

El espacio aéreo está cerrado y salir del país no es una opción inmediata. En medio de la incertidumbre, las necesidades básicas se convierten en un desafío:

“Hay problemas de agua, de comida, todo está cerrado. El hotel ya no tiene suficiente comida ni agua, y te la jugás cuando salís a la calle, porque en cualquier momento pueden sonar las sirenas o caer un bombardeo”.

Para Sandí, acostumbrado a vivir en un país sin conflicto armado, la experiencia resulta aún más impactante:

“Las primeras sirenas uno las siente en el fondo del corazón, llegan hasta el alma. Es algo inexplicable, cuando uno escucha esos retumbos en el cielo, donde el Domo de Hierro está trabajando, pero no hay certeza de que en algún momento no falle”.

Lo que antes parecía cotidiano, ahora se valora más:

“Somos muy bendecidos por ese cielo que nos cubre en Costa Rica, y muchas veces no lo valoramos. Aquí es feo sentir que en cualquier momento no sabés si volverás a ver a tus seres queridos, donde la vida no vale un cinco”.

Mientras el conflicto continúa, Sandí permanece a la espera de una oportunidad segura para regresar a Costa Rica.

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